En los tiempos en que vivimos ser pesimistas es una obligación. Por lo menos, una precaución.

Algunos analistas  avisan que la derrota de Ricardo Lagos en el Comité Central del Partido Socialista el que optó, bajo la modalidad de voto secreto, por el periodista Alejandro Guillier, es el fin de un ciclo político. De otro más.

Y algunos más avezados auguran el fin de la política tal como la conocemos.

Imposible. De dónde.

 La derrota del candidato favorito de los empresarios no puede ser vista como un aviso precursor de la caída de la clase política de la transición. Esa casta tiene una extraordinaria capacidad para reciclarse y regenerarse hasta en los momentos más álgidos, como se  ha visto y vuelto a ver.

Por lo demás, jamás ha habido una transición, sino una administración eficiente de la herencia pinochetista, y si este cuarto de siglo dominado por esa casta ha logrado algo, ha sido perfeccionar los mecanismos antidemocráticos que definió en sus génesis la dictadura.

Otra cosa es que para el efecto de asegurar que las cosas no se salieran de madre, en algunos momentos complejos el sistema haya entregado algunas golosinas que no han cambiado un ápice lo central del modelo. Sensu contrario, lo han reforzado

Otro momento parecido, otro fin de un ciclo, otro fin de la antigua política, fue cuando se erigió a nivel de diosa salvadora a una relativamente conocida doctora pediatra de risa fácil, que había ascendido de asesora ministerial a Ministra y luego a candidata presidencial.

Michelle Bachelet hizo su aparición cuando los carcamales de la Concertación sufrían un desgaste que ya por entonces era avisado por los optimistas de siempre, como terminal.

Y algo parecido sucedería luego del gobierno de Sebastián Piñera, cuando amparados por el secreto y el silencio, el equipo de jóvenes que comenzaban, otra vez,  un nuevo ciclo político, conspiraba para la vuelta magnifica de la ex presidenta Bachelet.

Pero lo que parecía el inicio de algo nuevo no fue sino un acomodo en el que cada cual se reubicó en el escenario de la mejor manera para resetear el sistema.

Y luego, la caída.

No se había cumplido un año del magnífico retorno al gobierno, cuando llegó el caos, la desgracia, el fracaso.

Como las cosas no salieron según se previeron, lo que vino a continuación en el segundo e innecesario gobierno de Michelle Bachelet, fue un  continuo de acomodos, torpezas e irresponsables improvisaciones, una especie de jam session generalizado en el que cada intérprete hizo lo que quiso.

Y lo que pudo.

De nuevo ciclo político, nada.

 Atrás, muy atrás, quedaron las ofertas electorales, las promesas de democratización, de educación gratuita y de nueva Constitución. Ahora lo que resta es hacer un último y dramático esfuerzo para administrar el fracaso, cuya guinda de la torta histórica podría ser la imagen de Michelle Bachelet coronando por segunda vez a un truhán de la calaña de Sebastián Piñera.

Si alguien creyó de buena fe, de nuevo los optimistas, en lo que se ofreció en formato Programa, que se vaya haciendo moñito.

Otra vez: la gracia esencial de la cultura política que ha administrado lo que dejó encarrilado la dictadura, es su gran versatilidad para encontrar caminos cuando todos parecen cerrados.

El sistema no se suicida ni se rinde. Su apego a la vida le genera una increíble imaginación para encontrar derroteros. El sabor del dinero fresco, de la prebenda, del poder, el acomodo y los réditos del oscuro universo de la corrupción, ha logrado en los operadores políticos enquistados en el Estado una encomiable capacidad de regeneración.

Es cierto que el sistema se ha visto tocado por los innumerables casos de corrupción que han cercado judicialmente a lo más encumbrado de la política. No se sabe con certeza cuántos honorables parlamentarios están vinculado a delitos y jamás se sabrá cuántos fueron arrendados y/o comprados por los poderosos que se hicieron mucho más ricos por la vía de las leyes que pagaron al contado o en especie o cosa cierta.

¿Pero, y? ¿Se derrumba el modelo? Ni por pienso.

Y si se toman en serio los números que se le dan a Sebastián Piñera es posible asumir con vergüenza que el fraude y el negociado en algún momento pasen a ser rasgos encomiable, una especie de virtud que se luzca con orgullo.

Que lidere las encuestas y que sobre un 50% crea que va a ser el siguiente presidente, dice de algo muy extraño que circula en el país. Algo amargo.

¿Pero el sistema temblequea ante la posibilidad de que un especulador con rasgos delincuenciales asuma otra vez la presidencia? Al contrario, se afirma.

 Los aprestos para las siguientes elecciones siguen su derrotero.

Hay fintas, amagues, amenazas, ofertas, tanteos, meneos, tratativas, borradores, esquemas y cálculos.

La izquierda por la vía del Frente Amplio, criticado por su falta de conexión con el mundo social, hace su intento electoral aprovechando el rescoldo que dejaron las movilizaciones estudiantiles y un estado de ánimo favorable al reactivarse la efervescencia social impulsadas por el Movimiento No más AFP y de nuevo los estudiantes.

En medio de críticas por la falta de nitidez propiamente izquierdista de su perfil, la periodista Beatriz Sánchez en un par de semanas deja atrás en las encuestas a varios candidatos profesionales.

En la derecha los grandes empresarios aún lloran la caída de Ricardo Lagos, pero pronto se les pasará la pena, mientras tanto se desquitan por la vía de crear cesantía artificial. La ultraderecha se apresta a volver al gobierno amenazando con retornar al año 89.

En la coalición de gobierno los radicales sacan cuentas alegres y se endeudan a cuenta de lo que viene. La DC trata de valorar su alicaída candidata en términos de senadores, diputados y funcionarios varios. El PC hace gala de buen estómago y pololea con MEO. El PS se acomoda bajo la sombra de Guillier. El PPD no sabe qué hacer con el finado Lagos: si lo entierra con honores de patrono o espera a ver si resucita al tercer día. En tiempos de Semana Santa un milagro no sería tan descabellado.

¿Se terminan los políticos antiguos? No.

¿El fin de un ciclo político? Tampoco. Todo más bien apunta a otra vuelta de tuerca en un mecanismo que todavía da para mucho.