La derrota de Ricardo Lagos en el Comité Central del PS ha generado variadas reacciones, unas de sorpresa, otras de molestia y también de reconocimiento a la larga presencia del ex Presidente en la política nacional. Estoy entre estos últimos, pero soy, al mismo tiempo, de los que han discrepado de las políticas públicas de su gobierno.

Valoro la valentía que tuvo Lagos para enfrentarse a Pinochet. Y, lo que pocos saben: su coraje para desafiar la dura represión argentina. Estuvimos juntos en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), en Buenos Aires, en momentos que la vida era incierta. Desde allí ayudamos a ubicar en países solidarios a miles de estudiantes y académicos detenidos en cárceles chilenas o que habían sido expulsados de las universidades. Ricardo también me ayudó cuando fui detenido en Argentina. Estoy agradecido de su apoyo, fundamental para mi liberación de la cárcel.

He discrepado de las posiciones políticas de Lagos. Él lo sabe. Pero supo respetarme, incluso cuando fui parte de su gobierno, como asesor de la Dirección Económica de la Cancillería. Por eso comparto con Gonzalo Martner (La Tercera, 10-04-17) que Lagos es hombre de firmes convicciones, pero respetuoso de las opiniones de los demás.

Sin embargo, no comparto el análisis de Max Colodro en La Tercera (11-04-17) que, en la valoración del ex Presidente, no da cuenta de su responsabilidad sobre las exclusiones, desigualdades y abusos que caracterizan al sistema económico y político chileno, que por cierto se extiende a los otros presidentes de Chile y dirigentes de la Concertación.

El ciclo político, que recupera la democracia en 1990, no cumplió con las tareas que se propuso: restaurar la injusticia y reducir las desigualdades. Por el contrario, los gobiernos de la Concertación en vez de desafiar el modelo económico concentrador, el régimen político excluyente y las políticas sociales focalizadas, conservaron su esencia. Así las cosas, la gobernabilidad se ha dificultado en el país. Colodro lo sabe bien pues, como vocero del MEO, en 2009, criticó duramente las políticas de la Concertación.

Tuvo que aparecer el movimiento estudiantil el 2006, y luego el 2011, para poner de manifiesto la frágil gobernabilidad del país. Esa joven generación rechazó rotundamente el sistema que instaló Pinochet, que la Concertación no fue capaz de cambiar. Los jóvenes excluidos tuvieron que ocupar la calle para decirle al Estado y a sus instituciones que era preciso terminar con las desigualdades y abusos. Si hubiese existido una gobernabilidad viable, las instituciones se habrían encargado de canalizar las demandas estudiantiles y ahora las de las AFP.

En consecuencia, es un error sostener, como lo hace Colodro, que los partidos de la Concertación “apostaron por sembrar la división y el resentimiento social durante el gobierno de Piñera”. Como lo es también afirmar que “apostaron a la demagogia y ausencia de límites”, porque aceptaron la gratuidad universal en la educación.  También es una afirmación extravagante decir que “instalaron una imagen de Chile basada en abusos y frustraciones”.

Colodro entrega una visión de los partidos de la Concertación como si fueran una secta de anarquistas dispuestos a destruir el país. Y que durante el gobierno de Piñera promovieron la lucha de clases para debilitar a su gobierno. Nada más lejos de la realidad.

Hay que decir que no es ninguna “imagen” que Chile es un país de abusos y frustraciones. Y, eso no es necesario instalarlo. No lo ha dicho la Concertación. Está instalado; es una realidad ineludible. Ahora bien, quienes intentaron una respuesta política frente a esta realidad no son precisamente los partidos de la Concertación sino, en primer lugar, dos escisiones del PS: el MEO y Arrate en el 2009. Y luego, el movimiento estudiantil del 2011 y ahora el Frente Amplio.

No existe ninguna “autocrítica brutal y demoledora” de los propios partidos de la Concertación al régimen existente. Ésos partidos recogieron las demandas de la gratuidad,  y las plasmaron, de manera parcial, en el programa de gobierno de la Presidenta Bachelet. Ello contemplaba paralelamente un financiamiento, fundado en una reforma tributaria. Aquí no hubo demagogia ni tampoco ausencia de límites. Fue una respuesta política a una protesta incontenible de la sociedad civil.

Lo que sucedió, lamentablemente, es que los políticos financiados por los grupos económicos, dentro de la misma Nueva Mayoría, bloquearon la reforma educacional, de la misma forma que debilitaron la reforma impositiva. No es, como dice Colodro, que estos cambios estaban más allá de la realidad y que la gratuidad universal era inviable. En ningún caso.

Tanto la reforma impositiva, como la gratuidad de la educación son tareas ineludibles y completamente viables y propias, por cierto, a una verdadera izquierda moderna. El punto es que las reformas afectaban intereses poderosos y ello dividió a la clase política, incluida la Nueva Mayoría. Ello explica e debilitamiento de las  reformas.

En consecuencia, “la división y el resentimiento social”, términos con los que acusa Colodro a la Concertación para defender al gobierno de Piñera, no son ninguna imagen. La división y el resentimiento social son realidades propia a un sistema que ha hecho posible la colusión de las empresas, para robarles a los consumidores pobres; que permite que los empresarios le dicten leyes a los parlamentarios; que permite el CAE para esquilmar a los estudiantes, con universidades que lucran y educan en la ignorancia; y, que acepta que las AFP acorralen en la pobreza a los pensionados pobres y de clase media.

Por cierto, esta preocupante realidad del país se ha hecho presente en el debate al interior de la propia Concertación, pero sin resultados que apunten a su superación. Por eso el deterioro de la Nueva Mayoría y la emergencia del Frente Amplio. Se equivoca Colodro al ver en la derrota de Lagos en el PS un cambio radical de la “izquierda renovada” en favor de una transformación profunda del régimen existente.


Economista