De repente, me llega un pelotazo en plena nuca, potencia desemedida, sumado a lo desprevenido que estaba yo del impacto, me dolió dos veces. El Jota, unos años más chico, que lo cachaba hace tiempo pero no éramos realmente amigos, se paró al tiro. Mirada desafiante, serio, puños semi apretados. Quién fue. A lo lejos, otros cabros pedían disculpas todavía sonriendo. Había sido sin querer. El Jota se calmó, pero aún sospechaba.

Lo veía poco, y después de ese verano no lo vi más, pero de vez en cuando me acuerdo de ese pequeño e inmediato gesto de lealtad: andábamos juntos, había que defenderse.

Mala Junta, la película, me hizo recordar al Jota, que era el Tano, el cabro con más calle; y me hizo recordar que también fui el Cheo, más retraído y sin nunca cachar tanto. Mala Junta habla de esa amistad involuntaria, espontánea, cotidiana. De la buena educación que no depende de los estudios.

Es un fenómeno que se repite: Mala Junta parece una película capaz de conectar con quien la vea.

Y eso que en un principio parece dura: parte con una secuencia de robo, el protagonista se tiene que ir lejos para no ingresar al Sename; y parece más dura aún, cuando en el sur, este cabro con un padre ausente conoce al Cheo, a quien le hacen bullying en el colegio por ser mapuche.

Pero la película no se permite jamás la dureza, y por el contrario, nunca deja uno de encariñarse, ni de reírse, con los personajes. Con esta familia disfuncional que se arma entre el padre torpe y el hijo choro (“no sé si felicitarte o llamar a los pacos”), entre la complicidad de los vecinos, los amigos nuevos y el mundo que se arma entre la tierra, los árboles, la chicha y las guitarras de palo.

Y quizá de eso se trate, al final, todo, como un gesto revolucionario que se repite en varias capas: un prejuicio que se rompe a través del cariño. Tano vive como el cabro problema, el periférico, el mal visto, y qué decir del Cheo, el mapuche, que quizás en qué anda metido y ya se sabe todo lo que dice la gente. Pero nada es lo que parece, o más bien, lo que se cree. Porque ahí donde hay frialdad, la historia elige fijarse en el calor, en el encuentro, con toda la inmensidad de la palabra, en la humanidad como un refugio impensado, quizá el último.

Mala Junta es una joya porque es profundamente humana. En un contexto difícil, convulso, con sus luces y sombras, con sus aciertos y defectos, elige hablar de cariño, sin nunca dejar de entretener.

Y es muy política, porque el telón de fondo no deja de contenter una violencia atroz, donde la delincuencia y el desdén son parte del panorama diario, lo mismo que la represión y la sospecha, y el olvido y el desinterés y el impersonal sistema nadie se lo salta sin recursos, por muy lejos que esté.

Sin embargo el gesto, y el triunfo, está ahí mismo, como ese manzano donde se conocen los protagonistas, la película habla del hogar que formamos por decisión y ya no por herencia, sin importar lo demás. Y en esa decisión se vuelve uno un poco más libre.

Claudia Huaiquimilla filma firme y cariñosamente un mundo que conoce: el mundo en el que creció. Y son los pequeños detalles, que solo pueden conocer aquellos que los vivieron (los chistes, las complicidades, las rutinas, como el mundo de Carlos Leiva en El Primero de la Familia) los que encantan de un modo especial. Y así también la película se sacude de los otros prejuicios, los del “cine chileno”, “aburrido”, o “marginal”, simplemente cambiando el eje de mirada, formando una especie de cine horizontal, relatando con ritmo, ágilmente, sin nunca dejar de mirar a los ojos a su tema y a sus espectadores, sin analizar, ni estudiar, ni reflexionar, sino desde ahí mismo, porque viene de ahí mismo.

Eso es puro corazón y ese es un cambio de paradigma gigante.

Mala Junta es una película de verdad, creo yo, porque se siente honesta.

Me acuerdo del compañero que era el más desordenado de todos, el más carismático, el que estaba más enojado, el Mala Junta, que al final, como el Jota, y como tantos cabros y cabras que uno se topa de repente en la vida, era el que estaba más solo y el que era más noble.

Mala Junta es una historia que merece ser contada y una historia que merece ser vista por eso mismo. Porque no los deja solos. Y es una historia de amor fraterno, de familia, de suavidad en medio del frío y la deforestación, que no se rinde cuando todo está en contra, y que hace sentir orgullo por nuestras raíces, incluso sin llevarlas uno en el apellido.

No conozco a nadie que no se haya emocionado al verla. Siendo una película que costó financiarla, y se hizo a pulso, con muchos amigos en el equipo, es importante ir a verla este fin de semana, porque las grandes cadenas piden un piso mínimo de espectadores para mantenerla en cartelera. Pero también, y sobretodo, es una película que hay que ir a ver, simplemente, porque vale, muchísimo, la pena. Como los amigos de verdad, que aunque otros los tilden de malas juntas, al final, para uno, siempre terminan siendo los mejores.