En este artículo pienso hablar de mis madres, mis propias madres, cosa que no reviste ningún interés para nadie más, así que como usted tendrá la suya, seguramente este pasquín le ofrecerá alguna otra lectura más interesante.

Las personas tienen obvio una sola madre, la que los parió, pero a veces suceden cosas extrañas, como que te críe una loba, el caso de Rómulo y Remo, o te recojan de una cesta de mimbre en la ribera de un río, como el Nilo (de ahí los moisés, el nombre de esas cunas).

A Tarzán de los monos los peludos chimpancés lo encontraron ya crecidito, de unos dos años de edad, perdido en la selva, y sobre Chita, que lo habría criado desde entonces hasta verlo crecer, cae la misma sospecha que sobre la reina Yocasta, la mamá de Edipo, ambas engañadas por la ignorancia, la una víctima de los hados, la mona dejándose llevar por su condición animal. Finalmente la mona fue desplazada por Jane, la gringa deslavada y flacuchenta que puso las cosas en su lugar en el imaginario victoriano occidental. En ambos casos no fue una incursión, como se dice ahora, sino que ambas permanecieron largo tiempo en una relación (como también se dice ahora) hasta que Yocasta cayó en cuenta de quién eran cada uno y se mató y el hijo se arrancó los ojos con que la había visto desnuda (que sinceramente a esas alturas era lo de menos).

Mowgli, el personaje de Rudyard Kipling, también fue un niño criado en la selva –asiática esta vez– por animales y como nunca creció ni tuvo madre humana, se evitó el problema de la crisis de identidad, que lo urgieran con el corte de pelo o le revisaran las orejas.

Recuerdo el viejo chiste de Condorito, ese cuando la mamá de Coné lo manda a buscar al refri unas cervezas para las visitas y él responde: “Madre, hay una sola”. La viñeta describía la lectura de la composición escolar en que los niños de la escuelita de Pelotillehue alababan a sus respectivas, y termina con el tan característico ¡Plop!

Existen no obstante hijos sin madre, como Hugo, Paco y Luis, que solo tienen tíos, Donald y Daisy (esta última tiene a su vez tres sobrinas patitas salidas de la nada y que solo aparecían como comparsa de sus primitos patos); o los sobrinos de Mickey que en español nadie les sabe el nombre pero en inglés son Morty y Ferdy y tampoco tienen padres. Es que a los niños que fuimos entonces nos criaron totalmente desvaginados, como las muñecas esas que abajo son lisas como un nenuco.

Resulta que las madres no tienen que ser tan sacras después de todo, ni santas como Clara, la novia de Francisco, el de Asís, que no se casaron por servir a los pobres de por vida, cada uno en lo suyo; debe haber más ejemplos pero éste es el que más me apasiona. Es que parece más fácil ser santa sin hijos, que con ellos. No imagino a Santa Teresa de Ávila, por ejemplo, arrojándole una chancleta a un hijo pendenciero por querer salir a jugar a la pelota en lugar de hacer sus ejercicios espirituales; o a Santa Magdalena –la amigüi de Jesús según los mal hablados–, recriminándole a una hija suya por andarse perdiendo con los muchachos entre los mismos roqueríos del mar de Galilea que tan bien conoció en su pasado.

Funerales he asistido en que los hijos terminan su alocución con la manida frase “Era la mejor madre del mundo”, y la mayoría no espera a tan extremo expediente para espetarle a la suya propia tamaña prerrogativa en vida, a toda luces estadísticamente descabellada cualquiera sea el universo muestral, y que se llama precisamente así, suceso imposible, lo que demuestra que los estadígrafos no necesitan nombres poéticos para entenderse. Afirmación aquella además contraria al sentido común, certeza reafirmada por testimonios que primas, amigas y vecinas se apuran en proporcionar. Dejo fuera toda acumulación de juicios de ex maridos y novios despechados.

Las madres más pecaminosas de la historia no han sido verdaderas madres, no han sido recordadas en función de tales, sino de los hombres que (las) han tenido, como Lucrecia Borgia, que además habría sido hermana de su propio hijo Juan cuya paternidad se atribuye a varios hombres de su familia, y peor aún, ellos mismos se la disputaban (la paternidad, digo).

La dulzura y abnegación de la maternidad queda protegida en la figura de la madrastra. Así, la que compite con Blancanieves es su madrastra, no su madre, aunque es cosa de salir a la calle para ver madres-mellizas vestidas en la misma tienda de sus hijas adolescentes con los colores de Hello Kitty, que no es una gatita sino una niña pequeña, al decir de su creadora tardíamente. Lo que queda refrendado con esa otra madrastra, la de la Cenicienta, que mal que mal como progenitora quiere lo mejor para sus dos hijas, con lo que calza perfectamente entre las madres ejemplares.

Hay un cuento que me impresionó en mi infancia, se llama “La madre de Ernesto” del escritor argentino Abelardo Castillo. Acabo de googlearlo y me entero que murió hace apenas unos días, el 2 de mayo. El cuento está en Youtube porque lo hicieron un corto, y si quiere leerlo a la antigua no siga leyendo porque contaré el final. Uno del grupo de amigos de la preparatoria regresa de Buenos Aires ya adolescente con la copucha que ha visto a la madre de su amigo Ernesto –que los tenía loquitos a los tres (eran tres, y Ernesto el cuarto del grupo), que los conocía de chicos, los había recibido en su casa junto a su hijo y todo–, en un cabaret (un burdel, más bien). Juntan sus monedas y parten a la capital federal a vivir la extraña situación de estar con esa precisa mujer, poseerla como lo soñaron siendo niños. La madre de Ernesto se asoma en la penumbra propia de esos lupanares contorneándose apenas cubierta, a recibir a sus jóvenes clientes, y tras las primeras frases insinuantes, los reconoce. Cubriéndose rápidamente les pregunta, alarmada: “Le ha pasado algo a Ernesto”!

Prometí hablar de mis madres y cumpliré. Más por mí que por ustedes. Cosa difícil a los cinco, seis, siete años. Explicarlo en el colegio, repetirlo adolescente. Incluso adulto. Pero a los sesenta es casi una obligación. Mi madre me llevó en su seno juvenil, vestida de escolar, de casa en casa, arrojada de la suya por su madre, desheredada por su padre (“vergüenza de la familia”), aterida de cuerpo y alma, en esa capital lluviosa de provincia que es Valdivia, donde aún vive. Mi madre, solterona (esa hija que se queda con la mamá anciana), me acogió desde entonces, y mientras la una me entregaba cariño generoso y una vida, la otra me amamantaba mientras fuera posible. El terremoto de 1960 y los miedos de una y otra nos separaron y mientras mi madre siguió su vida con otro amor y mis hermanos, mi madre llevó por décadas la vida de una madre soltera que cría a su hijo sola, como tantas. Mi madre reposa en el cementerio de Malloco desde 2002, pero justo diez años después mi madre y yo nos reencontramos, y una vez más puede abrazarme, alegría que me alegra darle y darme, después de tanto tiempo.