Durante estas semanas hemos sido testigos de innumerables vejaciones a la dignidad de habitantes de nuestro país. Es complicado comenzar a escribir, porque se agolpan los hechos uno tras otro y es difícil saber cuál puede estar más arriba que el otro para ser mencionado en esta columna. Hace unos días lo tenía fácil, Canal 13 publicita a través de su página web un llamado a casting, donde busca a mujeres víctimas de violencia intrafamiliar, sin embargo solo un par de días después, en horario matutino exhiben en Bienvenidos uno de los peritajes sexuales de Nabila Rifo. ¿Dónde está el respeto elemental a la privacidad? ¿A la dignidad? Se conversa en cámara sobre el pasado sexual de una víctima que fue mutilada y herida, buscando resquicios que permitan sostener el rating que permite sueldazos millonarios a los animadores del espacio.

¿Es que nadie siente vergüenza de exponer a una mujer, a su familia e hijos a este espectáculo cruel? ¿Donde figuraba Martín Cárcamo, rostro de la campaña #HeForShe? Criticamos la farándula por años, para encontrarnos ahora en televisión abierta con peritajes sexuales, cuestionamientos morales y culpabilizando indirectamente a víctimas -que siempre son de escasos recursos y medios para contrademandar- de sus propios martirios. ¿Dónde está la empatía, dónde está la sororidad, Tonka Tomicic? ¿Acaso solo significa usar la polera de turno, aparecer como rostro en una campaña, abrazar a un par de mujeres en la calle y luego seguir en el circo romano cuestionando la vida sexual de alguien que no debería estar expuesta a este tipo de difamaciones? ¿Podemos solucionar la emisión de una tanda completa de programa pidiendo disculpas en un mísero comunicado de dos párrafos? No, no podemos. El daño se ha hecho una y otra vez, y gracias a ellos hay cada día más mujeres con miedo de denunciar a sus agresores.

Racismo, clasismo y machismo, los ismos del Instituto Nacional

En 24Horas conocimos un insólito intercambio cultural. De la mano del siempre mediático y poco atinado Claudio Fariña nos enteramos que el Instituto Nacional, recibiría a sus primeras estudiantes mujeres. ¿La carta que envió Marina Ascencio, la niña de 11 años que se dirigió a la presidenta Bachelet para solicitarle el ingreso de mujeres al club de Toby más laureado del país tuvo acogida entonces? No. Se trata de un intercambio de estudiantes francesas que son utilizadas como señuelo para que los jóvenes institutanos se motiven por estudiar un segundo idioma. “Todas lindas, todas juntas, francesas, que le da su toque”, dice la profesora de la asignatura, mientras indica además que las estudiantes son un gancho para sus compañeros, para que intenten hablarles, conquistarlas. Esto mientras las jóvenes mencionan incómodas en la nota que sus compañeros las hostigan de manera bruta, y que para ellas todo esto es novedoso ya que los colegios siempre han sido mixtos en Francia. ¿Imagen país? Juzgue usted.

¿Cómo podemos cuestionar un modelo si está tan enraizado en todo lo que hacemos? La cultura permea estas actitudes que se replican en la televisión, en los colegios, en la calle. Los discursos del odio vienen y se integran al ADN de muchos. Y en ese mundo, en este mundo, las mujeres siguen siendo territorio de conquista. En los colegios, como el Instituto Nacional, en la televisión como es el caso de Nabila. En el espacio público y el acoso callejero. En los chistes misóginos de las barras bravas. En la nula capacidad de empatía con un testimonio de violencia, en el imputado Piñera, coreando la estrofa militar del himno en una actividad de su campaña, avalando la tortura, muerte y vejación de cientos de mujeres y hombres. Está en la indicación aprobada por la Comisión de DDHH del Senado que autoriza a terceros a oponerse al cambio de nombre de una persona trans. Los discursos del odio están presentes en todas partes y es tarea nuestra sacarlos a la luz, aún cuando signifique deconstruir todo lo que somos y volver a armarnos de nuevo.


Periodista e Investigadora en temas de Género