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Confesiones de una censista

En un arranque republicano me inscribí como voluntaria en la jornada del miércoles 19 de abril. Una capacitadora ignorante y fanática de Taylor Swift, una señora de 70 que estudia en tercero básico y un censista negligente forman parte de mi experiencia en este Censo 2017, al que se le escapa por todos lados el patriarcado.

Por @gretadigirolamo
Foto: Agencia Uno

1. La humana que habita a Taylor Swift y el real sexo

La capacitación, citada la semana pasada en el Chimkowe –gimnasio bacano de la muni de Peñalolén- para las 8 de la noche, empezó a las 9. Una mujer seria saludó a las 50 personas que estábamos en la sala, hombres y mujeres desde los 17 hasta los 60 y tantos años –entre la multitud dos haitianos que, lo verifiqué, no entendían absolutamente nada-, disculpándose por el atraso.

“Disculpen, es que esta capacitación no figuraba en el sistema”. Al principio escuché atenta lo que decía, pero de pronto fijé los ojos en su polera, un lugar del que no pude salir más: desde un fondo rojo, Taylor Swift me miraba a los ojos con el pelo aleonado por el viento y brillos dorados que parecían pulular a su alrededor con cada movimiento del abdomen de la capacitadora. La seguí –a Taylor- con la mirada hasta que el dedo de la mujer de carne y hueso le dio play a un video introductorio donde aparece Bodoque censando a una familia opus dei. Apenas el video terminó, la rubia no rubia preguntó si habían preguntas. Una mujer levantó la mano y gritó desde el fondo: “¿Y cuándo nos van a pagar?”. En primera instancia no se les iba a pagar ni un peso a los censistas, pero dada la baja convocatoria decidieron pagar 15 mil. “A fin de mes”, le contestó. Entonces, una señora de mi mesa alzó la voz y disparó: “Yo ni sabía que pagaban, vine porque es mi deber cívico, algo que a nadie le importa. Bueno, solo a los viejos nos importa, a los que tuvimos educación cívica”. La capacitadora se deshizo en felicitaciones y siguió capacitando cuestionario en mano.

Entonces, me di cuenta de lo obvio: en el espacio donde se anota la información familiar hay que rellenar el circulito de “hombre” o de “mujer”. No solo no existe otra alternativa, sino que es el o la censista quien decide el sexo de la persona. “¿Qué pasa si la persona no se considera hombre o mujer?”, pregunté y la gente se rió de mí y alguien lanzó que en esta época en realidad hay para todos los gustos. “Aquí tiene que ir el REAL SEXO de la persona, según lo que estás viendo. En la parte del cuestionario personal, ahí sí tienes que preguntar el sexo y si te dicen mujer aunque veas un hombre, tienes que poner mujer. Eso es para ver cuántos HOMOSEXUALES hay”, me dijo la humana que habita a Taylor y yo quedé petrificada. Después de dar todas las instrucciones dijo que si había alguien viviendo en situación de calle no lo censáramos porque podía ser esquizofrénico y pegarnos y que en las casas no había que aceptar ni un vasito de agua porque podría tener sedante y terminar en violación. Después de tres horas de capacitación, mi frustración aumentó cuando confirmé que la polera -lo supe cuando la vi de cerca- definitivamente no tenía brillos dorados.

2. Sietetreintaocho

A la hora de almuerzo del martes, el día antes del Censo, todavía no sabía dónde me tocaba censar. Cuando llamé a la municipalidad, la mujer que me contestó me dijo, muy apurada, que me presentara a las “sietetreintaocho” en el colegio más cercano. Le dije que habían al menos dos igual de cerca. Me dijo que eligiera cualquiera y me colgó antes de que terminara mi próxima pregunta. A final me llegó un mail con la dirección de otro colegio. Uno que no era mi colegio a elección.

3. Doce casas y la fe en la humanidad

A las ocho en punto del miércoles 19 de abril de 2017 me puse en la fila que daba la vuelta al colegio asignado. Cuando logré pasar la entrada, me pegaron una calcomanía que decía “censista 61”. Pensé en los androides de Dragon Ball Z. Mientras esperaba que me pasaran mi kit de censista, una niña de 20 años me contó que a ella le habían dicho que iba a censar en su condominio y resulta que ahora la iban a mandar a otro lugar y que qué pasaba si decía que no quería ir porque en verdad eso de ir a otro lugar como que no. Me limité a decirle que igual era todo cerca, pero ella se fue, y yo me quedé fantaseando con cómo se acostaba calentita a tomar desayuno. Di mi RUT, me pasaron un peto, una credencial, un portafolio lleno de cuestionarios, un plano, la hoja de resumen de datos –“la C2” en la jerga-, stickers, un lápiz mina, una goma y un sacapuntas. Además, una colación: una cajita de leche de frutilla, un juguito de naranja, un quequito y una barrita de cereal. El Estado financia la obesidad. Me disfracé de censista y partí a mis dos cuadras de pasaje pensando en todas las historias que escondían esas doce casas clase media ladrillo princesa.

En las dos primeras casas me respondieron dos hombres en la calle. Uno susurraba para no despertar a su esposa recién operada, el otro era un profesor de historia que trabajaba como auxiliar porque le pagan más y que alegó que la pregunta del agua dijera red pública cuando todos sabemos que es privada. En la tercera me recibieron tomando desayuno las seis personas que viven ahí al alero de la jefa de hogar; una cosmetóloga con un centro de depilación clandestino en su casa que le permitió pagar el plasma de miles de pulgadas donde Bachelet tamaño real censaba Renca. Después vino la señora jubilada que vive y riega sola en la reja de su casa, una pareja cuyas hijas regaloneaban pidiendo comida desde la cama, una familia que aunque todos tenían aspecto gringo, ella contestó que era perteneciente a un pueblo originario (mapuche) por su compromiso con la causa, un hombre trabajólico y su mujer que me ofreció pizza, la familia que quería censar al perrito y una casa vacía.

Todas las personas fueron amorosas, me desearon un feliz día y me ofrecieron comida. Pero hay tres casas que me devolvieron la fe en la humanidad.

Una es la de la sicóloga que trabaja en un colegio para niños y niñas con parálisis que me pidió que por favor escribiera la siguiente observación: “Ausencia de diversidad sexual y discapacidad”. Cuando salí llamé a mi casa y les dicté copy paste la misma observación. Otra es la casa de la mamá tatuada con su hijo de ocho años de lentes azules y polera de AC/DC que me contestó la encuesta completa, explicando que a veces no participaba del presupuesto alimentario de su casa porque era medio asquiento. Al final de las preguntas me mostró todos los dibujos de su block, entre ellos uno buenísimo de Freddy Krueger, y pegó el sticker en su puerta. La tercera casa que me devolvió la fe en la humanidad casi me hace llorar. Vivían tres mujeres: abuela, madre y nieta. Mientras me comía, con mermelada casera de alcayota, una rebanada de pan que la nieta, que trabaja en reinserción carcelaria, compra a los presos de Talagante, le pregunté a la mayor de las mujeres, de casi 70 años, si actualmente cursaba algún tipo de educación formal. A la señora se le iluminaron los ojos y me respondió que sí. Que estaba cursando tercero. ¿Tercero medio? No, tercero básico. Hace poco había aprendido a leer y estaba tan orgullosa que me puso un turro de fotocopias en blanco y negro de libros de enseñanza básica sobre la mesa como prueba de su esfuerzo. “Dicen que nunca es tarde”, me dijo antes de que yo me despidiera con mi paquete de galletas que compraron especialmente para la persona que las fuera a censar. Las galletas que esa familia de tres mujeres compró especialmente para regalarme a mí.

4. Un trabajo que no cuenta

“Durante la semana pasada, ¿trabajó o no trabajó?”, le pregunté a una mujer de unos 45 años en una de las casas que censé, mientras la familia tomaba desayuno. Un desayuno con frutas, cereales, pan tostado, queso, té y café que, después asumí, preparó ella. Me dijo que era ama de casa. Le leí con atención todas las opciones para que eligiera una y ahí me di cuenta de que calificaba en dos. Una, “trabajó sin pago para un familiar”, estaba dentro de las alternativas en caso de que respondiera que sí trabajo. La otra, “realizó quehaceres de su hogar”, estaba dentro de las alternativas en caso de que respondiera que no trabajó. Leí ambas con voz neutral pero cruzando los dedos para que respondiera la uno: que sí trabajó, que trabajó mucho para su esposo y sus hijas e hijos, sin pago por ser mujer, que se levantara de su silla con un puño en alto y nos diéramos un abrazo de sororidad. Mientras yo me pasaba las películas, ella miró a su marido preguntándole si creía que la respuesta era quehaceres del hogar, él le dijo que creía que sí, ella se volteó y me dijo “quehaceres del hogar” y mi corazón feminista se rompió. No se cuestionó el trasfondo de la pregunta, menos se detuvo a cuestionar el trasfondo de su vida. No la juzgo. Sí juzgo que el cuestionario del Censo no considere de manera seria el trabajo no remunerado y la doble jornada laboral de miles de chilenas que se hacen cargo del aseo, de la comida, de las tareas, de tantos llantos infantiles.

5. El funcionario público

Apenas entré a mi casa a las 3 de la tarde, cuando terminé de censar, escuché el chiflido del censista viejo que había visto caminando por la esquina de mi cuadra. Le ofrecimos almuerzo y dijo que en realidad lo mejor que le podíamos ofrecer era responderle muy pero muy rápido. El primer error fue cuando quiso censar a mi abuela junto con el resto de mi familia; ella vive en una casita aparte en el mismo sitio donde está mi casa. Cual Hermione le advertí que no solamente se trataba de dos hogares diferentes porque comemos de diferentes ollas, sino que además eran dos viviendas diferentes porque cada una tiene su salida a la calle. “Como si le fueran a dar un premio (por ser buena censista). Si lo que les importa es que contemos cuántos son no más”, me respondió mañoso. Como nadie se decidía a responder quién era jefe o jefa de hogar, ante la insistencia del censista mi papá dijo “ya, bueno: ponme a mí”. “El hombre siempre es el jefe de hogar”, dijo llenando el circulito de hombre. Siguió leyendo el cuestionario en diagonal, respondiendo cosas sin preguntarlas y en algunos casos directamente saltándose las preguntas. Por ejemplo cuando le tocó a mi mamá se saltó la pregunta de los pueblos originarios (“¿Se considera perteneciente a algún pueblo indígena u originario?”). Se lo señalé y me contestó que era cosa de mirarla –mide un metro ochenta y tiene la cara llena de pecas- para darse cuenta de que no. ¿Qué entiende ese hombre por sentido de pertenencia? Más allá de eso, ¿cómo se salta arbitrariamente una pregunta? Y entonces le pregunté si era funcionario público. Me dijo que sí. Me imaginé que quizás el hombre venía de muy lejos y le había tocado censar por obligación en un día que podría haber sido un feriado en medio de una semana explotadora. Pensé que probablemente la mayoría de los censistas están con una disposición más parecida a la suya (amargada) que a la mía (romántica) y que si eso es así la veracidad de este Censo 2017 está en duda.

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