“¿Profesor o poeta?”. Esa fue la pregunta que me hizo la mujer que atendía la boletería de los baños en la Feria Rahue en Osorno.  Me miró por un instante y agregó: “En este trabajo he aprendido a conocer a la gente”. Me dejó pensando.

El viaje hasta Bahía Mansa fue rápido. Un paisaje de niebla, casas de campo a ambos lados del camino, robles jóvenes, vacas a la distancia, unos pocos chanchos, algunos perros y, por sobre todo, el verde del sur.

En la escuela me esperaba el profesor César. Trabajamos en lo que teníamos que hacer. Luego el almuerzo en la casa del profesor Ariel y Teresa. La casa de ellos está construida sobre una quebrada, grandes ventanales dan hacia la inmensidad del océano. Ariel fue quien construyó la casa. Pararse en la terraza es como estar en un barco. Me cuentan del último temporal: el viento, ráfagas de noventa kilómetros por hora, los truenos y los relámpagos que iluminaban la casa. Ariel y Teresa perdieron su anterior casa que estaba situada en Osorno. Se la llevó el río en una de sus tantas crecidas de invierno. Ariel y Teresa son una pareja que bordea los sesenta y cinco años. Me hablan de sus hijos y de sus nietos y cómo la vida ha ido cambiando para ellos.

Ariel estuvo detenido para el Golpe de Estado del ’73. Lo tomó prisionero una patrulla militar. Él apenas tenía diecinueve años. Estuvo detenido en el Estadio de Osorno varios días. De esa época adoptó el cigarrillo. Lo acompaño a fumar en su terraza. Desde ahí vemos la costa. En la cocina sobre un mueble está la foto de un joven vestido con tenida militar. Ariel me explica que se trata de un alumno que durante gran parte de sus años de escuela fue muy complicado, pero que después dio un giro en su vida y decidió ingresar al Servicio Militar y, en un gesto de agradecimiento, le había regalado esa foto. Nos quedamos callados pensando en la foto. Una ironía de la vida. Ariel fuma, quizás piensa en los milicos jóvenes que lo detuvieron el ’73.

Por la tarde vuelvo a la escuela. Me reúno con el profesor Flores quien está a cargo del curso. Trabajamos en lo nuestro, luego la conversación toma un giro insospechado y comenzamos a hablar acerca de los rumores que sitúan submarinos nazis en Bahía Mansa en postrimerías de Tercer Reich,  trayendo a jerarcas que escapan de la catástrofe. El profesor Flores sabe que los colonos alemanes mantenían con su país de origen un contacto nutrido desde la época de la primera guerra mundial.

Los barcos alemanes se acercaban a las costas de Chiloé y ahí embarcaban cargas de alimentos que iban con destino a Alemania. Me habla de un tal Juan Smith quien al parecer fue un importante nazi que llegó a la zona después de la segunda guerra mundial. Dice haber visto un libro con una dedicatoria del tal Juan Smith que, por supuesto, era un nombre falso. Le recuerdo que se rumoreaba que en la zona de Osorno había sido visto Martin Bormann, secretario de Hitler. Nunca se pudo probar. La historia de los submarinos tiene otro capítulo. Según Flores, después del Golpe de Estado del ’73, en los interrogatorios que se hicieron a algunos prisioneros se les preguntó por los submarinos soviéticos que llegarían a Bahía Mansa. El Ejército al parecer dispuso de un sistema de vigías en la zona que se ocultó entre los montes. Años después algunas familias encontraron entre los árboles comida enlatada perteneciente al Ejército de Chile.   

Recorremos Maicolpué y llegamos a los Altos de Pichi Millay. Caminamos por el monte. Hay un mirador desde donde se domina la costa. Se alcanza a distinguir al tata Huentellao y las olas. Me imagino una breve temporada entre ese paisaje, escribiendo historias de buques fantasmas, submarinos nazis perdidos y niños mapuches recogiendo latas de comida envasada de un ejército paranoico.

Por la tarde nuevamente en la casa de Ariel. Hay empanadas de locos. Al principio trato de comer de forma mesurada, pero luego abandono toda esperanza de mantener el recato y pierdo la cuenta de las empanadas que devoro. La conversación varía entre el paro en que estuvieron durante un mes los profesores de la escuela, los descuentos que les hicieron, las platas que les adeudan, demandas, recursos judiciales y un largo etcétera.

Llega la hora final. César me llevará hasta Osorno. César conoce el camino. Quedan en mi cabeza los retazos de las conversaciones sostenidas durante el día y las imágenes del paisaje. Voy saltando desde los submarinos nazis a los bosques de Pichi Mallay. Avanzamos por entre las curvas del camino. Le pregunto a César si el camino es peligroso, me dice que a veces se cruzan algunos ebrios y también animales, y que hay que tener cuidado, sobre todo el fin de semana. “¿Animal o ebrio?”, podría ser la pregunta, así como “¿Poeta o profesor?”. La pregunta de la mañana vuelve a mi cabeza. Supuse que era el augurio de algo que sucedería durante la jornada.

Tiendo a buscar señales en los pequeños gestos del día que nos sacan de la rutina, aunque las cosas pueden suceder en cualquier momento sin mayor aviso, me aferro a estos signos que me hacen creer en los augurios. Seguimos avanzando en silencio. Por la ventana no se distingue nada, solo la oscuridad de la noche. La pregunta sigue dando vueltas en mi cabeza. 

Metros más allá nos cruzamos con las luces de un bus y luego distingo, casi encima nuestro, la cabeza de un vacuno, sus grandes ojos. El golpe suena seco y el auto pierde su estabilidad.  Nos detenemos unos metros más allá. El auto tiene el costado delantero izquierdo destruido. Camino hacia donde está el animal. Es un novillo de unos ocho meses, está agonizando. Muere después de unos segundos. Una mancha de sangre de un rojo brillante corre desde su cabeza. César recoge cerca del auto uno de los cachos del animal. Lo tomo y lo guardo en una bolsa. Caen unas gotas de lluvia. A un lado del camino yace el animal muerto. Al otro lado, el auto ilumina la noche con sus luces intermitentes.