Durante el 2015, Paulamilla me propuso que construyeramos una acción crítica en torno a la fetichización que existe respecto de la cultura mapuche por parte de las políticas oficiales de Estado. Su idea original era exhibirse a sí misma, mostrarse interpelando a los espectadores con sus rasgos y con la estereotipada visión que existe en torno a lo que sería un mapuche. Al poco tiempo de este diálogo inicial nos encontramos –casi al mismo tiempo, pero por separado– con la acción realizada en 1992 por Guillermo Gómez-Peña y Coco Fusco, en la que se encierran en una jaula para exhibirse como indígenas de una tribu ficticia que habría sido recientemente descubierta. Este cuestionamiento radical a los modos de exhibición descarnada con fines etnográficos que caracterizaron una época fue un referente claro, ya que es posible adaptarlo y repensarlo en nuestro contexto. Si bien la exhibición de humanos fue un fenómeno propiamente norteamericano y europeo, el tratamiento que se hace actualmente de los pueblos originarios y en particular del mapuche no ejerce menos violencia. Pese a la transformación en las lógicas exhibitivas –ya no se les encierra en zoológicos humanos– sí podemos hablar de una relegación a los reducidos territorios impuestos luego de la mal llamada “Pacificación de la Araucanía”, donde deben atender a quienes quieran mirarlos, mostrándoles sus costumbres y lo cómodos que se sienten con un Estado que mientras impulsa el turismo, los reprime y amenaza constantemente.

Un año después, en 2016, me encontré con la convocatoria de Galería Callejera para exponer en su espacio móvil. Apenas la vi, pensé en que sería el espacio indicado para esta idea que, como muchos proyectos, podría haber quedado solo en las discusiones iniciales y en el deseo. Teniendo ya un posible espacio, era hora de pensar en un modo de concretarlo. Fue así como dimos con la página web . Lo que para nosotras era una intuición y una molestia apareció acá en su máximo esplendor. Sabíamos que el gobierno de Chile tiene entre sus políticas de limpieza de imagen el trabajar en la integración de las “culturas originarias”, pero nunca imaginamos que la caricaturización e instrumentalización era tal que para construir una propuesta crítica solo bastaba con tomar los elementos que la propia web ofrecía.

 7 de abril de 2017: La acción

“Etnoturismo”, consistió en articular una escenificación de lo que la página web de Chile Travel expone a sus visitantes. Tomamos las imágenes, los textos y la tipografía utilizada y construimos un flyer que se repartió entre el público callejero que se detuvo a ver la acción. El flyer contenía exactamente lo que aparece en la web, solo con una modificación en el orden del texto para que tuviera más sentido con lo que se estaba exhibiendo. A esto sumamos un Q.R que dirigiría a nuestra página de facebook “Etnoturismo: tejiendo culturas”, donde se encuentra un texto crítico que enmarca la acción. Paulamilla estaba vestida con un traje negro, un tejido rojo al cinto y unos aros propios de la platería mapuche. Luego se instaló a tejer -solo con sus manos- dentro de la galería durante cuatro horas. En la vitrina instalamos el logo de Sernatur y la siguiente descripción a modo de ficha:

Etnia: Mapuche

Lengua: Mapudungun

Nombre: Pailamilla (Espalda de oro)

Género: femenino

Edad: 29 años

Estatura: 1,65 metros

Peso: 57 kilos

El traje fue una suerte de abstracción de la vestimenta mapuche femenina, es decir, fue una alusión no directa, mientras que la acción de tejer buscó generar confusión en quienes presenciaran la acción. La técnica específica del tejido realizado solo con las manos, tal como el tejido con palillos que tiene una de las mujeres mapuche fotografiadas por la página de Chile Travel, no son propias de la cultura mapuche, no obstante no hubo ningún cuestionamiento por parte de los espectadores a lo que se mostraba. Esto puede ser atribuido a que existe una tendencia a esencializar lo que se entiende como indígena. Tejer es una de las técnicas que varias de las culturas latinoamericanas manejaban, tejer es también una práctica asignada a lo femenino, por lo tanto resultaba coherente como propuesta.

 

La GaleríaCallejera se ubicó en el Parque Bustamante, por la calle Rancagua casi llegando a la esquina de Ramón Carnicer. La acción se inició y mi rol era entregar los flyer. Paula, quien lleva años dedicada a la performance se encontraba aislada. Su cuerpo interpelaba a los otros, lo mínimo que conseguía eran miradas de reojo, ya que la caja transparente que lo contenía también lo enfriaba, lo distanciaba. Por esta misma distancia era difícil para ella reconocer reacciones, y por lo tanto esa parte quedaba a mi cargo. Apenas ella se instaló dentro de Galería Callejera se acercaron dos sujetos jóvenes, uno de ellos observó la acción durante mucho tiempo, pegó su cabeza a la vitrina, se alejó, miró desde diferentes ángulos, contempló y se rió. Después de casi una hora se fue. El otro se me acercó después de leer el flyer y me dijo que le parecía asqueroso que existiera este tipo de prácticas, que no era la forma y que le dolía ver lo que estábamos haciendo. No supe bien cómo reaccionar y si bien no era la idea inicial, le comenté lo que he develado en este texto. Me miraba conmocionado, no diría que aliviado. Una vez que hablamos se fue. Así pasaron muchos cuerpos, algunos ni siquiera bajaban el ritmo, otros sacaban sus teléfonos para hacer videos o tomar fotografías, no dejamos de preguntarnos a dónde habrán ido a parar y con qué comentarios. La tarde pasaba rápido desde fuera, aunque para Paula la percepción era distinta. La primera hora fue difícil porque su espalda (de oro) le dolía. Estaba sentada en un pequeño e incómodo piso y eso, sumado al tejido que no dejaba de acumularse en el piso de la galería, la llevó a creer que no podría seguir. Después de un rato el dolor se hizo costumbre y continúo con su labor más tranquila, aunque igual de expectante.

Lorna Remmele

El público callejero fue variado. Hubo muchos escolares mirando, eran los que con más curiosidad se acercaban. Entre las cosas que escuché de ellos, me interesa destacar los “pobrecita” con diversos énfasis y tonalidades y los “qué bacán”, así también hubo quien preguntó cuánto le pagarían a Paula por estar ahí. Entre los escolares diversos, hubo un grupo de tres amigos que se acercó mucho a la vitrina, uno de ellos posaba para que su amigo le tomará una foto, mientras el tercero les decía: “¿Cómo se les ocurre? si esto no es un circo.” Así también hubo una escolar que al leer el flyer comentó a su acompañante decepcionada: “Pucha, yo creía que sería algo crítico de esto”. Otros simplemente se reían.

De repente y desde el interior del parque apareció una señora ataviada de bolsas, que caminaba muy rápido, ni siquiera intenté entregarle un flyer, se notaba que iba apurada, sin embargo ella me habló: “¿esto tiene que ver con el teatro?”, dijo. “Algo así” atiné a responder y entonces ella replicó con un tono pícaro: “¡ah! yo sabía porque es como la casa de vidrio, esa que estaba en el centro”. En contraste con el apuro de la mujer, hubo un hombre mayor que se me acercó y me preguntó si acaso yo conocía la historia del pueblo mapuche, respondí que no curiosa de escucharlo, entonces me dijo: “disculpe la expresión, pero ese chuchesumadre del presidente Montt firmó un decreto para quitarle a los mapuche sus tierras. Fue un proceso sumamente violento, los mataba, los mutilaba, fue una masacre horrible. Entonces este es un problema que se ha arrastrado hasta hoy y actualmente el estado de Chile tiene una deuda con el pueblo Mapuche, no es una deuda del gobierno de turno, es una deuda histórica que tiene que ser saldada”. Luego me mostró su carnet para que viera su apellido, hacía mucho énfasis en que era de origen vasco francés. Me contó la historia de su familia y como esta se vio beneficiada con la ocupación de los territorios mapuche, rápidamente me aclaró que él no quiso vincularse con nada de eso, así que por lo mismo estudió pedagogía en música y se radicó en Santiago. Pasado un rato de conversación me tomó la mano y me dijo que era muy importante que el pueblo mapuche siguiera resistiendo, que no estábamos solos. Yo le pregunté si él creía que los gobiernos intentaban limpiar su imagen a través de impulsar el turismo y él me dijo que creía que sí, pero que la concertación no había saldado la deuda con los pueblos mapuche porque la derecha nunca se lo ha permitido y porque esta es una sociedad muy machista que no ha dejado gobernar a Bachelet. Finalmente me dijo que no hay que permitir que Piñera salga nuevamente, que él va a votar por quien sea con tal de que eso no pase. Se despidió de mí de un beso en la mejilla y se fue.

Al rato pasó una pareja conformada por un hombre y una mujer, llevaban un carro de supermercado lleno de mercadería, se detuvieron a mirar, así que les entregué un flyer, lo leyeron y se rieron. Mientras se alejaban, el hombre nos gritó en tono irónico: “muy bonito lo que hacen, pero sería bueno que los dejaran de matar, mejor sería que pusieran adentro a un mapuche todo lastimado con un paco encima, eso sería más representativo”. Al final se notaba molesto. Las reacciones fueron dispares y algunas, como la recién descrita, no dieron espacio al diálogo. El tejido de Paula no dejaba de acumularse y de cierto modo medía el tiempo transcurrido. Fueron cuatro horas y por lo mismo he seleccionado estos momentos para relatar. Hubo otro que llamó nuestra atención: del interior del parque Bustamante venían dos carabineros en moto, se detuvieron en diagonal a la Galería, a una distancia relativamente cercana, uno de ellos miró atentamente a la vitrina, nos preocupamos porque pensamos que cuestionarían lo que estábamos haciendo. Luego de un rato pasaron frente a la galería y uno de ellos con una sonrisa le hizo un gesto de chao a Paula.

Una pareja de jóvenes se acercó a la vitrina, mantenían una distancia contemplativa y un diálogo, pero sólo logré escuchar lo siguiente: “toda esa descripción que está ahí es porque ella es como un cuadro, entonces en lugar de decir óleo sobre tela, dice sus características físicas, piensa que estamos viendo arte.” Supongo que su acompañante dijo que no le gustaba, porque lo escuché responder: “Está bien que no te guste, lo que importa es que no te deja indiferente, te genera algo”.

Entre las muchas personas que pasaban y se transformaron en espectadores llegó una madre con dos niños pequeños y les dijo: “miren hijos, una mapuche”. Otro niño no dudó en patear el camión para conseguir la atención de Paula, que se encontraba absorta en su mecánica acción. Así como las familias entusiastas, hubo también señoras que me felicitaban porque consideraban precioso lo que estábamos haciendo. Podría continuar narrando otras situaciones puntuales, no obstante propongo una construcción de lo que sucedió a lo largo de cuatro horas de un frío viernes de abril.

Expongo acá parte de las reacciones que se generaron frente a la acción propuesta. Para algunos lo que se proponía era claro, una actividad que mostraba parte de la cultura mapuche; para otros era arte y por tanto no había que esperar nada de ello; para algunos era molesto por el cinismo. A pesar de lo nítido del discurso propuesto en la intervención y del disfraz cuidadosamente armado, el hecho de que apareciera la palabra galería, el dispositivo de exhibición o lo burdo de la propuesta generaban sospecha, porque a pesar de que nosotras también tuviéramos una intención clara y definida esto no fue suficiente cuando nos enfrentamos a una masa de subjetividades moldeadas en la educación chilena y en las experiencias personales. Deseábamos generar una crítica y una irrupción a partir de las herramientas que manejamos, tejer desde el arte una capa crítica.


Investigadora en Artes visuales y feminista