“No se debe, no se puede enseñar a ser escritor. Aunque habría que recapacitar y preguntarse qué es lo que define a un escritor. Puede tener que ver con la conciencia que se tenga de lo que está escribiendo. Con la posibilidad de leerse a sí mismo”

Mario Bellatin

Escuela Dinámica de Escritores

El último taller en el que estuve fue 28 años atrás, cuando Antonio Skármeta llegaba desde Alemania y convocaba a los escritores jóvenes de ese tiempo. La idea de taller literario lo había vivido antes, en medio de la algarabía de la protesta juvenil, del underground ochentero, pasándonos fotocopias de Ginsberg, poemas de Cardenal y textos de carretera de Jack Keruoac y William S. Burroughs.

La vida de los talleres se confundía con el ánimo del tiempo, la política, los actos culturales y un horizonte del futuro que en ese tiempo veíamos con esperanza y ansiedad. Lo que pasaría después, en los 90, ya era parte de otra película que no imaginamos. En esos años la escritura se vivía desde el paisaje de la sobrevivencia, no teníamos nada y soñábamos todo. Se organizaba una feria del libro polvorienta e interminable en el Parque Forestal, yo vendía en una vereda de Bellavista unos fanzines o cuadernillos fotocopiados de mis escritos con otros jóvenes narradores de Pudahuel. Si vendíamos un ejemplar salíamos rajados a comprar una cerveza como un gran triunfo, una hazaña, ¿quién se compraba chelas con lo que había escrito? Nosotros nos sentíamos orgullosos, al terminar la noche ya habíamos vendido todo y lo habíamos tomado todo. Eso era la urgencia de ese tiempo, la calle, una ingenuidad cruzada con algo épico en el aire.

En el taller de Skármeta aprendí a no sobrevalorar lo que escribía con cierta resistencia, a intentar bajar el ego juvenil en cierta medida, pues la juventud es insolencia y conviene tener algo para insistir en una actividad que de tan simbólica para la mayoría se desvanece como práctica si no conservas ímpetu, deseo y rabia. Comienzo con este breve gesto para revisitar la escritura como experiencia. Y el taller literario como espacio de vida, de arrojo, de escuela y de compañerismo escritural. Celebro “¿Quién dijo que todo está perdido? Antología narrativa Balmaceda Arte joven” (Ediciones Balmaceda joven, 2017), editado por Rodrigo Hidalgo y con diseño de Paola Ríos, pues señala un tiempo de escritura, un tiempo de arrojo y de vitalidad. A muchos de los antologados los conozco, pues fueron alumnos en algunas de las versiones de talleres que realice. Puedo decir que la experiencia del taller en Balmaceda 1215 siempre ha sido un lujo, una hazaña y también una voluntad desplegada por apoyar procesos que dignifican la creación literaria como quehacer y potencian nuevas formas de ver el mundo.

30 son los nombres, 30 son los títulos, 30 son los paisajes, 30 son los instintos y maquinarias escriturales dispuestas para hacernos vibrar en un vértice, en un detalle, en una furia, en una palabra, en un vacío, en un error.  Sería imposible hablar de los textos de los 30 autores incluidos en este compilado, pues aparte de la maratón de lectura que he vivido con estos textos, he intentado pensar qué podría unirlos, un ánimo del tiempo, una brisa en un nuevo paisaje o un abandono para volver a respirar. Las historias contadas aquí hablan respondiendo el título de la antología. Nada está perdido pues la escritura puede aparecer en la vida como un todo y también como un abismo.  Esta antología registra ese ánimo poderoso de contar ese detalle que hace que una historia común se vuelva una experiencia. Un acontecimiento.

Con una gran variedad de técnicas narrativas o una infinita pluralidad de abordajes, estas historias no solo cuentan algo, ese deseo de desear o de contar, sino que también expresan una cristalización en la vida de los autores. Las antologías son recortes, campos territoriales que construyen muchos sentidos, que no solo piensan en un tema, en un tiempo, en un objeto estético, sino más bien rescatan la artesanía de ese tiempo destinado a escribir. Al leer los cuentos de estos autores reconozco un deseo, una huella, pero también un talento caótico, sistemático en algunos, disparado en otros, inconsciente incluso y con una osadía para regalar al mundo.

Una antología registra un tono, un momento, una historicidad en la propia lengua, en ese sentido, ¿Qué podemos perder? Más bien el camino señala la huella que deja el autor, al pasar el tiempo cada uno sabrá si escribe contra esa huella o no. Hay veces que escribimos contra nuestros propios textos, o incluso nos plagiamos insistentemente, la huella queda aquí, registrada en la antología. Sabemos también que muchos de los autores incluidos en esta antología ya tienen un camino, una trayectoria, varios de ellos ya obtuvieron premios relevantes, becas, viajes, de alguna manera desplegados en sus profesiones y oficios, conjugando escritura y nuevos horizontes. 

Por otra parte, he tenido la suerte de verlos crecer en sus apuestas escriturales, proyectos editoriales e incluso algunos de ellos se transformaron en mis editores(a) para proyectos particulares (Ripio ediciones/Nación Marica). Se nota en este gesto, generaciones distintas, imaginarios diversos, apuestas estéticas que pudiendo ser contradictorias revelan un matiz, un vértigo, una zona de identidad propia. Leí el conjunto de textos y descubrí escrituras con deseo, cuestión difícil en un tiempo que lo quiere consumir todo y no se desea nada.

Los escenarios de estas narraciones son tan disimiles como las formas de abordar las historias, nos encontramos desde paisajes desérticos hasta las pistas virtuales en un juego ciborg que llega al éxtasis, o un hospital abandonado como emblema de un tiempo inconcluso y expresiones de vidas truncadas por la indiferencia, o el asesinato de una mosca con barroco funeral incluido muestras de dolor y delirio, o un sorprendente personaje que roba y colecciona clavos sin piedad.  Vidas atrapadas en una infancia rural que termina con el degollamiento de la oveja negra o la aparición de un antiguo novio en la consulta sin aviso.

Hay en estas historias, como las buenas narraciones, silencios, re-descubrimientos del entorno, fetichismos sorprendentes, animalidad altiplánica que avizora que se convertirá en un charango, o la de un tipo que le atrae tocar las calvas perfectas y huye como un criminal feliz, historias que juegan a desarmar la escritura como aquella voz que narra el plagio de su maestro y las operaciones habituales de la vida de un taller literario. 

Aquí las apuestas son tan variadas como las operaciones de develamiento, o aquellas fórmulas estudiadas por los maestros, recordamos entonces algunas ideas de Quiroga para comenzar una narración con verdadero impacto o el propio nocaut final del cierre, hasta la idea de Piglia donde rescata las historias paralelas que se reúnen magistralmente o esa bella imagen de Hemingway sobre el iceberg y la historia que va por debajo (lo más importante nunca se cuenta) Esta compilación recoge una muestra, como buena antología de ese camino, de ese trayecto de un tiempo, que será una exacta fotografía para los autores cuando el tiempo pase.

No creo que se arrepientan, al contrario, confío en muchos de los escritores que están aquí, y ya hay muchos de ellos que ya dan que hablar con sus narrativas o textos en circulación en el campo literario.  En el horizonte de la celebración de los 25 años de Balmaceda 1215 arte joven, me parece que esta antología cumple con el sueño para cubrir la expectativa, la presencia, la importancia de valorar el trabajo creativo literario de muchos jóvenes que cruzaron estos talleres.

De alguna manera la antología expresa este recorte de época donde vivieron decenas de historias que marcan generaciones tanto de la post-dictadura o transición como los nuevos escenarios políticos-culturales. Uno podría pensar que frente a la algarabía de las nuevas tecnologías, del Whastapp como carretera virtual doméstica o de Facebook como la nueva plaza pública, la lectura o el tiempo de escritura viven una crisis.  Diría que frente a los nefastos anuncios de la tecnología caracterizada como un demonio, prefiero creer en nuevas formas de pensar y habitar, y en ese camino la escritura nunca ha sido un espacio inocente, como cualquier actividad creadora es una avanzada entre la experiencia y el acontecimiento, entre la sensibilidad estética y el tono del tiempo. Por ello, no creo que la propia actividad creadora pueda estar en crisis, más bien lo que ha estado en crisis son las propias disciplinas que requieren ponerse al día.

Los autores presentes aquí demuestran desde diversas estrategias, y por cierto con distintos efectos, que la imaginación creadora es muy difícil de anular, tanto en las dictaduras como en las débiles democracias que vivimos.  En ese contexto, la apuesta de Balmaceda 1215 y del experimento artístico en este espacio me parece notable, pues de alguna manera repara o confía en la actividad artística sabiendo, o intentando re-establecer espacios más honestos y democráticos que den cuenta de la experiencia creadora de los jóvenes, pero desde un trato no paternalista ni autoritario. Hemos aprendido de las experiencias históricas, espero.

Para cada versión de los talleres que di en Balmaceda, mi decálogo comenzaba diciendo que los talleres no producen escritores, pues no se debe enseñar a ser escritor. Mario Bellatin en su escuela dinámica de escritores en México decía “¿Qué es ser escritor? ¿Qué define a un escritor?”. Creo que esa respuesta es amplia, puede tener decenas de salidas, incluso contradictorias. Muchas veces les dije a los alumnos que no se decepcionaran en medio del camino y de la de corrección ripiosa, quizás alguna crítica chacal los destruyó en algún momento, e hizo naufragar ese cuento predilecto e intocable, quizás pudo quitarles las energías iniciales, pero muchos respiraron profundo y entendieron el juego, otros también fueron quedando en el camino por cierto. No faltaron los que preferían a un profe de taller frente a otro que los hacía leer mucho, o alguno que no criticaba nada o que criticaba mucho, o los que rogaron que el taller se extendiera más allá de los tres meses. En fin, decenas de contextos y una cotidianeidad escritural que revela la vida de un taller.

Es curioso pensar que en un mundo donde todo se requiere al instante, donde la cultura de lo inmediato desecha los proyectos a mediano y largo plazo, existan jóvenes dispuestos a escuchar, a escribir, a pensar sobre sí mismos o a canalizar sus inquietudes con rabia, alevosía y talento. Me parece sorprendente que los talleres de escritura de Balmaceda viajaran a través del tiempo y fuesen ese espacio vital y recordado de muchos que comenzaron sus textos aquí, en este enorme edificio al costado del Río Mapocho con aura de monumento post-soviético o de la ex RDA, con algo frío en los inviernos, pero que Rodrigo Hidalgo con generosidad y atención procuraba apañar con un cafecito, con una estufa agonizante y una sonrisa cómplice. Cuestión que no solo cumplía con gallardía sino también desplegando su atención por el proceso, por la escritura juvenil, por las apuestas políticas de sus textos, etc.

En ese sentido, me sorprende que en medio de la delirante globalización que nos sumerge en miles de conexiones diferentes, existan jóvenes que quieran acompañar el tiempo, detenerse o correr más fuerte y seguir escribiendo o curiosear con otros como ellos o sencillamente diferentes. En esa perspectiva, obviamente que el titulo ¿Quién dijo que está todo perdido?, no solo es una buena letra de canción de Fito Páez, sino que revela una actitud. Para los modernos o los artistas dandis del siglo XIX y comienzos del XX, ser moderno era transformarse ellos mismos en su propia obra de arte y con eso transformar al resto. Creo que el gesto antológico y la presencia de los autores reunidos acá, ya transformaron su propia realidad con su escritura y lecturas. Eso tendrá como efecto la propia transformación de sus lectores.

Podemos decir que vamos por buen camino inicial. Felicito este trabajo, felicito estos textos que con sus diferencias y visiones, realizan una apuesta, tiene un deseo, Gill Deleuze decía que no deseamos algo, lo relevante es desear desear, y la escritura es eso, vivir en un deseo permanente. Los autores incluidos son:  Carlos Cardani, Gonzalo Muñoz, Pablo Sheng, Cristóbal Gaete, Fanny Campos, Nicolás Peña, Graciela Olave, Pablo Almendras, Julieta Moreno, Bonnie Blanchard, Ariel Araya,  Sergio Alexis Guzmán,  Fernanda Barceló, Javier Baeza, Alonso Fernández, Pablo Ruz, Carlos Araya, Arelis Uribe, Alfil Gómez, Marta Ulloa, Juan Francisco Ossa, Pascal Jorratt, Paulina Vilchez, Esteban Poblete, Camila Margarit,  Tomas Herrera, Ailleen Pinto, Joannes Lillo, Sebastián Vargas, José Ignacio Lineros.