En un fabuloso libro sobre Jheronimus Bosch, escrito y firmado por Henk Boom, se rememora la mañana invernal de un febrero de 1940 en la que un hombre con muchos nombres (se llamaba Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco y Bahamonde Salgado Pardo, aunque todos le decían Franco, el General Franco) visitó acompañado de su señora, Carmen Polo y Martínez-Valdés, el Museo del Prado.

Cuando el General y su señora vieron los desnudos que ocupaban la tabla central de El Jardín de las Delicias, cerraron los ojos y pidieron que los pasaran de inmediato a la sala contigua. Francisco Paulino pensó: habría que haber acabado antes con toda esta porquería indecente. Y en realidad había estado a punto de lograrlo, puesto que cuatro años atrás, un 16 de noviembre de 1936, los flamantes bombarderos alemanes que había contratado para exterminar un legítimo gobierno republicano estuvieron cerca de acabar para siempre con el museo y con una buena parte de la obra de El Bosco de paso.

/ “Guernica” de Picasso

Todo esto a título de lo importante que es ser católico, indispensable instrucción que la argentina de Macri intenta por estos días reponer después de 90 años en el corazón de la educación pública. Cinco o seis meses después de que tuviera lugar ese bombardeo espantoso, un chileno de nacimiento entró al taller de Picasso: le informaba que debía apurarse con su trabajo porque faltaban apenas unos días para que el Pabellón de España se abriera en la Exposición Internacional de París de 1937. El chileno de nacimiento era Roberto Matta, quien contemplaba con profunda desconfianza un enorme cartel repleto de papeles de diarios pegados. “Ay, ay, ay, en qué se irá convertir esto, con todos esos papeles pegados”, pensaba el chileno, quien aun no sabía que lo que estaba viendo era nada menos que El Guernica. En una de las habitaciones de mi casa de infancia había una reproducción de esta obra que mi padre, huido de la España en guerra como Roser Bru o como José Balmes por ser simplemente hijo de milicianos republicanos, había ubicado allí seguramente para no olvidar. ¿Qué es lo que no quería olvidar? Lo que no quería olvidar era ese trágico 26 de abril en el que en la pequeña villa de Guernica sonó la campana mayor advirtiendo sobre un inminente ataque aéreo y en el que los niños, los artesanos, los feriantes, las señoras y los abuelos corrían en todas las direcciones buscando desesperadamente un refugio.

A las cinco de la tarde, una cincuentena de bombarderos arrasaron con toda la población y el poeta Rodolfo Alonso recuerda hoy en una nota del diario Página/12 lo que los testigos vieron tras la cruzada: familias enteras enterradas bajo los escombros, niños ardiendo en llamas, animales enloquecidos temblando de dolor bajo el fósforo blanco, infinitas piras de fuego, humo y temblor. Luis Iriondo tiene 94 años, está entre los pocos que sobrevivió al bombardeo, tenía 12 o 13 por aquel entonces y aquel día, según cuenta hoy en el testimonio de Página, estrenaba sus primeros pantalones largos, que su madre le había encargado no manchar por ningún motivo. Enfundado en esos mismos pantaloncitos se sentó al otro lado de la ladera con un amigo a ver cómo todo se quemaba. Su amigo levantó en un momento un dedo para señalar algo y le dijo: “mira, en esa casa que se acaba de derrumbar, estaban mi tía, que es sorda, y mi abuela, que es paralítica”. Todo esto sucedió un 26 de abril, un 26 de abril como hoy 80 años atrás. Picasso no era el mejor tipo del mundo, pero cuando en la Francia ocupada, un oficial Nazi, obnubilado con la belleza del Guernica, le preguntó al pintor español si esto lo había hecho él, se limitó a responder: “no, esto no lo hice yo, esto lo hicieron ustedes”.


Escritor y profesor Universidad de Chile