“Mi objetivo ahora es estudiar para volver un día a Siria y reconstruirla”. Es la ilusión que día tras día empuja a Jamal Waes, un refugiado de 22 años procedente de Alepo y hoy residente en España.

Este joven sirio abandonó su país hace casi cuatro años, dejando atrás familia, amigos y sueños. Forma parte de los cinco millones de personas que, según los últimos datos de Naciones Unidas, se han visto obligados a dejar su país.

“Cuando cumplí los 18 años tenía que hacer el servicio militar obligatorio. Pese a que siendo estudiando podría eludirlo, en aquel momento, ya en pleno conflicto, ni con eso era seguro no tener que entrar al Ejército”, explica Jamal a El Desconcierto. “Hacer el servicio significa ir a matar gente. Te ponen en primera línea y o matas tú o te matan a ti”, argumenta.

Esa fue la razón por la que el joven quiso salir de las zonas controladas por el régimen del presidente Bashar Al-Asad y se trasladó a las zonas dominadas por el Ejército Libre, donde trabajó como voluntario atendiendo a heridos y enfermos. Ese grupo militar, formado por desertores del Ejército sirio, nació pocos meses después de estallar la “revolución” con la intención de derrocar a Al-Asad. A pesar de que no logró tumbar la eficiencia del oficialismo alauí, poco a poco fue ocupando partes de las principales ciudades del país como Damasco o Alepo. Así se empezó a dividir el territorio en cuatro partes cada vez más diferenciadas. Según informa El País de España, el 35 por ciento del territorio, donde vive el 70 por ciento de la población, está controlado por el Ejército sirio. El Estado Islámico domina el 40 por ciento, los rebeldes, el 11 y los kurdos, el 14 por ciento en el norte.

“Un día mi padre tuvo mucho miedo y me pidió que me fuera del país”, recuerda Jamal. Así fue como la guerra de Siria hizo surgir en los Waes la segunda generación de refugiados. Su tío ya escapó hace 35 años del gobierno del padre del actual mandatario sirio Hafez Al-Asad, para instalarse en Cataluña, España. Allí mismo es donde esperaba llegar ahora el joven alepino.

El “sueño europeo”

Jamal salió con su primo hacia Turquía. Cruzó la frontera sin problemas porque en aquel momento el país otomano tenía sus fronteras abiertas para los refugiados sirios. “Pasamos tres meses allá pero no sabíamos cuándo nos podríamos ir porque desde la embajada española nos pedían acreditar que teníamos recursos económicos para asegurarse de que no entraba gente pobre a España”, narra Jamal Waes.

El joven consiguió su visa para llegar a casa de su tío, en España, gracias a los contactos que ése tenía con el Departamento de Extranjería español. Una fortuna que no tienen la mayoría de los refugiados que salen de Siria. Como Hamza Alrasheed.

Cuando este joven de 21 años decidió salir de Damasco no le resultó tan simple. Se encontró con las fronteras cerradas. Era febrero de 2016 y Turquía decidió atender a los damnificados dentro de suelo sirio: “El Ejército turco estaba allí, controlando la frontera porque habían restringido el acceso a los refugiados. Si nos pillaban nos encerraban y se acababan las opciones. Pasamos dos horas corriendo sin luces y sin nada, solo corriendo, corriendo, corriendo”, relata este estudiante de Informática.

/ Hamza Alrasheed

/ Hamza Alrasheed

“Desde Turquía intentamos pasar a Grecia. La primera vez no lo conseguimos porque la guardia costera turca nos atrapó y estuvimos en la cárcel durante dos días. Luego de eso, volvimos a cruzar y ahí lo logramos. Fueron tres horas y media en alta mar, en plena noche. Fue horrible. Así llegué a Grecia”, continúa.

Alrasheed salió de su país porque no podía seguir con sus estudios: “Había demasiada violencia. No tenía más alternativa que partir de cero en otro país”. En territorio helénico se registró para estar entre los poco más de 13.500 refugiados relocalizados dentro de la UE, sólo un 8 por ciento del total comprometido por el bloque, según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM).

La reubicación permite a los refugiados escoger asilo entre ocho países europeos. El destino final será el del país que acepte la solicitud. A Hamza le llegó la aprobación desde Francia en diciembre de 2016. Hoy vive en una región del este del país donde empezó una nueva vida: “Desde el mes pasado tengo el estatus de refugiado por 10 años y me permite viajar por todas partes menos a mi propio país, eso es ser refugiado”.

A pesar de que la mayoría de personas que salen de Siria tienen el “sueño europeo” como destino final, Turquía es su primera estación. El país recibió al pueblo sirio en masa hasta el punto que hoy encabeza el ránking de acogidas, con 2,7 millones de personas.

En marzo de 2016, la Unión Europea (UE) suscribió un cuestionado pacto con Turquía por el que Ankara aceptaba la devolución de todos los inmigrantes y refugiados llegados de forma irregular a las islas griegas, así como un sistema conocido como “uno por uno”, por el cual la Unión se comprometió a recibir a un sirio por cada sirio devuelto a Turquía. A cambio, la UE prometió a los otomanos 3.000 millones de euros para ayudar en la acogida de refugiados sirios en su territorio y avances para la liberalización de los visados a los ciudadanos turcos.

Bruselas califica de un “éxito” la reducción de las muertes y llegadas a Grecia. De acuerdo a El Mundoel número de personas que arriban hoy a las islas griegas disminuyó en un 98 por ciento, pasando de una media de 1.740 llegadas en 2016 a 43 por día; y las personas fallecidas en la ruta del Egeo cayeron de 1.100 en 2015 a 70 en el último año. Sin embargo, en la ruta para llegar a las islas italianas los muertos aumentan sin cesar. Sólo en 2017 ya hay 603 que perdieron la vida en el Mediterráneo, según la OIM.

Un conflicto global

“Eso empezó como una revolución, no era una guerra”, recuerda Jamal Waes, quien en febrero de 2011, cuando prendieron las primeras protestas, estaba terminando sus estudios de Bachillerato.

En los seis años de conflicto, han muerto entre 320.000 y 450.000 personas y otro 1,5 millones han resultado heridas, el 50 por ciento de las infraestructuras del país han sido destruidas y entre seis y ocho millones de ciudadanos han abandonado sus hogares y se han desplazado a otras zonas del país.

“Lo que pedíamos en 2011 no era un cambio de presidente, sino en su gabinete, en algunas leyes, en el funcionamiento general”, detalla el muchacho. Y continúa: “Pero el gobierno reprimió muy duramente a la gente que estaba en la calle. Y así empezó todo”.

Una mirada que también comparte el activista sirio Abdullaziz Ramadan, quien salió de Siria tras los primeros meses de protestas y se instaló primero en Turquía y luego en Alemania. “Las protestas no eran en contra de Al-Asad como presidente, eran para conseguir reformas”, asegura. Y añade: “Se levantó un movimiento civil pero a los seis meses se instaló una cultura de la violencia. Muchos activistas y estudiantes fueron arrestados sin motivo por el Ejército y las fuerzas secretas de seguridad”.

Abdullaziz Ramadan

Abdullaziz Ramadan / Foto: Adeline Bruzat

Uno de ellos fue un amigo de Jamal: “Lo mataron en la cárcel. Él estudiaba medicina y lo metieron preso porque se dedicaba a curar a la gente herida en las marchas. Lo torturaron y lo quemaron. Después mandaron su cadáver calcinado a sus padres. Era irreconocible”, describe aún consternado.

A pesar de que el pueblo sirio inicialmente sólo reclamaba sus derechos, la represión del oficialismo alertó a la gente de que no iba a ser tan fácil y pidieron la caída del régimen, que se caracteriza por ser el último que queda representando los nacionalismos árabes de los años 50, y además es laico.

La sociedad civil es el único poder que ha existido siempre durante el conflicto y ha jugado un rol fundamental hasta ahora. La intensidad del conflicto y el hecho de que muchas ONG no pudieran entrar al país provocó que las organizaciones se profesionalizaran muy rápido, pasando de simples grupos de gente en las calles hasta organizaciones muy estructuradas”, señala Abdullaziz Ramadan, quien desde el extranjero levantó una organización de estudiantes y activistas para apoyar a las personas de las zonas en conflicto.

El activista explica que desde 2013 el conflicto dejó de ser del pueblo sirio para convertirse en un asunto internacional: “Nosotros hoy sólo somos las víctimas, los que pagamos la factura”, espeta. “Los combates podrían haberse acabado en 2012 si ellos hubieron querido”, asegura Ramadan, en referencia al avance del conflicto de aquel año, cuando entró a las ciudades de Damasco y Alepo y también contó con los primeros apoyos desde Teherán y los chiíes. Luego pasó a ser global con la injerencia de los países regionales (Irán, Arabia Saudí, los chiíes de Hezbollah en Líbano) y las potencias internacionales (Rusia, Estados Unidos y sus aliados), y bajo la forma de guerra civil dentro del país.

Hoy los combates en suelo sirio se perpetran escala mundial, con Moscú y Washington protagonizando su eterno gallito a través del conflicto en la región. “Los cambios de actitud de Donald Trump sobre Siria no tienen que ver con el pueblo o con el régimen de Bashar Al-Asad. Son mensajes que envía a su opositor internacional, Rusia, a través de nuestro país, usándonos”, apunta el dirigente social. Lejos del discurso victimizador, Ramadan agrega: “Todo el pueblo sirio lo sabe, incluso los que no han ido a la escuela entienden los juegos políticos que hay detrás”, dice.

Para él, el final del conflicto llegará “cuando las grandes potencias dejen de luchar entre sí porque entonces Siria también dejará de luchar y podría llegar a una transición política”. Y agrega: “No será posible tener una sola Siria de nuevo si no aceptamos incluir a todos los actores en este proceso: los kurdos sirios, algunos agentes de la oposición y el régimen”.

“La clave es tratar de integrarse”

“En la Unión Europea tienen que pensar que la gente que llega sólo quiere continuar con la vida que estaba haciendo en su país. Si facilitan estudios y acceso laboral a los refugiados, eso se convertirá en un aporte para los países europeos”, defiende Jamal Waes.

El joven, que reconoce que desde su llegada a España no ha sido víctima de episodios de discriminación o racismo, critica que desde Europa se difunda el mensaje de que “si se abren las fronteras, entran terroristas”.

jamal Waes

/ Jamal Waes

Jamal hoy estudia un curso para técnico de laboratorio químico y biomédico. Es el primer paso para entrar a la universidad y estudiar medicina. Sin embargo, los estudios también le han permitido desarrollar un pleno proceso de integración a la cultura de acogida.

Lo primero que hice fue aprender el idioma, primero el castellano y después el catalán. También me apunté a un grupo de los que suben torres humanas, para entender la cultura de Cataluña. Además, tengo un par de parejas lingüísticas: ellas aprenden de mí el árabe y yo el catalán”, dice.

Pero si hay un punto que le costó de vencer a Jamal fue el contacto con las mujeres: “En Siria no tenía amigas, nunca las tuve. No sé tratar a una mujer porque siempre he estado rodeado de hombres. Y acercarme a ellas era muy difícil para mí. Cuando me hablaba una chica, no sabía como hacerlo”, confiesa. La vergüenza no pudo con él, que rápidamente buscó la fórmula para sobreponerse a la situación: “Hace un año y medio me apunté un curso de salsa, voy cada semana y ya soy todo un ‘profesional’”, bromea.

Jamal, que ya piensa en como ayudará a salir de Siria a su hermano, quien en breve llegará a la mayoría de edad, lo tiene claro: “La clave es tratar de integrarse. No queda otra. Nosotros no salimos por dos meses. La solución está lejos y seremos refugiados por muchos años”.