La mayoría de los libros de música comienzan con los primeros ensayos, la compra del primer instrumento, el encuentro entre dos personas que llegan a la idea de comenzar una banda. Acá el ejercicio que plantea Fernanda Mánquez en “Dorso, 30 años. Un experimento méntor” (Libros del Pez espiral, 2016) es ir todavía más atrás, a la prehistoria misma del grupo. Como si fuera una novela, la historia de Dorso parte con el pequeño Rodrigo mirando las láminas de su álbum de Flora y Fauna. Pequeñas criaturas moluscos, microorganismos y otros bichos raros vistos como tesoros. Conociendo las letras creadas por el mismo Pera, resulta fácil imaginar que ese álbum sea el primer eslabón del imaginario del grupo, en una búsqueda auténtica que mutará muchos años después en las letras de thrash sobre monstruos, zombies y seres mitológicos.

El libro sigue sumando datos de esa búsqueda. La infancia está marcada por un lado los programas en la televisión. En la biblioteca los cuentos de terror. Los nuevos grupos que llegan en casetes a la casa o los trae Pirincho en el Midnight Special. Por otro la realidad del país bajo un martes 11 y las consecuencias del nuevo estado de sitio. El Golpe es un apocalipsis. En la cabeza de los chicos el trauma es severo. Ni los adultos entienden mucho esto de los militares en el poder. Fernanda Mánquez logra mantener el contexto social del país por la imaginación de un niño, algo así como “Un mundo para Julius” metalero, una trama novelesca donde se sabe que al final esos niños terminarán juntos en una banda.

El libro y los personajes mutan rápido. El conocer a Gamal. Aperece Kiss, entra Scorpions, Van Halen, después la cagá con Slayer. Música folclórica y otros ritmos suenan también en las casas. Criaturas legendarias llegan a al paraje ancestral: por un lado, el tío Joe Vasconcellos los invita a ser el coro para una canción de Congreso; por otro, la tía Diamela Eltit va de visita. Familias con ciertos privilegios, cercanas al arte y la intelectualidad. Jaime Palma toma como maestros a músicos de Congreso y Fulano. Pera entra al conservatorio. Gamal pareciera tener un talento innato. Apenas en segundo medio ya hacen ensayos. Atenas es el nombre de la protobanda. Gracias a la joroba de una vieja curconcha que les hace clases sale el nombre definitivo del grupo. Pareciera que todo en Dorso sale desde la talla y pelás de cables.

Ya bien entrado el libro aparece la escena thrash. Paseo Las Palmas, Manuel Plaza y varios pilares fundamentales del metal primigenio en Chile. Ahí la historia se entrecruza con otras bandas, incluyendo el extranjero. Chascones que andan en la misma; cambiando casetes, haciendo fanzines, pero sobre todo, con ganas de tocar. Pentagram y Massacre, por ejemplo, bandas que también cuentan con sus propios libros, y que el de Dorso pareciera continuar esta trilogía de grupos con historia documentada. Eso sí, Mánquez no comete el error de decir “la mejor banda de metal en Chile” o “son los primeros”. Eso queda a juicio del lector, al conocimiento del banger de la época.

“Dorso, 30 años. Un experimento méntor” es un libro que va más allá de contar la historia de un grupo musical de larga trayectoria. Cuenta cómo mutó el metal en Chile, quiénes fueron parte de esa guerra de criaturas, tocando arriba del escenario o tirándose pollos desde abajo sin el aspaviento pedante de ningunear a otros por haber estado ahí. Un libro entretenido que puede tener por público más allá del metalero fiel o el músico. Una lectura que tiende a dar una risa por lo pastel de los biografiados o por el adjetivo preciso para describir a esa fauna thrasher. Un testimonio íntimo de este engendro raro que trae monstruos de cochayuyo, dioses y huasos zombies a nuestras pailas criollas, donde la mayoría de los metaleros mira hacia el infierno cristiano cantándole en inglés, como si satán fuera gringo.