Albert Einstein señaló que si la Tercera Guerra Mundial fuese una realidad, la cuarta se libraría con palos y piedras. O sea que si se da el paso fatal, no sólo morirían grandes porciones de la población mundial por la onda expansiva de radiación, sino que el planeta entero entraría a un largo y oscuro Invierno Nuclear.

Entre otros autores, Carl Sagan en su libro El frío y las tinieblas, el mundo después de una guerra nuclear (Alianza Editorial, 1984) advirtió acerca de estas consecuencias. Varios de estos estudios e intervenciones por parte de la comunidad científica fueron dados a conocer en la “Conferencia sobre las Consecuensias Biológicas de un Conflicto Nuclear”, celebrada en Washington en octubre de 1983. En sencillo, el estudio explicaba acerca del impacto climático que provocaría un intercambio de misiles nucleares. Humo, fuego y cenizas bloquearían la luz solar, la estratosfera absolutamente contaminada haría bajar las temperaturas terrestres en una media de 25 grados, situación que podría durar meses o acaso años, desencadenando una hambruna mundial dado que la vegetación y los animales no existirían. La cadena trófica estaría absolutamente liquidada.

Evidentemente este estudio, treinta años después, sería mucho más abrumador de lo que fue en su momento en los ochenta, ya que los países con armamento nuclear han aumentado a lo largo de los años de manera alarmante.

Las noticias internacionales acerca de los conflictos bélicos, irremediablemente en Chile, parecen salidas de una serie de Netflix. Nos enteramos por capítulos y todo cae al tiesto de la ficción, dada la enorme distancia donde suceden los hechos. En el país, los expertos internacionales entregan versiones optimistas para no alarmar a la población, pasan las semanas y el tráfico de submarinos nucleares y portaviones en los mares cercanos a Corea aumentan, se suman nuevos países al baile y Rusia que frunce el ceño ante la muestra de fuerza de Trump, que parecen ser de gatillo fácil.

La película The Road (2009), que protagoniza Viggo Mortensen, de la novela homónima de  Cormac Mc Carthy, comienza en pleno Invierno Nuclear. La tierra está envuelta en una espesa capa de cenizas que hace imposible ver el sol. Las temperaturas bajo cero son habituales, los animales han muerto y los árboles caen como palitroques. Este road movie post apocalíptico cuenta la historia de un padre que viaja hacia el sur con su hijo en medio del caos. El planeta está desolado, prácticamente no queda nadie y los que quedan aún vivos se devoran unos a otros para sobrevivir. La ciudades parecen esculturas urbanas, una instalación de Gordon Matta Clark, guillotinadas y descorchadas.

El padre viaja con su hijo (Kodi Smit-McPhee) a cuestas, portando un revolver con sólo dos balas, le ha enseñado al pequeño cómo quitarse la vida llegado el caso de encontrarse sin salida. La salud del padre durante el trayecto se deteriora poco a poco, tose de manera infatigable, como si fuera un héroe romántico, y el camino hacia el sur, cuyo destino es el mar, se hace una cruda pesadilla. En la tierra asolan las tormentas eléctricas y los fuertes terremotos. El planeta es un paciente terminal que cuenta los días de su deceso. Los humanos que han sobrevivido son frenéticas tribus paramilitares, que cazan seres humanos para alimentarse. Estamos sumidos en lo que Albert Einstein nos advirtió. Hemos vuelto a una fragilidad primaria y la humanidad se resume a un precario puñado de primitivos.

Padre e hijo finalmente logran llegar al mar, se instalan entre montículos de arena gris en torno a un fuego y al poco tiempo el padre muere. El niño cumple el rito de cubrir con una manta su rostro pálido, y queda por primera vez totalmente sólo. Su padre, que solía decirle “yo te cuido” y que lo aleccionaba en este mundo primitivo y adverso, se ha ido. El desamparo lo recorre de pies a cabeza. En la playa se distingue un barco encallado y cientos de desperdicios cubren la orilla. Al parecer el film ha terminado, Viggo Mortensen, quien llevaba la película a sus espaldas, ha dejado de existir.

Entonces el niño vaga por la playa desierta. No sabe si matarse o seguir viviendo. No se aleja del lugar donde aún está el cuerpo sin vida de su padre. Mira hacia el horizonte como pidiendo una respuesta y desde la lejanía se distingue a un hombre que camina por la orilla de la playa hacia él. El niño asustado le apunta con el arma, está seguro que se trata de uno de “los malos”. El desconocido lo tranquiliza, pese a que el muchacho no ha dejado de apuntarle. El hombre de cabello hasta los hombros y barba crecida le explica que él también tiene una familia, que los ha estado siguiendo a él y a su padre hace días, y lo invita, ahora que su padre ha muerto, a continuar con ellos. El niño indeciso le pregunta si es de “los buenos” o de “los malos”, y también si tiene el fuego. –¿Qué fuego? Pregunta el desconocido. El fuego interno, responde el niño tocándose con sus manos el pecho. El hombre asiente, registra en los ojos del muchacho el terror y lo persuade para que baje el arma. Acorralado por la incertidumbre, el niño no tiene alternativa y acepta creer, asumiendo el resquebrajado riesgo de la confianza. Luego vuelve el hombre desconocido con su esposa y sus dos hijos y un perro. El niño por primera vez en su vida conoce a un niño igual que él (y también a un perro). Con este encuentro la película finaliza. La música de Nick Cave le da un touch a este film triste e incierto.

El Invierno Nuclear ha llegado a nuestras vidas. Es una amenaza y una realidad a la vez. La canción de Los Prisioneros parece volver a tener sentido (como todas las canciones de Los Prisioneros): “Me encantan las canciones de amor /y aquellas que piden un mundo mejor/
vivo con el miedo al dedo que alguna vez apretará el boton/ creo en la libertad y en mi corazon/ hay un sitio esperando por una flor…”. Pero ya es imposible la ironía.

Si bien aún brilla el sol por las mañanas y no hay temperaturas bajo cero durante todo el año, ni la tierra ha sido arrasada por una bomba nuclear. Pasa que, de una u otra forma vivimos o convivimos con las consecuencias de otro tipo de bomba. Una más silenciosa, pero igualmente dañina. Los “sobrevivientes” a este Invierno Nuclear deben caminar en dirección opuesta al mercado y la farándula. Sobrevivir al consumo y al exitismo. Son como Mortesen y su hijo en la película. Los terremotos domésticos y sociales son cosa de todos los días, la corrupción y el poder del dinero son la ley que impera. El camino es incierto, los proyectos políticos y sociales cantan el desafinado himno de la desconfianza. Pero pese a la desolación, aún hay quienes caminan incansablemente en dirección al sur, hacia el mar, y le dicen a sus seres queridos: “yo te cuido”. Aunque “los malos” sean más y tengan el poder, los códigos que aprendimos en el barrio son nuestros y no se han caído por los avatares de la carga. La lógica de devorarse al otro para sobrevivir nos produce indignación. Y creemos contra viento y marea en nuestro fuego interno.


Poeta y guionista