¿Quién es el mejor tenista de todos los tiempos?: una pregunta repetida hasta el cansancio, con apellidos que se repiten constantemente: Federer, Sampras, Laver, Agassi, Borg o McEnroe se suceden en los listados. Pero hay un apellido que falta: Williams.

Serena Williams nunca vio las diferencias de género en la cancha, y tampoco deberíamos hacerlo nosotros. Ella lo que quería era ser la mejor. Si por cosas del destino le tocó hacerlo en la WTA, pues bien. Pero si le hubiese tocado competir contra hombres, marcianos o lo que fuese, ella habría ido a la pelea (y habría salido victoriosa, qué duda cabe).

Cuando Serena debutó, el mundo del tenis ya nunca fue el mismo. Los medios caían rendidos ante ella, igual que sus rivales, que una tras otra iban cayendo. Junto a su hermana Venus (otro portento) acumularon catorce Grand Slams en dobles (más tres oros olímpicos) sin transpirar. Pero fue en los singles en que Serena dejó por el suelo todos los records. Veintitrés títulos de Grand Slam (sí, 23, más que nadie en la historia). Acusaciones volaban, nadie podía creer lo dominante que era. Le dijeron de todo: que se dopaba, que tomaba hormonas, y por supuesto, que era un hombre encubierto (porque claro, no podía simplemente ser mujer y destacar por sus resultados). Mil veces intentaron bajarla, pero la foto final siempre fue la misma: Serena, sonriente, con el trofeo.

Pero una a una, Serena iba cerrando las bocas que la criticaban. Y la verdad es que hubo muchas bocas que callar. Serena cuestionaba todos los estereotipos del tenis femenino.

Cuando muchos aún veían la arcilla como una pasarela en la que chicas en falda corta jugaban como aperitivo para el plato fuerte: los partidos de hombres (la “verdadera” competencia); ese que se deshacía en elogios hacia las jugadoras por su (tradicional) belleza, y no por sus logros en cancha.

Pero ahí llegaba Serena, con fuego en sus ojos y dinamita en su saque, su piel morena resaltando en el “deporte blanco”, con un físico que destruía los cánones de la belleza tradicional. Su fama no vendría ni de las revistas ni los bikinis (esos llegarían después): su leyenda se construiría en cancha, raqueta en mano, con su drive que era el terror de las mujeres y la envidia de los hombres.

Hoy, a 22 años de su debut y con 95 títulos en el cuerpo, recibimos la noticia de que Serena ganó su último torneo, el Abierto de Australia de este año, estando embarazada. Sí, embarazada a sus 35 años, compitiendo al más alto nivel, y como era de esperarse, ganando. Porque si había alguien que podía derribar los mitos sobre la fuerza de las mujeres tenía que ser ella: Serena.

Serena, mujer.
Serena, morena.
Serena, fuerte.
Serena, la mejor del mundo.

“Todo es Cancha: Deporte deconstruido” es una serie de pequeños escritos que buscan hablar sobre feminismo y deconstrucción de masculinidades desde la óptica del Deporte. El “último bastión de la masculinidad” como campo de disputa, historia y futuro.


Estudiante de Derecho