Creo que el problema y a la vez la virtud que tiene un guionista de teleserie, es el tiempo acotado para escribir. En el mundo de la tele se suele ocupar la frase todo es para ayer. Entonces no vale la pena preguntar, pero preguntamos: -¿Para cuándo sería? –Para ayer, dicen; y una mezcla entre angustiosa peligrosidad y placer nos hace ver la página como un juego de tiro al blanco. La sensación de urgencia, de entregas con dead line, es donde debe saber maniobrar este tipo de escritor.

Me imagino que en otras áreas, como el cine, hay un prolongado tiempo de reflexión y conversación con el director, con vinos y cafés mediante, se va amasando y amasando la historia, para que el pan entre al horno y desde una temperatura colaborativa y reflexiva resulte sabroso y crujiente. El guionista de cine es como la mantequilla que se derrite al contacto del pan humeante, esas cuestiones me imagino, aunque probablemente se trate de todo lo contrario y el director, más que un amigo que confiesa sus imágenes e ideas al guionista, como una tertulia fraternal al calor de la fogata de una historia, sea el jefe que dicta con estridencia al escribiente las dimensiones de su arquitectura imaginativa.

Una teleserie por lo general tiene un promedio de 90 capítulos y cada capítulo escrito, diría, tiene aproximadamente 45 escenas. En este trabajo maratónico, en que se combina velocidad y resistencia, se crea la escaleta, el contenido, secuencia y estructura del capítulo. De qué va cada escena, para después escribirlo a distintas manos. Incomparable al trabajo de un novelista por ejemplo, donde casi siempre las decisiones que debe tomar son solitarias e inciertas. Ian McEwan dice que para un escritor la duda es muy importante, si se apura cierra posibilidades. El novelista se puede arrepentir innumerables veces, cada paso puede significar dos de retroceso. En el trabajo del guionista de teleseries, en cambio, todo tiene que ser colaborativo y hacia adelante, porque el tiempo y su rigidez no espera. Se vive en un país lleno de fronteras en que los pasos cierran a una determinada hora y si no estás al momento del cierre fronterizo, tendrás una larga conversación con las autoridades encargadas de que los tiempos se cumplan.

Hace poco me enteré que Marcelo Bielsa es un gran cinéfilo, ve alrededor de dos a tres películas al día. Cuando le preguntaron por qué tenía esa fascinación, él contestó que le interesaba mucho la tarea del director, del tipo que tiene una idea y que debe seducir a su equipo para que estos logren ver y habitar ese espacio en que la confección de la idea es lo principal. Eso, sumado al tema de los tiempos que contaba acerca del guionista de teleserie, me llevan a creer que hay parecidos, semejanzas y obviamente diferencias. Osvaldo Soriano dice: “no hay persona alguna que deba pensar tanto, en tan poco tiempo y a tanta velocidad como un futbolista cuando enfrenta al arquero”.

Un equipo de guionista es parte de un equipo de producción y dirección, y entre todos desean contar una historia. Creen que con esa idea pueden seducir a la gente, pero no saben si en el momento de salir a la cancha ese objetivo puede lograrse, sólo saben que trabajando bajo algunas claves que se han definido como editoriales, pueden apostar, con el optimismo correspondiente, a que la propuesta triunfe o fracase.

Las charlas técnicas a los jugadores me las imagino parecidas a una reunión de escaleta, un momento en que uno puede tejer una formula de juego, la estrategia. Después se sale a la cancha. Miles de miradas atentas pueden sentirse atrapadas por la idea que los jugadores disponen en la cancha. Pero hay un rival, un otro que tiene exactamente el mismo objetivo, desea también no sólo ganar sino algo mucho más importante: imponer una historia.

Dos historias se disputan un público y el público, llevado muchas veces por cosas que a lo mejor no fueron consideras como importantes en su momento, se inclina por el equipo que respondió más a sus expectativas en el campo de juego.

Los directores deben tener una lectura actualizada de la realidad, algo así como un escáner social de lo popular. Sin duda dentro de este ámbito deben existir grandes lectores de audiencia y también expertos en estrategias que tengan una mirada global del tablero. Una partida de ajedrez, que el televidente se entera en el momento.

Parafraseando a Bielsa, en la vida siempre se gana y se pierde, pero más veces se pierde, ese es un estado generalizado, son excepciones cuando uno logra el máximo galardón, lo esencial es reducir ese margen de incertidumbre. Para eso Bielsa mecaniza jugadas, las repite hasta el hartazgo, porque cree que los jugadores entre el estrés y el cansancio, deben tomar decisiones en segundos y si estas jugadas están mecanizadas, facilita mucho más su trabajo.

En las teleseries, que es a lo que me dediqué gran parte de mi vida, es similar. El género no se reinventa ni descubre repetidas veces. No, el género es una condición, un principio, por lo que tener claridad acerca de sus características y dimensiones es esencial. Entonces eso que podemos dar por seguro, muchas veces requiere ser mecanizado. Luego todo recaería en la estrategia, que dice relación con cuáles serán los dispositivos que ocuparé para doblegar a mi rival.

Con respecto a la rivalidad en las teleseries, en apariencia hay dos posiciones marcadas, según veo. Por ejemplo, hace un tiempo existió el dogma de que las escenas debían ser cortas y al callo; luego vinieron las turcas, con escenas largas y habladas, lo que creo debe haber movido en algo los cimientos de lo que se estaba haciendo. También hubo épocas en que todo debía ser en tono comedia. Pero lo cierto es que no existen los estados puros, pueden convivir escenas largas y cortas, y la comedia y el drama pueden sostener una relación virtuosa; y con eso, aspirar a la flexibilidad y los tonos musculares que la historia requiera dependiendo de sus personajes y tramas. Sampaoli diría: se descubre un modelo, se prueba su efectividad hasta que los rivales leen perfectamente nuestra manera de jugar y el modelo debe tener variaciones, que logren permeabilizar al rival.

En la pugna por el rating de las teleseries, lo central es el producto, pero a lo que no se hace mucho hincapié o a veces se pasa por alto es que en el fondo es una rivalidad entre dos equipos. Equipos formados por técnicos, actores, guionistas, productores, directores, etc. O sea, cuando gana una teleserie, gana un equipo.

¿Qué hizo Bielsa cuando llegó a Chile? Formó un equipo que ya venía jugando desde la época de Sulantay. Les enseñó cómo correr, les enseñó valores como la rebeldía, el sacrificio, el honor, el amateurismo.

Probablemente el mundo de las teleseries sea algo parecido al fútbol, no lo sé. Bielsa: no descansa su discurso sólo en la técnica, sino que además entrega conceptos, valores. Forma jugadores y esos jugadores los podemos identificar al verlos jugar en la cancha. Tienen un sello,  la inevitable manía de nunca dar una pelota por perdida, de sentir vergüenza deportiva, sobretodo cuando se hace exactamente lo contrario a lo que se acordó en la semana. El técnico rosarino es de la idea que cuando se pierde se le falla a la gente, al pueblo, al trabajador que todos los días tiene jornadas larguísimas y que el fútbol -al igual que las teleseries- puede de alguna u otra forma provocarle una alegría, en medio de un mundo que muchas veces es hostil e injusto.

La experiencia de ver un buen partido de fútbol no debería estar tan lejos de ver día a día una buena historia por televisión. Los peak de sintonía en algunos casos han llegado a ser similares. Los grados de identificación son altísimos. Pero no exageremos, Valdano ya decía que el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes.

Se me ocurre que de esta analogía fútbol – teleseries, se podría agregar otra; la música, pero en  específico el formato. Muchos han vuelto a escuchar nuevamente en vinilo, para sentir una experiencia que se aproxime a lo real, cansados tal vez de las simulaciones y la representaciones esquematizadas. El vinilo entonces es como nos gustaría que sonara una historia, por así decirlo. Giros y giros hasta que todo vuelva a empezar, como si lo verdaderamente importante estuviera siempre en el próximo capítulo.


Poeta y guionista