Desde que tengo conciencia, desde que descubrí -una vez tirado en mi cama, en cuarto medio- lo maravilloso de ser seres humanos, lo increíble de estar vivos, lo mágico de poder mover un brazo si queremos, de mirar a un perro moverse, una pintura brillando, constaté que no quiero nada más que eso, reír y agradecer por poder estar, comer y gozar, escuchando una canción. Nada más que esa simpleza era mi felicidad. Pero con los años, la endeble fragilidad de mi plenitud se topó con una realidad que funcionaba como una máquina, una máquina pesada, hosca, plagada de nuevos rostros y paisajes que me arrancaron de raíz de la tranquilidad de mi cama imaginando colores, escribiendo poemas a la belleza de las nubes y las guaguas. En mi encuentro con el mundo, en el despojo desde el patio de mi colegio, desde el último lugar de la sala de clases compartiendo los dos panes con paté enviados por mi mamá, mi fragilidad no pudo más, y los colores se nublaron en mi pecho convertido en masacre. Ya no podía celebrar la vida, y el dolor de no vibrar con el chiste de un amigo casi me llevó a la muerte. La única salida era descubrir nuevas virtudes y texturas en el cuerpo. Ya no se podía luchar frente a un mundo tan injusto, acechante y prejuicioso, con el sólo deslumbramiento de un atardecer. La ingenuidad no bastaba, era una trampa, como el silencio, como el ensimismamiento en pensamientos tormentosos y contradictorios. Había que vestirse de nuevos trajes, y empezar a gritar.

Pero no se puede gritar solo. Nadie puede gritar solo y hacer verdadero ruido. Había que ablandar las sonrisas temerosas, había que alzar el rostro tímido y arrojarse. Y volvimos a echar la talla gracias a otros rostros que se ofrecieron sin negociaciones, sin nada más a cambio que el refugio mutuo. Y aparecieron toas, toas toas, las calilas, las mojojojos, el Chiri, la Manu, el Doctor, Bertossi, Camilo Espinoza, la Paloma, Marito Arredondo, Chileno Medio, Franco Pardo, Vicente Lastra, Diego Figueroa, entre pastos hoy agonizantes en Juan Gómez Millas, y entre cervezas Doradas compradas en el aún sobreviviente Puerto Cristo de la Santa Julia. Y en el barrio, en San Bernardo, en la Puerto Williams, apareció el Wladi, el Basti, el Flaquito, el Mono, la Scarlet, la Javiera, la Katy. Toas toas, y jugamos ping pong y conocimos el jote, y robamos mostaza en el supermercado para los choripanes. Y empezamos juntos a fluir ante la posibilidad de ser felices, bailando reggaetón, cantando Agrupación Marilyn. Y en todo eso, mi pechito destruido se armaba de una nueva textura, una dura, una que ninguna parte de mi cuerpo conocía. Era un caparazón, uno creado sólo a partir del encuentro con amigos y amigas, uno sólo posible en esa nueva idea de amor, uno que sólo fue posible porque antes no morí, no morí porque ahí estaban, en los momentos más oscuros, los amigos del colegio, el Javier Reyes, el amigo que me enseñó a ser amigo, el Vaguito, el Chure, el Nico Aburto, esos que nunca se fueron, esos con los que me sigo curando cada dos meses, esos que ayer me vieron demacrado de flaco -de hecho aunque usted no lo crea me decían flaco- y hoy me ven compartiendo con ellos una guata prominente, guata que rompe botones y que se espera reducir drásticamente durante la temporada 2017, gracias al entrenamiento de mi hermano Héctor, quien me dio brillantes ideas para plasmar en este libro.

Y pasaron los años, y ese caparazón volvió a florecer. Las ansias de vivir con el único objetivo de percibir la belleza y entregarme a ella fueron más grandes, y el caparazón empezó a tener vida propia. Me agarré firme junto a él, y empecé a gritar cada vez más fuerte y sin miedo. Pero mis gritos ya no eran producto de mi dolor. Mis gritos ahora quisieron juntarse con los gritos de otros, con los caparazones de otros, para decir a la injusticia, al abuso, a la discriminación, al clasismo, al fascismo, a la homobofia, que en conjunto, con amor, los gritos salidos del dolor compartido se hacen más fuertes, potentes y hasta se ven bonitos si se saben decir. En este libro, he querido exponer esos gritos, los gritos conjuntos que permiten conocer la historia de Juan Pablo, un estudiante de Criminalística en la Utem que hoy dedica su vida a terminar con el suplicio de los endeudados por el CAE. Los gritos conjuntos expresados en la voz de Luisa Toledo, la madre de los hermanos Vergara Toledo que con su vozarrón hace estremecer ante la verdad de la opresión que dejó a 81 muertos en la cárcel de San Miguel, la misma opresión que le quitó a los suyos. Los gritos de los ancianos que se mueren esperando una cama de hospital con pensiones de ciento veinte lucas. Los gritos de la pobreza oculta en vidas masacradas por horas extras y deudas que no se pueden pagar. Los gritos del alma de Chile resistiendo una nueva tragedia, resistiendo en mujeres metiéndose con sus niñas a pozos de agua para no ser atrapadas por las llamas en el Maule, resistiendo en abuelos que perdieron sus casas con el terremoto de 2010, que volvieron a parar  su casa en el mismo terreno, y que en el mismo lugar van a tener que volver a levantarla tras el siniestro forestal del último verano. Los gritos resistiendo de los osos que existen, de las osas torturadas por la dictadura que a 44 años del golpe siguen marchando con sus desaparecidos en el pecho, pidiendo el fin de Punta Peuco, atreviéndose cuatro décadas más tarde a acusar al ex coronel Labbé.

Quiero que este libro se reciba así, como un grito, un grito que nace desde un alma revivida, un grito que deja de ser individual para convertirse en uno colectivo, un grito que en la indignación, en el deslumbramiento ante el abuso y la indignidad de un modelo antihumano, reclame con amor la posibilidad de la belleza, del goce con nosotros mismos, con las jugarretas de los niños y el cantar de un pájaro. Porque pese a todo y ante todo, lo único que he aprendido en estos años -aprendizaje expuesto en el libro- es que no hay ninguna razón más potente para gritar, para hacer lo que hacemos quienes nos situamos en una posición de lucha, que la de celebrar la vida, la de compartir un vino o una cerveza con un amigo para discutir, enfrentar opiniones, abrazarse y sonreír. Hoy amigos y amigas, compañeros y compañeras de tantas historias en este Chile que tanto duele, por favor celebremos la vida, para no olvidar que nuestra paz y comunión es el más claro objetivo de cambiar la realidad antidemocrática que nos hostiga.

Muchas gracias a mi madre, Esterlina, causa y motivo primero de celebración, a Génesis, la mujer más hermosa, a Jorge Núñez y Claudia Apablaza, maravillosos, atrevidos y estéticos editores, a María Cristo, por convertir una pueril idea de diseño en una obra de arte, y a mis compañeros de trabajo en Radio Nuevo Mundo, Jose Parra, Mónica Fernández, Don Rubén, Carlos y Julio Ugas, Camila Araya, por todo el apoyo y respaldo emocional, profesional e intelectual para dar con este producto.

Muchas gracias a Jorge Baradit por tus palabras y tu lectura precisa y generosa, gracias a Camila Vallejo, ejemplo histórico de lucha social y militante, muchas gracias a Alex Anwandter, cuyas letras y melodías acompañaron e inspiraron tantos de estos textos.

Compañeros, compañeras, a celebrar la vida, para eso hacemos y para eso estamos.

Discurso Lanzamiento “Tanto duele Chile”
Martes 25/4/17
Richard Sandoval
160 páginas
Editorial Los Libros de la Mujer Rota
2017


Director Noesnalaferia