Roberto Bolaño solía decir en sus entrevistas que dentro de cien años, nadie se acordará de lo que escribimos, que sobrevivirá en la literatura una mínima parte y que de esa mínima parte, no había que tener muchas esperanzas. Recuerdo que una vez conversando acerca de este melancólico tema con Ramón Díaz Eterovic, en el subterráneo del circulo de periodistas, mencionaba a modo de ejemplo al escritor francés Anatole France.

–¿Quién lee a Anatole France, premio Nobel en el año 1921? Nadie, afirmaba el autor de la saga de Heredia. Yo, que no había leído a Anatole France, no podía hacer otra cosa que hallarle toda la razón.

Dentro de pocos días realizaré un taller de autobiografía en el Litoral y deseaba iniciar el taller sumergiéndome en el tópico del olvido. Entonces pensaba comenzar con Natalia Ginzburg, pero no encontré el libro de Natalia Ginzburg que buscaba. Entonces pensé en el libro La Voz extraña de Fabián Casas, que hace poco había leído, pero había olvidado que lo había prestado. Entonces miré mi librero y tomé Pista Resbaladiza, de Roberto Merino, y llegué al texto No te Olvides de mí. Rápidamente al releerlo llegué a la conclusión que ese texto sería perfecto para el primer día en que comience los talleres de autobiografía.

Leer a Merino incluye, según creo, una disposición a ser modificados, nos devuelve una versión de nosotros mismos tras explorar zonas que hasta antes de leerlo creíamos inexistentes.

Digo esto porque olvidamos y lo que no olvidamos lo recobramos con la lectura, pero las lecturas aparentemente desaparecen y nos modifican al mismo tiempo, y eso sería imposible de explicar. Olvidamos a un autor prolífico como Anatole France, que en vida publicó cerca de cincuenta libros. Olvidamos que el tiempo sólo rescata un breve resumen de lo que hacemos. Todo queda detrás de nosotros, somos un resumen y ese resumen tiene mucho de imaginación recreativa, de hechos que acomodamos en la valija de los recuerdos. Por ejemplo, ahora leo la obra reunida del poeta Alejandro Lavín, poeta Maulino, que murió hace cinco años y del que me vengo enterando. Este poeta del que pocos tuvieron noticias sabe muy bien que escribir tiene relación con el olvido, y eso no debería espantar a nadie. Aunque también sabe perfectamente que, como dice Borges, un libro auténtico nunca es impaciente.

Mientras escribo esto cae la tarde en San José, una tarde que no podré distinguir de otras. Por la ventana se cuela el canto de los pájaros, el sol en esta época del año ha perdido su fuerza desmedida. Observo los libros que tengo encima de mi mesa de trabajo. De la pared cuelga una pequeña foto y del mismo clavo cuelgan dos pares de sandalias de mi hija cuando tenía un año (ahora ya tiene trece). Encima de un Atlas del Mundo está la novela Las Vocales del Verano, de Antonia Torres.

Recuerdos y libros que mantengo abiertos por estos días. Mi pequeña isla que es amenazada por un océano de pérdidas, que de seguro olvidaré pronto y del que sólo obtendré una vaga sensación. Un par de líneas, una imagen que hará de este naufragio cotidiano tenga el sentido de los que recuerdan y saben que al leer, algo cambia dentro de nosotros.

El libro es el que finalmente nos lee, señala George Steiner. Al parecer somos leídos cuando leemos. De eso se trata, pienso.


Poeta y guionista