Hace un par de semanas se publicó una columna escrita por jóvenes economistas del Partido Comunista en la que se llamaba a hacer un giro en la dinámica del debate en el mundo de la Izquierda, desde una discusión situada en “a quién” hacia el “qué” disputar.

A mi parecer, si bien este llamado sigue la línea correcta en el espíritu de invitar a desarrollar planteamientos políticos ligados a la discusión sobre la estructura económica vigente en nuestro país -discusión que ha hecho falta en la Izquierda chilena-, no pueden dejar de notarse ciertas falencias y omisiones respecto al contenido mismo de la discusión, ya que no basta hacer referencia solamente al “qué” producir -que en el texto mencionado se reflejaba en la discusión sobre la matriz productiva- sino que también al “cómo” se produce.

Se podría eventualmente argumentar que este último problema se resuelve mediante encontrar solución al problema de la propiedad -al que los autores hacen también referencia explícita en el texto-, cosa que es muy propia de la Izquierda del siglo XX cercana al Marxismo. Sin embargo, este aspecto trata más bien de quién es propietario de los medios mediante los cuales se lleva a cabo la producción, pero no necesariamente sobre cómo estos se utilizan. Así, más allá del “quién” es dueño de los medios de producción se abre la pregunta del “cómo” estos se utilizan, revelando una dimensión fundamental de análisis que ha sido en general poco abordada en las discusiones sobre la estructura productiva y que los proyectos de transformación social aún no logran resolver: el control sobre los medios de producción.

El quién y el cómo: Propiedad y control

Los derechos de propiedad han sido estudiados largamente en la teoría económica. Según el economista Armen Alchian, estos se definen en general como la “autoridad exclusiva de determinar cómo se utiliza un recurso”. Es decir, si yo tengo propiedad sobre una guitarra, tengo derechos absolutos a decidir cómo esa guitarra se va a tocar, si es que se toca, o si es que quedará guardada para siempre en la bodega de mi casa. Sin embargo, Alchian también declara que, en particular, la propiedad privada tiene dos características adicionales: (1) el derecho exclusivo al disfrute de los servicios otorgados por el recurso -para la guitarra, el derecho de definir quién la toca o quién disfruta de su música- y (2) el derecho de delegar, vender o ceder cualquier porción de los derechos anteriores. Si bien es discutible que el derecho del disfrute sea propio de la propiedad privada, es interesante lo planteado por la segunda característica.

Con el surgimiento de sociedades más complejas, nació además una necesidad por intentar intercambiar de una forma igualmente más refinada. De esta manera, cuando se arrienda una casa el propietario le cede los derechos de uso y disfrute de esta a los arrendatarios a cambio de un pago periódico. Del mismo modo funciona el leasing para las empresas, que en el fondo es un arriendo renovable con derecho de compra. A su vez, los depósitos bancarios y los fondos de pensiones no son otra cosa que el acto de cederles a los bancos y las AFPs parte -o todo- el derecho de uso de nuestro dinero a cambio de un pago en forma de rentabilidades futuras.

No obstante, ni en el caso de los arriendos ni en el de los depósitos se pone en cuestión quién es dueño de esos recursos. De la misma forma, cuando una empresa se constituye, los propietarios del capital -es decir, de los medios de producción ajenos al trabajo- ceden sus derechos de uso y disfrute de estos en favor de la empresa, con la condición de tener retornos que les sean suficientes para no desear usarlo en otra cosa. Esto mismo ocurre cuando con los fondos de pensiones las AFP invierten en acciones: están usando nuestro dinero para comprar una porción de una empresa en particular -sin nosotros tener idea de que eso está ocurriendo- con lo que pasamos inadvertidamente cada uno de los cotizantes a ser pequeños propietarios, pero sin tener control para decidir cómo se les pagará a los trabajadores, o qué es lo que se va a producir. En todas estas situaciones se cumple una característica particular: hay una diferencia entre quienes tienen propiedad y quienes tienen control.

Esta idea sobre la distinción entre la propiedad y el control no es algo nuevo dentro de la teoría económica: ya Edward Mason daba luces de esto en los 60s cuando señalaba que “casi todos están de acuerdo que en las grandes corporaciones, el dueño es, por lo general, un receptor pasivo y que, típicamente, el control está en manos de la gerencia”.

La importancia del control

Sin embargo, que la idea de distinción entre propiedad y control sea ya antigua no debiese ser un valor en sí. Sería natural preguntarse, ¿por qué debe ser importante para la Izquierda la dimensión sobre el control de los medios de producción? Una posible respuesta radica en uno de los problemas que Marx plantea sobre el modo de producción capitalista: la alienación.

En la medida en que los trabajadores y trabajadoras no tienen posibilidades de decidir sobre su espacio de trabajo, sobre las dinámicas que se ejercen al interior de este, sobre cómo se relaciona con otros en la producción misma, o sobre cuáles debiesen ser los objetivos de su unidad productiva, pierden autonomía y el ejercicio pleno de su libertad en el trabajo.

Por otro lado, y de una forma más concreta, es en el ejercicio del control sobre los mecanismos de producción en donde se vislumbran problemas asociados al ejercicio del poder en el espacio de trabajo y se materializan técnicas de opresión: jefes que maltratan a sus trabajadores sin temor a represalias, sueldos que no suben a pesar de la existencia de alzas en productividad o, más cercano, gerentes que con potestad propia deciden financiar a organizaciones políticas con el fin de obtener beneficios ilegítimos en desmedro de los integrantes de las comunidades, o bien que intentan modificar los resultados financieros para poder cobrar millonarios bonos de productividad, como ocurrió en la crisis subprime en los Estados Unidos hace unos años atrás. Todas estas decisiones están más bien ligadas a la plana gerencial o a los directorios de las empresas, y que no necesariamente tienen intervención de todos quienes son propietarios -como nosotros con nuestras cotizaciones en AFP-.

De la misma manera, dado que el espacio de trabajo es uno de los espacios de construcción ideológica más relevantes al abarcar prácticamente más de la mitad del tiempo activo durante la semana laboral-, las formas en que se desarrolla la producción allí pueden replicar luego en la acción concreta diaria fuera de este espacio. Es decir, en el hogar, entre los amigos, en el espacio público y, por supuesto, en la participación y construcción política.

Así, si nuestro objetivo como Izquierda es profundizar la democracia para conseguir una sociedad emancipada, es necesario tomar en consideración también la presencia de la democracia en nuestros espacios de trabajo. Y para esto es vital comprender el rol que juega el control de la propiedad en la economía.

La centralidad en el “cómo” para un programa de transformación

Una vez entendido que el foco del análisis debiese también estar en el control de los medios de producción, en cómo este se relaciona con la propiedad y en cómo los problemas del capitalismo contemporáneo se hacen presente en esta relación, es necesario otorgar alternativas en la forma de un programa político que se hagan cargo de aquellos, muy en línea en el espíritu -pero no necesariamente en el contenido- del texto de los jóvenes economistas del PC.

En consecuencia, el “cómo” producir debe pasar a tener un rol central en la discusión política de las fuerzas transformadoras en Chile, especialmente en aquellas que están pensando el frente productivo. Los experimentos socialistas que fracasaron en el pasado nos dan luces acerca de que la mera discusión sobre “quién” es dueño de los medios de producción no es suficiente para remediar los problemas que el capitalismo trae a las sociedades, por lo que programas sólo basados en el rol del Estado como propietario no bastan.

Desde esta perspectiva, la alternativa de un programa político que impulse la democracia económica en los espacios de trabajo, la participación de los trabajadores en el control de los medios de producción y, más concretamente, la creación y desarrollo de cooperativas de trabajadores -o de forma más general, empresas bajo control y administración de los trabajadores- como elemento central de desarrollo económico en nuestro país puede ser la respuesta para proponer al país una alternativa verdaderamente transformadora del espacio económico y social, en dirección a una sociedad profundamente democrática donde se ejerza el ejercicio pleno de la autonomía de las personas.


Estudiante de Magíster en Economía Aplicada