En los primeros días de abril de mil novecientos ochenta y cinco, el barrio había sufrido una serie de acciones violentas de policías y militares. En ese período se manifestaron con frecuencia protestas locales, motivadas por un sangriento mes de marzo: la muerte de los hermanos Vergara Toledo en la población Villa Francia, de la joven Paulina Aguirre en el sector de La Reina, y de los profesionales comunistas José Manuel Parada, Santiago Nattino y Manuel Guerrero, encontrados en una zona baldía de Quilicura, generaron un ambiente tenso entre pobladores y policías. Muy en particular, los dirigentes sociales y políticos del barrio sintieron con mucho pesar la muerte del profesor Guerrero, quien había participado en el año mil novecientos ochenta y cuatro en un par de clases de formación político-social dictadas a los jóvenes del lugar: la mayoría de los compañeros recordaba al profesor Guerrero como un pedagogo apasionado y empático con los problemas de los pobladores en aquella época.

Esos días del mes de abril fueron particularmente complejos, porque al aumento de policías en el lugar, se agregó en los frecuentes patrullajes policiales la exhibición de un exagerado armamento de guerra. El barrio irradiaba un paisaje paradojal en sus espacios públicos: por un lado, las calles y plazas exhibían una desolación postiza, una aparente calma, ya que los dirigentes sociales habían decidido paralizar momentáneamente sus actividades solidarias en las calles; y por otro lado, en el paisaje poblacional merodeaba un grupo de adolescentes consumidores de neoprén (pegamento tóxico), quienes habitualmente se llevaban sus tristes bolsas plásticas a la boca y la nariz, para aspirar hasta el último vapor del volátil adhesivo.

En aquella época, el consumo de este pegamento era una potente droga que disimulaba el hambre y la marginalidad en la que estaban sumergidos los jóvenes en aquel período. Para los vecinos del barrio, convivir con estos jóvenes consumidores no generaba temor alguno; más bien, suscitaba un sentimiento de tristeza por el gradual deterioro que provocaba en sus cuerpos el consumo reiterado del solvente tóxico. En el barrio eran denominados como los “pegas”, porque algunas organizaciones de la época intentaron realizar actividades sociales en su ayuda, con la finalidad de alejarlos del consumo: sus gestiones resultaron del todo infructuosas. Los “pegas” seguían ahí, aparecían periódicamente con sus tarros y sus bolsas, y al mismo tiempo convivían en un espacio barrial que desarrollaba acciones solidarias.

En los meses siguientes del año mil novecientos ochenta y cinco, proliferaron las protestas zonales en todo el país, y esto mostró otra faceta de la movilización social: su autonomía en la organización de acciones contra la dictadura, más allá de las convocatorias anunciadas por los grupos opositores nacionales. Al finalizar el mes de mayo, se convocó a una protesta en la zona sur de Santiago que generó innumerables enfrentamientos entre policías y pobladores. En el barrio, los enfrentamientos comenzaron al atardecer, y como era habitual en estas jornadas, las barricadas fueron situadas en los lugares de ingreso de la población. Esa noche fue muy combativa, porque los pobladores habían logrado mantener a los policías fuera del perímetro barrial, y con una cuantía de pedradas a las furgonetas policiales, se había logrado su repliegue.

Al aproximarse la medianoche, los policías retornaron al barrio y, parapetados con armamento de guerra, lograron sortear las barricadas e ingresar a sus calles y pasajes. Los pobladores momentáneamente renunciaron a permanecer en los espacios públicos y con celeridad se refugiaron en sus hogares. En las calles sólo quedaban los “pegas” que con sus miradas extraviadas veían pasar raudos a los policías cargados con escudos y metralletas. En ese momento, en una acción insólita, los policías comenzaron a lanzar piedras a los ventanales de las casas, y la sonajera de vidrios rotos provocó el griterío generalizado de los moradores, que exigían a la fuerza policial retirarse, en un ambiente inundado por el llanto de los niños. Con prontitud, los pobladores salieron simultáneamente de sus casas con palos y fierros para enfrentarse a los policías, lo que se tradujo en un rápido retiro de estos del lugar. En el apresurado repliegue y en el vértigo de la huida, uno de ellos tropezó y se le desprendió su casco de guerra. El policía, sin pensarlo mucho, se levantó y aceleró su partida antes de ser agarrado por los pobladores. Esa jornada, que culminó en la madrugada, exhibió una gran cantidad de casas con ventanas rotas, en una época en que el frío clima imponía su presencia.

Al día siguiente, algunos compañeros habían advertido en una de las plazas del barrio a los “pegas” consumiendo neoprén,  y uno de ellos tenía puesto el casco policial perdido en la refriega, mientras aspiraba con fuerza la bolsa colmada de pegamento. Según relataba nuestro compañero, entre los adolescentes se facilitaban el casco en una suerte de posteo, en que sólo se observaban una serie de pequeñas talegas plásticas que se hinchaban y desinflaban a la vez. Lo curioso fue que después de ese día,  no se les volvió a ver transitando por el barrio.

Después de dos días, una comitiva policial se acercó a algunas viviendas preguntando por el casco del cabo Alberto. Ese día tocaron una considerable cantidad de puertas para recabar información sobre el desaparecido casco, sin recibir demasiada información. Por el contrario, encontraron de parte de los vecinos el reproche por la  insólita acción de lanzar piedras a las ventanas del vecindario. En más de alguna casa se les echó en cara la muerte de los jóvenes pobladores y los militantes de izquierda en el reciente mes de marzo. Era tal la desesperación de los policías, que recurrieron al maestro Waldo para que intercediera ante los dirigentes sociales y políticos del barrio para recuperar la vital pieza del uniforme del cabo Alberto.

En un encuentro extraordinario, un grupo de dirigentes sociales y una improvisada comitiva de cuatro policías se reunieron para atender la preocupación de los uniformados. La conversación la lideró el Sargento, quien de manera expresa y solicitando un gesto de generosidad por parte de los dirigentes, pidió ayuda para recuperar el casco del cabo Alberto. En su breve perorata, intentó apelar a la sensibilidad social y de clase de los dirigentes presentes para gestionar la devolución del extraviado casco de combate. Un silencio chocante se apoderó de los dirigentes al escuchar, de parte del Sargento, que sólo disponían de cuarenta y ocho horas para recuperar el implemento; de lo contrario, el cabo Alberto sería objeto de una investigación sumaria, y probablemente sería destituido de la institución policial.  En esta impensada monserga proferida por el Sargento, se describía al cabo Alberto como un hijo ejemplar que ayudaba económicamente a su madre, quien vivía en la pobreza en un sector rural del sur de Chile.

En esta inesperada tregua entre policías y pobladores, se encomendó al maestro Waldo la búsqueda del desaparecido casco. El maestro era quien mejor conocía el barrio y la privacidad de los vecinos.En menos de veinticuatro horas, logró recibir información sobre el lugar donde permanecía escondido el indispensable implemento de trabajo del cabo Alberto: uno de los jóvenes consumidores de neoprén había sido visto aspirando el pegamento en el patio de su casa, con el casco puesto. De esta manera, el maestro Waldo –acompañado de algunos monitores jóvenes que trabajaban en la prevención de drogas–, logró persuadir a dicho adolescente para que devolviese la prenda de combate; y en las horas siguientes, se informó a los policías de la oportuna recuperación del casco extraviado.

En los meses siguientes, la situación al interior del barrio no varió mucho, persistiendo los enfrentamientos entre pobladores y policías cada vez que se convocaba a una jornada de protesta contra la dictadura pinochetista. Unos años después, un compañero nos contó que había visto al cabo Alberto trabajando como guardia en un supermercado.


Sociólogo y profesor universitario