En el marco de la conmemoración del Día Internacional del Prisionero, cerca de mil cien presos políticos palestinos en cárceles israelíes, liderados por Marwan Barghouti, han decidido sumarse a una huelga de hambre indefinida. Entre sus demandas se encuentran derechos básicos como recibir tratamiento médico adecuado, el fin a las detenciones “preventivas” que realiza el ejército a diario en los barrios de la Palestina Ocupada, la encarcelación por años sin juicio alguno, el fin del confinamiento solitario y de las torturas a las que son sometidos los presos, entre otras que tienen relación con la propia vida dentro de la cárcel. El propio Barghouti, parlamentario palestino detenido desde 2002 y condenado a cinco cadenas perpetuas por Israel, plantea que “los prisioneros y detenidos palestinos han sufrido tortura, trato degradante e inhumano y negligencia médica. Algunos han sido asesinados durante la detención” .

La relación de los palestinos con la cárcel ha devenido casi un hecho natural. De acuerdo a la organización palestina Addameer, en 2016 Israel arrestó a 6440 palestinos, entre ellos nada menos que 1332 niños. Como dice Charlotte Silver, los niños palestinos en carcelados “están confinados en celdas en las que apenas cabe un colchón, mientras son sometidos a largos interrogatorios, durante los cuales las autoridades israelíes intentan extraer confesiones o más información sobre otras personas”. A abril de 2017 el número de parlamentarios palestinos encarcelados llega a 13 . A través de sucesivos ordenamientos militares Israel ha justificado la detención de miles de personas, aludiendo siempre a motivos de seguridad. A través del mecanismo securitario, Israel no sólo ha encarcelado en sus propios recintos a los palestinos, sino que ha convertido los propios Territorios Ocupados en cárceles a escala masiva. El paso de los territorios ocupados a un recinto penitenciario israelí no es tanto un encarcelamiento como un cambio de las condiciones de éste. Se pasa de vivir entre muros, carreteras segregadas, rodeado por asentamientos, drones de vigilancia, redadas del ejército, abusos físicos y psicológicos desde la infancia, a un espacio creado para bloquear la resistencia que surge en todo espacio de opresión. Ni que hablar de la Franja de Gaza, bloqueada por más de una década, sin alimentos suficientes, con aguas de consumo envenenadas, sin energía eléctrica y donde cada cierto tiempo Israel bombardea asesinando a miles de civiles.

Por eso, lo que en los territorios ocupados corresponde a la Intifada, en las cárceles aparece como huelga de hambre. Aumentar las condiciones de reclusión a los palestinos, en este sentido, no impide que la resistencia busque sus propios caminos. Es por eso que Barghouti indica que “las prisiones de Israel se han convertido en la cuna de un movimiento duradero para la autodeterminación de los palestinos. Esta nueva huelga de hambre demostrará, una vez más, que el movimiento de los presos es la brújula que guía nuestra lucha, la lucha por la Libertad y la Dignidad, el nombre que hemos elegido para este nuevo paso en nuestro largo camino hacia la libertad” [1].

La cárcel representa, para los palestinos, una suerte de habitat que configura su imaginario identitario y político. Ello, claro está, no por elección propia, sino porque se ha aprendido a vivir en condiciones impuestas por el Estado colonial. Habitar la cárcel, significa, luego, encontrar en ella los espacios y tiempos de uso para la resistencia, volviendo inoperosa la propia maquinaria de separación israelí. Un cuerpo en huelga es la manera brutal y llamativa por medio de la cual de decide poner en ejercicio la potencia de no hacer, de no colaborar, perdiendo la vida si es necesario. Es el habitar la cárcel para sacar a la luz la verdadera cárcel, que no es el espacio de tormento de ese cuerpo, sino el binarismo asentado en la tradición colonial. El preso en huelga de hambre interpela no sólo a su opresor directo, sino al sistema de opresión en su conjunto, a la lógica del encarcelamiento y la reclusión política, a las persecuciones que se llevan a cabo en todo el mundo contra quienes son identificados como un peligro para el sistema imperante.

El cuerpo en huelga es el paradigma a través del cuál podemos leer todas las opresiones y resistencias confluyendo, porque ambos no son sino dos polos de un mismo campo. Allí donde la opresión instituye castigos colectivos, asesinatos selectivos y tortura, la resistencia destituye exponiendo, develando el sistema de la maquinaria opresora para neutralizarla.

Encarcelado está, verdaderamente, quién cree ser parte de un pueblo elegido, que somete a otros a un estado de excepción permanente. Éste no será libre a menos que comprenda el gesto desesperado de sus oprimidos. En la medida en que Israel siga representándose como un enclave de la civilización frente a la barbarie, en que persista en representarse como un pueblo ad portas de ser exterminado a menos que se “defienda” destruyendo la vida de otro pueblo, pocas posibilidades tendrá de escapar de sus propias cárceles mentales. La libertad de movimiento, de asesinar, de secuestrar y de torturar siempre ha confundido a los opresores. La cárcel para ellos, es la manera en que imaginan el mundo, mientras para los palestinos, acostumbrados a vivir en la cárcel que Israel ha impuesto sobre sus vidas, el mundo sólo puede ser las condiciones de posibilidad para pensar la libertad.

Referencias

[1] Barghouti, M., “Why We Are on Hunger Strike in Israel’s Prisons”, art. cit.


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile