Las distintas trayectorias de los países bolivarianos

Estos son momentos difíciles para Venezuela, en gran parte por culpa de la derecha anti-democrática que ha estado constantemente violando el Estado de derecho y la constitución. En contraste con el relato de la prensa, no es el gobierno sino la oposición la que está transgrediendo la separación de poderes. No cuentan con el umbral de respaldo electoral necesario para destituir el presidente democráticamente (la oposición no logró los dos tercios del congreso con que podrían haber cambiado la constitución para sacar al presidente).  Entonces, está tratando de usar su poder desde una rama del gobierno (el parlamento) para derrocar otra (el Ejecutivo), a través de presión inconstitucional.

Pero la responsabilidad de la crisis venezolana no es únicamente de la oposición sino una buena parte de la culpa también la tiene el chavismo, por no haber sabido descomprimir las presiones opositoras a través de un buen manejo económico. La oposición tiene una base muy importante de apoyo en Venezuela, desde la cual puede ejercer sus estrategias autoritarias, para poder volver a las políticas neoliberales del desahuciamiento de los servicios sociales que los más pobres necesitan. En contraste con el descontento tremendo contra el gobierno en Venezuela, en Ecuador (otro país paradigmático del socialismo de siglo XXI) la situación es completamente distinta.  A pesar de la difícil coyuntura económica y con una derecha bastante conflictiva, Ecuador ha logrado mantener la normalidad institucional y fortalecer su modelo social.

Después de 10 años con el Presidente Rafael Correa, Ecuador acaba de cambiar el líder de la ‘revolución ciudadana’ al nuevo Presidente Lenin Moreno (en 2017).  Él fue electo con un margen estrecho pero significativamente mejor que el margen con que ganó el venezolano Nicolás Maduro (en 2013).  Maduro tenía la ventaja porque su elección, posterior a los funerales de Chávez, fue en un contexto de mucha tristeza pero también de nostalgia e idealización del legado del difunto presidente.  Al mismo tiempo, en 2013, el precio de petróleo se había recuperado por sobre $100 el barril y había más tranquilidad económica.  En contraste, en 2017, cuando ganó Lenin el precio de petróleo está por el suelo (cosa que no sólo golpea a Venezuela sino también a Ecuador, otra economía petrolera).  A pesar de las peores condiciones, la revolución ciudadana ecuatoriana ha logrado un traspaso de poder y popularidad de Correa a Moreno de una forma que la revolución bolivariana venezolana no ha podido hacer de Chávez a Maduro.

Ecuador también enfrenta una derecha profundamente anti-democrática que está haciendo uso de a la vieja táctica de la oposición venezolana de cantar fraude (sin evidencia alguna) simplemente porque han perdido las elecciones.  Pero la gran diferencia entre Venezuela y Ecuador es que el primero no ha logrado neutralizar las agresiones de la derecha anti-democrática a través de una buena gestión como sí ha hecho el segundo.

Por la sana convivencia democrática, y por el bienestar y prosperidad de la gente marginada económicamente, es importante que los países latinoamericanos presionen a la oposición venezolana a acatar a la constitución y las leyes.  Pero es igualmente necesario aprender las lecciones de la buena gestión económica para poder avanzar fortaleciendo el modelo social que ampara a los más necesitados.  Las lecciones son triple: la insuficiencia de sólo preocuparse del gasto social, la  importancia de cambiar la matriz productiva y la importancia de un régimen cambiario estable.  Analizamos estos elementos uno por uno.

¡No basta con gasto social!

El descontento en Venezuela es innegable (por algo la oposición ganó un 56% en las elecciones parlamentarias de 2015).  El gobierno sigue teniendo un apoyo muy importante pero decreciente (41% de los votos en las parlamentarias después de haber ganado 51% en las presidenciales de 2013).  La explicación de la baja en el apoyo a la revolución bolivariana no es difícil de encontrar: el país está pasando por una aguda crisis económica, con hiperinflación y desabastecimiento (incluyendo falta de comida y de insumos médicos).

Dada la severidad de la crisis es impresionante que el gobierno mantenga el apoyo que tiene.  En parte, este es producto de una lealtad ganada durante los largos años de la revolución bolivariana cuando el bienestar de la población de bajos recursos aumentó de manera impresionante gracias al crecimiento y gasto social.  Entre 2004 (cuando Chávez logró controlar la renta petrolera del país) y 2014 la pobreza bajó 49% y la extrema pobreza 63%.  Pero el apoyo residual al gobierno es producto también del escepticismo del electorado frente a una oposición asociada con las políticas públicas neoliberales de la “cuarta república”, responsable por el abismante rendimiento de la economía antes de Chávez.  ¡En contraste con las buenas cifras económicas y sociales durante el gobierno de Chávez en los 20 años antes de su presidencia el PIB per cápita bajaba 1,2% en promedio anual!

Pero la crisis económica está desdibujando todos los logros del gasto social chavista y también deteriorando su buena reputación comparada con la oposición.  Al mismo ritmo que desparece la prosperidad del modelo social bolivariano, se va bajando el apoyo del gobierno.  El bajo precio de petróleo está haciendo imposible financiar los programas sociales (las famosas misiones como Barrio Adentro y Mercal que entregan salud gratis y comida barata a la gente popular).  En contraste, en Ecuador el gobierno ha logrado sortear la crisis mucho mejor, respondiendo a la ella con políticas contra-cíclicas que amortiguaron la recesión. Ellas permitieron un retorno a crecimiento económico, y la protección de los salarios y niveles de bienestar, a pesar del escenario mundial adverso.

¿Por qué Venezuela no ha podido manejar la economía con tanto éxito para proteger a la población de la crisis mientras que Ecuador sí?  La diferencia tiene que ver con el uso de la renta petrolera en los años del boom.  En el caso venezolano esto se limitaba a gasto social valioso pero sin sustentabilidad mientras que en Ecuador incluía un intento de cambiar la matriz productiva. Hicieron inversiones críticas en infraestructura (sobre todo en transporte y energía) para incrementar la productividad y también se empezó a desarrollar una política de diversificación productiva (inversión en sectores no-petroleros generadores de divisas), todo para hacer sustentable el gasto social.

Los errores venezolanos versus los aciertos ecuatorianos: Las políticas de matriz productiva

Para entender esta diferencia en más detalle: entre 2004 y 2008 el precio empezó a subir hasta alcanzar casi $150 por barril, y, luego de una caída producto de la crisis financiera mundial, entre 2009 y 2014 oscilaba entre $100 y $125.  El logro más importante de la revolución bolivariana fue usar estos recursos para mejorar el bienestar de los más pobres.  Esto fue lo contrario de la tradición venezolana de usar la renta petrolera para el consumo de lujo de la elite (los famosos “dame dos” que volaban de Caracas a Miami para comprar con el dinero del boom petrolero setentero).

Pero la generosidad del Estado de bienestar venezolano empezó a tener problemas en 2014 con el colapso del precio del crudo que parece proclamar un nuevo período extendido de precios bajos. La generalización de la tecnología de fracking  (la fractura hidrólica) que permite la extracción económicamente viable de shale oil (petróleo de esquisto bituminoso) en Norteamérica ha aumentado muy significativamente la oferta mundial de crudo, bajando su precio.  Hoy día (2017) el precio de un barril del crudo oscila alrededor de $45-40 dólares: no se ha visto precios tan bajos desde el mismo 2004.  Con tan escasos ingresos financiar un Estado de bienestar generoso es imposible.

Esto ha sido un problema constante en Venezuela y por ende la doctrina de ‘sembrar el petróleo’ ha sido parte del discurso nacional desde los 30.  Esta doctrina implica cambiar la matriz productiva usando la renta petrolera para crear otras actividades económicas.  Estas otras actividades resuelven el problema de la escasez de divisas cuando hay bajos precios petroleros o porque generan divisas de fuentes alternativas (las exportaciones no-petroleras) o porque reducen la necesidad de gastar divisas en importaciones (la producción doméstica sustitutiva).

Fue el gran intelectual Arturo Uslar Pietri quien usó esa famosa metáfora de ‘sembrar el petróleo’ por primera vez, y aunque Hugo Chávez lo repetía mucho (fue cercano al pensamiento de Uslar) nunca se concretó ese sueño.  Evidentemente, la misma idea que tuvo Balmaceda de usar rentas para diversificar (que habría evitado la amarga experiencia de la crisis de salitre y la cuestión social) la tuvo mucha gente en Latinoamérica pero su realización no es tarea fácil.  El sector privado es ciego frente a las externalidades positivas tecnológicas y las ventajas comparativas estáticas y termina generando la peligrosa dependencia mono-exportadora, pero el sector público chavista no hizo mucho mejor.

Sería injusto decir que Hugo Chávez no pensó nada acerca de cómo hacer sustentable un gasto social orientando a entregar derechos sociales, que se encontraba totalmente dependiente del precio de petróleo. El aumento en el precio del crudo durante su gobierno no fue totalmente exógeno (sin relación) a las decisiones del presidente venezolano. Fue Chávez quien fortaleció el poder de Venezuela en la OPEP, a través de una habilosa diplomacia petrolera, reactivando la estrategia de la restricción de la producción de todos los países del grupo para poder subir los precios.  En contraste, el colapso recién del precio del crudo es resultado directo de la decisión saudita de aumentar su producción a pesar de que hay evidentes señales de sobreoferta en el mercado.  Con un manejo más hábil desde la OPEP, las cosas podrían haber sido  distintas.

Sin embargo, depender de un presidente capaz de ordenar la OPEP no es una estrategia largoplacista. Venezuela necesitaba poder ganar divisas con otros rubros de exportación y poder usar menos divisas para importación con producción doméstica.  Sin estos dos elementos el país caribeño siempre iba a ser vulnerable a un colapso del precio de crudo, la desaparición de dólares de la economía y la consecuente escasez general.  Esta situación no es culpa directa del socialismo de siglo XXI (Nigeria, país no-socialista, está pasando por exactamente el mismo tipo de crisis, producto de la falta de dólares por bajos precios del crudo en una economía mono-exportadora).  Pero la situación es evidentemente la culpa indirecta del socialismo bolivariano, o más bien la crisis es el resultado del rentismo capitalista que el socialismo de siglo XXI no ha sido capaz de superar.

La diferencia con Ecuador es notable: mientras que los dos países dependen de la exportación de petróleo, Ecuador logró evitar el desabastecimiento agudo cuando bajaron los precios del crudo.  Tuvo 4 trimestres de crecimiento negativo, pero en 2016 el país volvió a crecer y nunca vio la escasez de productos que sí sufre Venezuela y que está generando tanto sufrimiento e inestabilidad política.  Ecuador tuvo esta experiencia relativamente suave de crisis porque el gobierno implementó varias políticas anti-cíclicas.  Había una especie de quantitative easing (expansión monetaria cuantitativa), una serie de préstamos (asegurados con futuros ventas de petróleo) de China para ayudar a financiar la expansión fiscal, y un aumento de aranceles temporalmente para estimular la producción doméstica.

Pero la estructura productiva ecuatoriana tenía la capacidad de responder positivamente a esta expansión de la demanda aumentando la oferta porque había un trabajo previo de fortalecimiento de la matriz productiva – cosa que no se hizo en Venezuela. Cambiar la matriz productiva no es tarea fácil, y en Ecuador tienen muchos problemas pendientes para poder conseguir una estructura de exportaciones menos dependiente de petróleo y recursos naturales en general.  Estos son problemas de largo plazo, y las políticas actuales no van a rendir frutos hasta unas décadas más.  Sobre todo porque la calidad de la institucionalidad ecuatoriana es muy baja. Así su capacidad de concretizar la implementación real de sus metas de políticas (su así llamado poder infraestructural – infrastructural power) es limitada, una herencia de siglos de construcción del Estado  (state-building) insuficiente.

Sin embargo, la voluntad política del gobierno ecuatoriano es evidente en el Plan Nacional de Buen Vivir y en la Agenda para la Transformación Productiva (ATP).  Es crucial la creación, desde la Vicepresidencia, del Comité Interinstitucional para el Cambio de la Matriz Productiva que impulsa dicha estrategia dentro del marco del Plan Nacional.  Además existe el Consejo Sectorial de la Producción, Empleo y Competitividad, cuyos miembros “revisan, articulan, coordinan, armonizan y aprueban las políticas públicas de producción e industria a nivel nacional” dentro del marco de la ATP (efectivamente ejecutando la estrategia vicepresidencial).

Por supuesto que hay muchos tropiezos burocráticos en este proceso pero también hay una claridad acerca de las metas de industrialización y la necesidad de cambio de la matriz productiva. Dicha claridad no existe en Venezuela ni hay una institucionalidad dedicada a implementar el sueño de ‘sembrar el petróleo. Entonces no es sorpresa que la matriz productiva ecuatoriana pudo impulsar suficiente producción no-petrolera para sortear la crisis mejor que Venezuela.

El sistema cambiario: La raíz del fracaso productivo venezolano

Pero ¿por qué no se hizo este trabajo de fortalecimiento de la matriz productiva en Venezuela?  Para ser explícito: hubo y hay errores de conducción garrafales en la política económica venezolana (eso lo han dicho muchos economistas serios incluyendo el mismo Rafael Correa, también doctorado en economía).  El gobierno sí tenía la capacidad de asignar las rentas petroleras a la diversificación de las exportaciones y a la producción doméstica de bienes esenciales, aprovechándose de las externalidades positivas tecnológicas y de aprendizaje de sectores particulares.

El gobierno podría haber seguido esta estrategia con mucha facilidad porque todas las divisas que Venezuela gana están bajo su control.  Siendo Venezuela un país totalmente dependiente de la exportación de petróleo un 95% de los dólares que entran al país son de PdVSA la empresa pública petrolera. Desde 2004 en adelante (durante un paro patronal en PdVSA que buscaba destituir el presidente democráticamente elegido Hugo Chávez) Venezuela implementó un sistema de controles cambiarios muy estricto. Así había una tasa fija (hard peg) y el gobierno asignaba dólares preferenciales a ciertas empresas.

Los neoliberales, escépticos frente a la capacidad del Estado de asignar bien los recursos, argumentaban que este sistema generaba “distorsiones” y grandes incentivos para la corrupción.  En otras palabras, sería más rentable para los que recibían los dólares baratos, venderlos en el mercado negro que usarlos para el los fines definidos por el Estado.  Para evitar aquello el Estado tendría que crear un entramado burocrático muy caro y además de poca utilidad porque simplemente estaría bloqueando la iniciativa privada para invertir dinero donde mejor les parezca (el proceso competitivo que maximiza el bienestar).  Según ellos la solución más eficiente sería la eliminación del sistema de control cambiario, dejando a los actores privados libre de escoger el uso más rentable de las divisas (que sería seguir las ventajas comparativas).

Sin embargo, como ya se mencionó, seguir las ventajas comparativas en Venezuela implicaría dejar el país a la mono-exportación peligrosa.  Además, es históricamente comprobado que sí se puede usar los controles cambiarios para asignar las divisas a usos que el sector privado no haría sin un impulso estatal (la diversificación productiva aprovechándose de las externalidades positivas).  Así, fue la experiencia de Corea del Sur, el país con el mejor rendimiento económico de la posguerra en términos de PIB per cápita.  Dicho país logró mejorar el nivel de los salarios y el bienestar de su población a través de controles de cambio con una asignación estatal de divisas mucho más intrusiva que la venezolana.

Corea no es un país petrolero y sus fuentes de divisas fueron miles de distintas empresas en múltiples sectores pero de todas formas el Estado coreano logró centralizar y monopolizar el acceso a dólares dentro de la economía.  Luego asignó los dólares a las empresas preferidas según los criterios de diversificación productiva hacia los sectores con externalidades positivas tecnológicas y de aprendizaje. Crucialmente, cuando una empresa no usó este efectivo subsidio estatal para hacer inversiones en tecnología y procesos, para subir así su productividad (detectable si sus niveles de producción o de exportación no mejoraban) entonces el Estado retiró la asignación preferente. Esto es la famosa relación de autonomía enraizada con el cual el Estado es capaz de disciplinar a los empresarios haciéndoles más productivos y asegurando así crecimiento económico.

Venezuela, con su retórica socialista y el deseo de Presidente Chávez de sembrar el petróleo, debe haber sido capaz de hacer la misma cosa, asignando sus divisas a las empresas con más futuro productivo.  Lamentablemente esto no pasó.  Más bien se generó una enorme red clientelar con la asignación de divisas a las empresas de la nueva boliburguesía (burguesía bolivariana), muchas veces vinculados con altos oficiales de las FFAA. Aún peor, la falta de control fue tal que el gobierno le entregó millones de dólares baratos al sector empresarial monopolizado (incluyendo famosos opositores como Lorenzo Mendoza) sin ningún control sobre sus gastos.  Así ellos (igual que la boli-burguesía) se enriquecieron a costa de la billetera fiscal sin contribuir ni a la diversificación de la economía ni al desarrollo.

El propio ministro de planificación de Chávez y defensor de los controles cambiarios, Jorge Giordani  denunció dicha corrupción a Maduro, pero la denuncia no ocasionó ningún cambio sino la salida del ministro del gabinete. Luego otro especialista en política económica de las filas chavistas,  Temir Porras, esta vez un crítico del sistema cambiario denunció el mismo problema.  Decía que el Estado venezolano no tenía la capacidad burocrática institucional para manejar un sistema cambiario responsablemente (como lo hicieron los coreanos) y el sistema estaba generando corrupción y caos económico. También fue destituido de todos sus cargos.

Economistas y técnicos del lado más radical (Giordani) y el más pragmático (Porras) de la heterogenia coalición chavista han protestado por los mismos problemas económicos (aunque sus soluciones son muy diferentes – fortalecer versus eliminar el sistema cambiario). Pero ningún grupo ha podido enfrentar la red clientelar que tiene secuestrado al gobierno. Entonces el sector productivo venezolano no genera ni otras fuentes de divisas para financiar los programas sociales y así el gobierno no ha podido mantener sus gastos a favor de los más pobres.

En Ecuador, el gobierno sí ha podido proteger sus programas sociales, porque, a pesar de la corrupción y clientelismo heredado de la institucionalidad estatal, logró intervenir en la economía para subir la productividad. Entonces cuando el país andino se ingenió para hacer quantitative easing y también puso aranceles la estructura productiva tenía la capacidad de responder.  Esto permitió continuar con la inversión social y sobre todo la inversión en infraestructura como medidas contracíclicas. En Venezuela, lo más fuerte no fue este tipo de claridad técnica en las políticas públicas sino la corrupción.

Los errores venezolanos versus los aciertos bolivianos: Las políticas del tipo de cambio

No faltarán los neoliberales que dirán que este resultado de despilfarro y corrupción es algo intrínseco e inevitable de las políticas intervencionistas que pregona el socialismo. No sólo se olvidan que las mejores prácticas globales (global best practice), como las de Corea fueron las más intervencionistas y también las más exitosas.  También se olvidan de su propia historia.  No hay que olvidarse de la tremenda crisis económica chilena de 1982 (producto de las políticas económicas neoliberales de los Chicago Boys) y la igualmente enorme crisis económica argentina de 2002 (producto de las políticas económicas de neoliberales de Menem).

Mientras la ortodoxia económica tiene una pésima historia de manejo macroeconómico también tiene los mejores equipos comunicacionales que han logrado instaurar la idea de que son los gobiernos de izquierda las que son irresponsables económicamente.  De hecho, la irresponsabilidad e incompetencia del manejo macroeconómico venezolano es un “outlier” (excepción) entre los países del Socialismo de Siglo XXI.

Como ya vimos, la experiencia ecuatoriana en materia del cambio de la matriz productiva a través de una política industrial  ha sido bastante responsable y exitosa.  En términos del manejo cambiario, el ejemplo de Evo Morales en Bolivia es aún más instructivo. Ecuador no es el mejor ejemplo en materia cambiaria porque sigue atrapado con la dolarización.  Ella es un sistema neoliberal creado por un gobierno anterior muy inflexible y por ende creador de inestabilidades (puesto que dificulta al gobierno hacer políticas monetarias para corregir desequilibrios macroeconómicos) pero muy difícil de revertir sin generar aún más inestabilidades.  Ecuador ha tenido que hacer artimañas complejas y habilosas para aflojar la camisa de fuerza de la dolarización y poder tener la flexibilidad monetaria necesaria para mantener la economía a flote durante la recesión (sobre todo con su quantitative easing).  Ha tenido éxito sin duda, pero a pesar de su institucionalidad impuesta.

Bolivia, que no carga con esa dificultad institucional monetaria heredada ha tenido la libertad para crear un sistema cambiario flexible y estable, creando el ambiente macroeconómico proclive a sus políticas de diversificación productiva para financiar los programas sociales.  El ejemplo del gobierno de Evo Morales demuestra cómo países con una muy baja capacidad institucional (que no podrían manejar un sistema cambiario a lo coreano por corrupción e ineficiencia burocrática) pueden todavía implementar políticas intervencionistas socialistas.

En Bolivia (como en Ecuador), el gobierno ha tratado de diversificar su matriz productiva a través de subsidios a empresas privadas e inversión en empresas públicas.  También ha utilizado la renegociación de acuerdos con transnacionales para subir su nivel de inversión y transferencia tecnológica cuando participan en empresas mixtas (joint ventures) con el Estado.  Tomado en conjunto, estas políticas públicas han podido empujar la inversión boliviana hacia sectores con externalidades positivas.  Pero sobre todo, en contraste con Venezuela, no ha ocupado su sistema cambiario (la forma de manejar el tipo de cambio y el uso de divisas) como herramienta clave.

El problema con usar un tipo de cambio fijo (hard peg) como un instrumento de asignación de recursos hacia sectores pro-desarrollo es que sin una alta capacidad institucional sí puede crear distorsiones desestabilizadoras.  Específicamente, un tipo de cambio fijo puede fácilmente dejar la moneda muy sobrevalorada en una economía petro-exportadora, porque las bajas en el volátil precio mundial del crudo rápidamente transforman la capacidad importadora “real” de la economía.  En otras palabras, con precios de petróleo más bajos la economía no debe poder comprar tantas importaciones pero para mantener el precio fijo, el gobierno seguirá regalando divisas baratas como si eso fuera posible.  El resultado es un creciente mercado negro, que gatilla la inflación y la escasez.  Esto es precisamente la situación venezolana.

En contraste, en Bolivia no hay un tipo de cambio fijo (hard peg) sino un tipo de cambio reptante incompleto (incomplete crawling peg).  En otras palabras, la moneda flota entre una banda establecida pero no anunciada por el Banco Central.  El Banco mantiene la estabilidad de la moneda (evitando altibajos que generan inflación por la subida en el precio de los transables cuando el tipo de cambio baja) comprando y vendiendo divisas para mantener su precio estable.

Bolivia acumuló estas grandes reservas durante el boom precisamente para protegerse de la inestabilidad cambiaria y dado que no es pública la meta (el valor de cambio que busca el Banco Central) no se puede especular fácilmente contra ella.  Entonces, Bolivia tiene un tipo de cambio muy estable y baja inflación. Así el mercado negro, las periódicas devaluaciones y la escasez no son un problema para el socialismo de siglo XXI en su variante boliviano.  La decisión del gobierno venezolano de no imitar su par boliviano en materia cambiaria y no imitar su par ecuatoriana en materia de políticas industriales para cambiar la matriz productiva explica el poder y popularidad de la oposición venezolana hoy en día.

Conclusión ¿Venezuela: Una revolución fracasada?

Esta historia de incompetencia económica y corrupción política deja la pregunta ¿hay algo que se puede salvar de la revolución bolivariana en Venezuela?. La oposición venezolana tiene tendencias autoritarias (no respeta la constitución ni las leyes) y además los gobiernos de derecha tuvieron entre los peores resultados económicos y sociales de la historia venezolana. De hecho, desde la última vez que fue gobierno, la derecha venezolana carga con la masiva violación de ddhh, incluyendo el asesinato de aproximadamente 2000 manifestantes que protestaban la subida de los precios de transporte público producto del colapso económico. Pero quizá la derecha haya cambiado.  Con el actual gobierno siendo tan ineficaz ¿no sería mejor su derrota (algo que pasará tarde o temprano si los chavistas no enmiendan su rumbo) para poder terminar con este desastre?

Una comparación histórica puede ayudar a dilucidar porqué es importante defender a la revolución bolivariana, a pesar de su incompetencia económica. Considere lo que pasó en Sudáfrica, bajo en régimen de apartheid y su derrota con la llegada de Nelson Mandela a la presidencia. La conducción económica de Sudáfrica bajo Mandela, y posteriormente con Mbeki y Zuma, ha sido pésima (el desempleo ha variado entre un 21% y un 29%). El gobierno ha sido corrupto y muy lejos de haber podido implementar un cambio en la matriz productiva para financiar mejores programas sociales. De hecho, aunque se puede disputar los números, es posible argumentar que en términos económicos Sudáfrica estuvo mejor durante el apartheid que después.

Sin embargo, nadie propone volver al sistema de apartheid, a pesar del desastre económico. El apoyo del ANC sigue porque la creación de una sociedad abierta a todas las razas es un valor en sí, más allá de lo económico. En el caso venezolano, hubo y hay corrupción e incompetencia económica pero no se puede descartar de manera liviana las decisiones de gasto social. El programa de barrio adentro, puso clínicas en los barrios (poblaciones) del país que nunca antes habían tenido médicos. Las misiones de alfabetización llegaban a gente que nunca jamás había tenido acceso a educación formal. No son temas menores.

Sobre todo es muy importante subrayar la dimensión racial de todo eso. La oposición venezolana rechazó a Chávez desde el principio por razones de racismo. Según  ellos Chávez fue un “indio” o un “zambo” (así lo llamaban respectivamente los medios de oposición y los políticos de la oligarquía blanca venezolana). De hecho hasta Colin Powell (Secretario de Estado de EEUU bajo George W Bush) exigió disculpas públicas de la embajada estadounidense en Caracas, por apoyar el racismo de la oposición venezolano. La embajada había dejado que algunos políticos de la oposición organizaran un espectáculo de títeres en el que Chávez fue representado por un mono con bromas racistas.

Tanto la reacción racista contra un presidente no-blanco como la reacción racista contra un gasto social orientado a ayudar a la gente pobre no-blanca, fueron muy fuertes y muy violentas. Entonces la derrota del gobierno venezolano, tanto como la derrota del ANC en Sudáfrica, pondría en cuestión la igualdad básica de todos los ciudadanos venezolanos. La oposición venezolana no ha hecho ningún proceso de ‘renovación’ de ideología, y siguen sin reconocer ni las victorias democráticas de Presidente Chávez ni las innegables mejoras sociales de su gobierno.  De hecho siguen revindicando la violencia y violación de derechos humanos de la Cuarta República y las fracasadas recetas económicas neoliberales del FMI de austeridad fiscal y dolarización.

Para la comunidad latinoamericana, preocupada de los derechos humanos y el bienestar de la población venezolana, lo más importante es insistir que la oposición respete las leyes y la constitución, independiente del origen racial de las integrantes de la institucionalidad. Pero para todos los que son proclives al “socialismo de siglo XXI” hay que esperar que el gobierno venezolano deje su actual rumbo e imite los ejemplos de los hermanos gobiernos de Ecuador y Bolivia en materia económica. Si no lo hacen la solidaridad latinoamericana poco podrá hacer para evitar un desenlace nocivo.


Doctor en Ciencia Política, Magíster en Desarrollo Económico, Universidad de Cambridge