Recuerdo una manifestación en Francia, a fines de los setenta. Eran trabajadores y no recuerdo el motivo pero se me grabó una escena en la memoria. Muy cerca de donde yo estaba parado la policía arremetió contra los manifestantes. Un trabajador de mediana edad tropezó al retroceder y cayó al suelo. Un policía se abalanzó de inmediato sobre él blandiendo la luma sobre su cabeza. El hombre, sorprendido por la caída y por la amenaza, levantó el brazo izquierdo para protegerse pero, en una fracción de segundo, recuperó el ánimo, bajó el brazo y le gritó al policía: “Ah no, fascismo no”. El gendarme se quedó pasmado, bajó la cabeza en señal de disculpa y se retiró.

En Francia, la conciencia antifascista se alimenta de dos guerras mundiales y de un par de millones de muertos. Puede que histórica y racionalmente esos enlaces de la memoria no vengan al caso. Pero los franceses le hacen caso. Incluso a la derecha Gaullista –que algo sabe de autoritarismo- le resulta inaceptable ese resto de fascismo que habita en el Frente Nacional. A esto se debe que, a diferencia de Trump, Le Pen no logró superar los 35 puntos porcentuales en la segunda vuelta.

Lo que está por verse es si en el futuro las tendencias al nacionalismo que se han manifestado en el mundo desarrollado permanecerán o si las fuerzas políticas ‘democráticas’ o ‘tradicionales’ van a lograr reconducir el proceso político a sus cauces.

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En el nacionalismo siempre han coexistido populistas y fascistas. Por una parte, una tendencia a la justicia social, en otra una economía mixta y en materia de institucionalidad política un autoritarismo totalitario. La xenofobia, el temor-odio hacia el extraño y sus subproductos racistas están en la base cultural de la derecha nacionalista. El antisemitismo y el temor a los gitanos son las evidencias residuales de un mundo sedentario atrincherado en su territorio.

Los totalitarismos han tenido orígenes racistas, religioso-integristas y clasistas (el pragmatismo liberal ha parasitado en todos esos regímenes; para entender al liberalismo hay que entender su carácter parasitario y que su primera y última renuncia son los Estados que abren camino a los negocios). La base de un Estado Nacional es la que ha permitido y sustentado el despliegue totalitario. No es posible entender la historia de la Unión Soviética sin comprender la afirmación del Estado Nacional, a la vez contra los poderes locales y contra la agresión extranjera. No es posible entender la historia inglesa sin el choque entre conservadores y socialdemócratas que deja la ideología liberal como consumo ingenuo para las colonias.

El humanismo produce un desfase ideológico necesario que separa al liberalismo y al pragmatismo de un discurso mitológico necesario para llenar el vacío de la fe pero incapaz de mantener la coherencia entre discurso y acción. Después de todo, la burguesía rompe con el integrismo de la unidad de valores y actos y al hacerlo naturaliza la mentira en la política y la cultura.

Habría que hacer un distingo entre católicos y reformadores; los reformadores imponen una ética tan rígida que solo puede ser burlada en una verdadera arquitectura del secreto y la mentira. Mientras la ética católica permite indulgencias y separaciones entre moral y vida (que se suturan cada vez en la confesión), los puritanos asumen la integridad de una moral económica cuyas faltas solo pueden ser escondidas. Las empresas alemanas y suizas son ejemplos de estas arquitecturas de relojería hipócrita.

De vuelta a Marine, ella expulsó a su padre del partido por sus dichos racistas. Es una cuestión de énfasis y de discursos públicos. No es un misterio que las fuerzas que instalaron el nuevo nacionalismo europeo vienen del totalitarismo fascista. El populismo sobrepuesto a la violencia totalitaria, tiene que ver con la satisfacción simbólica que buscan los pueblos incluso por encima de los resultados económicos que pueda entregar una cierta política.

La gran empresa al servicio de la nación, en contra de la gran empresa al servicio de sí misma, es lo que separa a fascistas de liberales.

La pregunta es saber si Le Pen y en general la derecha nacionalista está en condiciones de separar la consideración popular –la reivindicación obrera y campesina- de la violencia racista y xenófoba. No lo creo; lo que el fascismo captura de las clases trabajadoras es el impulso a defender a palos su lugar en el mundo. El fascismo se forma en el miedo a la cesantía y en la atribución de culpables de la frágil condición de su existencia. Es cierto que su origen es popular. Pero también es cierto que hay movimientos populares pacifistas y violentistas. Hay elites y burguesías para todos los gustos.

Pero Francia mostró este domingo, que no estamos en las vísperas de un retorno del fascismo; estamos en una crisis de la mentira liberal y ante una exigencia de nuevos parámetros políticos que vendrán de las ampliaciones de la libertad de los ciudadanos ante el Estado.


Director Fundación Chile Ciudadano