“Siento mucho haber instaurado el Día de la Madre”. Es el arrepentimiento Anna Jarvis, la mujer que promovió el Día de la Madre y que pasó los últimos treinta años de su vida intentado, sin éxito, suprimir esta fecha del calendario.

Su madre, Ann Reeves Jarvis, fue una activista de Virginia (Estados Unidos) que encabezó los grupos de mujeres que actuaron como enfermeras en el frente de la Guerra Civil. En 1865 empezó a organizar los Encuentros del Día de la Madre, unas reuniones periódicas en las que las madres trabajadoras compartían situaciones de su cotidianidad sobre temas como la salud, la economía, los derechos laborales o la seguridad social que podían servir a las madres trabajadoras de la época, una realidad poco común a mediados del siglo XIX, que para Jarvis tenía que ser relevada.

Tras su muerte, en 1905, su hija Anna desató una lucha para lograr que se celebrara el esfuerzo de las madres trabajadoras, en homenaje a la figura de su progenitora. Quería dedicar un día de la agenda a atender las necesidades y pasar tiempo con ellas. Anna escribió cartas a grandes personalidades de los Estados Unidos para solicitar su apoyo en la causa para crear el Día de la Madre. Y lo consiguió. En 1914, el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson declaró oficialmente el segundo domingo de mayo como el Día de la Madre.

Sin embargo, la satisfacción de la hija duró poco. En 1920 se dio cuenta de que la efeméride se había convertido en una estrategia comercial y de marketing para ganar dinero.

Una de sus críticas más recordadas pone en cuestión el envío de tarjetas pre-impresas a las madres para celebrarlas: “Una tarjeta impresa no significa más que se es demasiado indolente para escribirle de puño y letra a la mujer que ha hecho por uno más que nadie en el mundo”, decía.

Tras su enorme decepción por la pérdida de sentido que había sufrido la fiesta, Anna Jarvis decidió luchar de nuevo para eliminar lo que ella misma creó.

Las hermanas Jarvis invirtieron sus recursos económicos para manifestarse en contra de las iniciativas comerciales creadas alrededor de ese día, sobre todo en la industria de las flores, las tarjetas de felicitación y los caramelos.

Protestaron en contra del lucro y aprovechamiento de la fecha y exigieron el boicot a muchos establecimientos. Denunciaron a empresas y organizaciones caritativas que recaudaban dinero, y Ana incluso llegó a criticar a la primera dama estadounidense por haberse convertido en la responsable honorífica de la jornada.

Una de las acciones documentadas tuvo lugar en un restaurante donde le ofrecieron “la ensalada del Día de la Madre”. Anna la pidió sólo para botarla por el suelo.

La activista fue arrestada por la policía en varias ocasiones y sobre ella terminaron pesando 33 denuncias por altercados. Fue criticada, desautorizada y tratada como una “loca” por su mal carácter.

Jarvis, cargada de rabia, se reclusó en su casa con su hermana. Se encerraron sin permitir visitas a nadie que no conociera la consigna de entrada. Terminó muriendo en un sanatorio, impotente ante lo que se convirtió, hasta hoy, en otra excusa comercial más, una invitación al consumo expresada en torno a una construcción estereotipada de la maternidad.

La historiadora especializada en estudios de género, Katherine Antolini, investigó su trayectoria y concluyó que el final de Anna Jarvis se atribuye a dos aspectos: un problema de ego, por el temor que las figuras de su madre y la suya desaparecieran como símbolos de la celebración; y que la sociedad de la época menospreció a una mujer determinada, con ideales y sin miedo a enfrentarse al poder.

Un último dato, por cierto: la creadora del día de la madre nunca tuvo hijos.