En un escrito anterior se propuso que las diferencias en el amplio campo de la izquierda y el progresismo seguirían sucediendo, especialmente entre el PC y el Frente Amplio. Esto se ha confirmado, pero en una forma bastante triste, entre titulares vacíos y andanadas de ciento-cuarenta-caracteres. Poco contenido. De un lado las acusaciones de infantilismo o inmadurez hacia el Frente Amplio. Del otro, purgas e inquisiciones a quien exhiba cualquier cercanía con el viejo orden. Episodios recientes han tenido que ver con el elitismo del Frente Amplio, con su estrechez política y social, así como también moral. El problema, por fin, se acerca a las cuestiones fundamentales, en este caso, la cuestión de clase, que se nos presenta como el carácter social de una fuerza política. Ante eso cabe preguntarse, sin negar domicilio, pero siendo leales a la crítica ¿cómo se define el carácter social de una fuerza política como para hacer la crítica que se hace y llegar a conclusiones útiles? Y trabajando dicha pregunta sobre la historia concreta de la izquierda chilena, ¿cómo se sostuvo el carácter social obrero y popular del siglo XX que tuvo la izquierda chilena, especialmente el Partido Comunista y el Partido Socialista, y cómo se perdió en las últimas cuatro décadas?

Se proponen algunas notas a modo de respuestas a tales preguntas. Lo que se busca es establecer una perspectiva para juzgar no sólo qué carácter social tiene un partido, sino cómo lo construye y luego cómo mantiene esa relación. Por último, se plantea un punto final para solo aproximarse a la pregunta que queda abierta luego de la crítica a la izquierda del siglo XX: entonces, ¿qué sectores sociales se expresan hoy el Frente Amplio y cómo lo hacen?

I

El carácter social que posee un partido -vale decir la situación en la lucha de clases que lo define y desde la cual se proyecta- no está dado ni por el discurso de sus militantes, ni por las consignas oficiales, ni por sus apariencias. Con socialistas en los directorios de las empresas de todo occidente entendimos que tampoco por las banderas ni por los nombres, ni siquiera por la historia en común. La forma de definir socialmente la pertenencia de un partido es identificar el interés social concreto que promueve y expresa en la lucha política. Así se entiende que Gramsci haya propuesto que la historia de un partido político “no podrá ser menos que la historia de un determinado grupo social”. Los marxistas previos o contemporáneos a los bolcheviques no identificaban partido con la forma canónica que se hizo llamar “el partido”. Más bien era para ellos un estamento dirigente, que aunque estuviese distribuido en muchos partidos formales, expresaba una unidad orgánica en pos de realizar el interés histórico de una clase.

El lenguaje paisano de la izquierda del siglo XX identificaba en la formación del carácter social una parte estructural, según la cual el partido era fruto del desarrollo histórico de fuerzas difíciles de controlar. A pesar de ello, y mediante prácticas concretas, planteó que el partido debía asegurar su carácter social, mediante fuertes relaciones con las organizaciones de las clases populares. A esas relaciones se les llamó “anclajes sociales”. El anclaje social, y esto es lo importante de la metáfora naviera, es que impedía el libre movimiento del partido respecto de su base social. Anclado un partido a un movimiento social popular, por muy fuerte que las condiciones del ambiente empujen al partido o al movimiento a cambiar de posición, no pueden hacerlo sin el acuerdo de ambos o, por supuesto, desanclando al partido, lo cual puede ser un éxito electoral pero su suicidio como instrumento de transformación. Porque, y volvemos al sardo, un partido “es la expresión y la parte más avanzada” de una clase, y deshacerse de esa clase los convierte en mercenarios, especialistas que venden su oficio al que mejor pague.

II

¿Cómo se mantenía ese anclaje? No era una cuestión moral. No mantenían los anclajes porque eso indica la recta doctrina. Se mantenían porque fueron relaciones políticas de mutuo beneficio, y así se constituyeron en una comunidad de destino. Porque no solo eran una relación de interés. En la medida que tuvieron historia, formaron lealtades en que la derrota también se vivía en comunidad. Los anclajes sociales funcionaron de una forma bastante compleja, y era la articulación de vocación de interés directo de clase con perspectivas de realizar intereses históricos para las clases populares en donde estos se volvían vitales. El partido -en el sentido histórico, no coyuntural- no era un simple representante político de los obreros, tampoco un mero organizador, aunque era ambas cosas a la vez. Más bien era uno de los brazos de una comunidad de clase. Por supuesto, era el brazo que le daba forma de conjunto, que le permitía incidir en la historia y cambiarla a su favor. Pero no era tampoco más que eso. Lejos de la imagen idealizada de una vanguardia preclara, la izquierda del siglo XX era un conjunto de especialistas de la política formados en las luchas populares, pero que su destino estaba amarrado a la suerte de esas clases populares. Pocas demostraciones de esta comunidad de destino entre la izquierda del siglo XX y las clases populares son tan claras como la represión que tuvieron que enfrentar ambas desde 1973.

El partido de izquierda del siglo XX era parte, central, la cabeza política, pero parte de una comunidad mayor: el movimiento popular. Si el PC era un partido de cuadros principalmente obreros y especialistas en la dirección del movimiento popular, el Partido Socialista fue el partido que representó de mejor forma la diversidad de las clases populares propias de un país dependiente en el siglo XX. Juntos, fueron la cabeza política del Movimiento Popular, no solos, no sin fricciones, contradicciones y hasta rupturas. El movimiento popular fue, más que la suma de esos partidos, un espacio referencial en donde las organizaciones sociales del campo popular se encontraban en demandas más o menos unificadas, y desde donde se proyectaban a la política formal, desde donde planteaban la posibilidad de ser una nueva sociedad para un nuevo país. La más avanzada forma política del movimiento popular chileno del siglo XX fue aquello que se articuló en torno a la Unidad Popular hasta 1973. La UP fue un movimiento de masas y no una simple alianza electoral. El movimiento popular anclaba a los partidos a sus intereses directos e históricos, lo hacía a través de sus luchas cotidianas. Esa comunidad era, en tiempo de elecciones, la máquina movilizada y no se le podía ofender despreciándola en la política formal o desautorizándola como infantil particularidad -tal y como se hace hoy desde distintas veredas de la izquierda-. Así, la relación anclada de los partidos de la izquierda del siglo XX no podía permitir que la fábrica cerrara o redujera los trabajos, así como no se podía permitir que miles de personas que se tomaban un terreno (y por ende se convertían en electores de un distrito) fueran desalojados por la policía o no lograran realizar allí el sueño de la vivienda. Como vemos, no era un asunto moral, sino de mutua dependencia en la muy real lucha de clases que definía sus vidas. En el fondo, el interés organizado de las clases populares y el de los partidos de izquierda se necesitaban mutuamente para existir y realizarse. El anclaje social era la base de la acción política para la izquierda. Sin el anclaje social la izquierda no pesaba más que como una tropa de agitadores, y las organizaciones sociales, sin la izquierda, quedaban a merced de cualquier presidente que los buscase como masa electoral clientelizable, por ende, pasiva y sumisa al destino que otros deciden. En 1958, a pesar de todo el discurso del marxismo-leninismo y la verticalidad de la unidad en la acción, el Partido Comunista de Chile, a pesar de la negativa de sus líderes y debido a la presión de sus militantes y dirigentes sociales cercanos, debió discutir en asambleas nacionales quién sería su candidato a presidente. A pesar de la opinión de su dirección, se impuso el candidato más popular entre los pobladores y obreros que habían luchado en abril de 1957 contra las alzas y que en octubre se habían tomado los terrenos en que se erigían un año más tarde las casas de la Población La Victoria, Salvador Allende. El anclaje social realmente tenía un peso fundamental en las decisiones de los partidos de la izquierda del siglo XX.

III

¿Cómo fue que en los últimos cuarenta años se disolvieron esos anclajes entre el PC y el PS y las organizaciones sociales de las clases populares, hasta desaparecer o simplemente vivir como espectros en oscuras relaciones burocráticas? Por supuesto, con el golpe de 1973 y la dictadura. La transformación de la economía y de la política durante este período transformó también los anclajes. Pero la respuesta de ambos partidos, y aquí sí cabe una interpretación que pone acento en la voluntad política, fue distinta por casi dos décadas.

Comencemos por el Partido Socialista.

Se debe plantear la importancia de los cambios estructurales en el modelo económico y en la institucionalidad política, específicamente sus efectos concretos en las formas de la izquierda del siglo XX. Primero, la economía cambió de tal modo que en un par de décadas hizo casi desaparecer al sector manufacturero, lo que desarticuló, disminuyó y, por tanto, terminó con la centralidad estratégica de la clase obrera. Los trabajadores, desconcentrados, golpeados por las dos crisis de 1975 y 1982, poco podían hacer para organizarse en un mundo nuevo. La base social quedó desarmada. Por otra parte, las formas de la política que contenía la Constitución de 1980 y sus leyes, centralizaron todo el poder de la política en el parlamento, vaciando de decisión cualquier otro espacio de la sociedad, convirtiendo en ejercicios vanos el debate universitario o la producción de prensa popular, ambos elementos centrales en la construcción del movimiento popular del siglo XX. Estos cambios, como se dijo más arriba, hacían difícil pensar en la izquierda, ya desde mediados de los años ochenta, algo parecido a la política de masas que se había realizado en el siglo XX.

El Partido Socialista se desmembra en una serie de fracciones durante la dictadura, producto de los golpes represivos, pero también de una derrota política tan profunda que acabó en el desarme de su especificidad como partido: ser la cabeza política del amplio movimiento popular chileno del siglo XX. No es este el lugar para hacer una historia de la renovación socialista, proyecto ya emprendido por otros. Basta con plantear que la tesis triunfadora entre varias que se jugaron allí la forma de la socialdemocracia del futuro, fue una cuya novedad principal era el rechazo a las formas políticas de la izquierda del siglo XX. Aunque no exclusivamente, sí fue especialmente criticado el peso determinante de la base movilizada del campo popular. El error de la UP, en una reflexión muy marcada por el trauma, habría sido el buscar politizar a las masas populares y no su subordinación en una representación política tradicional. Así, en medio de las protestas de los años ochenta contra la dictadura, la tesis triunfadora en la renovación sostuvo como propuesta que del campo popular, movilizado contra la dictadura, no cabía esperar más que la “anomia”, o en otras palabras, las razones de la movilización popular sólo podían ser administradas, y no organizadas y politizadas. El opuesto de la política era la marginalidad. Allí fue situado el último canto de cisne del movimiento popular chileno del siglo XX, su revuelta contra la dictadura. La historia que sigue es conocida: se desarmó al todo social en la etiqueta de ciudadanos, desarticulados políticamente y sus contradicciones de clase fueron ocultadas en pos de la paz. El Partido Socialista pasó de ser un partido de masas populares en permanente conflicto, a uno que administraba el nuevo neoliberalismo chileno, desde puestos del Estado, y en que esas masas populares conflictivas fueron disueltas y rearticuladas como consumidores en permanente estado de deuda. No se necesitan organizaciones sociales dispuestas a la lucha cuando la política se hace sin sociedad, cuando se piensa que las mismas amenazan la democracia. En pocos años, los socialistas fueron expulsados de la mayoría de las federaciones de estudiantes, sus anclajes populares organizados pasaron a ser meros bolsones de votantes y su fuerza sindical quedó reducida a un vergonzoso aparato burocrático y corrupto en la CUT. El Estado, que ya había sido vaciado de sociedad, demandaba administradores y no colectivos políticos anclados en masas. Sin anclajes sociales y a pesar de los esfuerzos honestos pero infértiles por recuperarlos, el PS se transformó en simple clase política redundante de sí misma y de este presente político, hoy al borde de la crisis. Los recientes escándalos políticos por el financiamiento del PS demuestran, entre muchas otras cosas, la dependencia del mercado en que cae un partido cuando deja de sostenerse en las organizaciones sociales.

IV

¿Cómo fue que el PC no sufrió la misma suerte en los años noventa? ¿Qué ocurrió con los anclajes sociales en el movimiento popular y que la izquierda de matriz marxista y obrerista consideraba la base fundamental de su política en el siglo XX? El PC rechazó el giro que hizo el PS a un costo inmenso. A fines de los años ochenta, cuando la mayoría de las tendencias socialistas avanzaba hacia la unificación en torno a la aceptación del orden político y económico pinochetista, los comunistas insistían en una política, llamada “de rebelión popular de masas”, que implicaba precisamente el protagonismo insurreccional de masas organizadas y movilizadas -y no del destacamento armado, que se entendía como apoyo. El PC, a pesar del fracaso de su estrategia, tenía un punto cierto en su política: la dictadura se sostuvo en la destrucción de la organización autónoma de las clases populares e instaló la desconfianza política en las mismas; por ende, sólo podía ser superada por una fuerza que revirtiera dichas condiciones. Para el PC de entonces, el Chile de Pinochet se acabaría, no con partidos legalizados, no con derecho a voto, sino solo cuando las clases populares recuperen el protagonismo político alcanzado antes de la dictadura, es decir, cuando recuperen la democracia plena.

De esta forma, allí donde el PS y la DC perdían conducciones de organizaciones populares, ya fuera porque desaparecían en la condena a la inutilidad histórica en la transición o porque sus luchas eran reprimidas o abandonadas por los militantes concertacionistas, el PC avanzaba conduciendo esas luchas o reconstruyendo organización social. En 1995 los comunistas alcanzaron la presidencia de la FECh en proceso de refundación, luego de la debacle en 1993 de la presidencia del socialista Álvaro Elizalde, quien dejó la presidencia acusado de corrupción, y él y su organización de abandonar las luchas estudiantiles de 1992 y siguientes, por defender el gobierno de Aylwin. En 1995 también los comunistas lograron ganarle a la Concertación el Colegio de Profesores, el gran sindicato docente chileno, y un año más tarde, conquistaron, en alianza con los socialistas, la cabeza de la CUT que estaba en manos de la DC con Manuel Bustos de presidente. Una buena explicación para el ascenso comunista a las primeras vocerías sociales en Chile se encuentra en las palabras del reconocido periodista Hernán Millas en una columna en el desaparecido diario La Época, en octubre de 1995:

“Si la Fech debía ser un reflejo aproximado del país, no era extraño que en un Chile que se abochornaba por los fraudes en la Onemi, el millonario desmalezamiento de la Refinería de Concón y el ‘davilazo’ en Codelco, conociera también un ‘condoro’ de los jóvenes. En 1993, cuando era presidente el socialista Álvaro Elizalde, se produjo una turbia rendición de cuentas en los trabajos de verano. Los más, se sintieron traicionados porque había corruptos en el acto más generoso de la juventud como era sacrificar sus vacaciones para ir a trabajar en ayudar a los más desposeídos en olvidadas comarcas. (…) Después de 87 años, de acuerdo a ese fenómeno, no resulta por eso extraño que en las elecciones de la FECh triunfara esta semana el comunista Rodrigo Roco, y que días antes los profesores eligieran al comunista Jorge Pavez”.

Quienes estuvieron en las movilizaciones de profesores, estudiantes o trabajadores en los años noventa y hasta más o menos el 2011, recuerdan que los comunistas estaban allí. Los mismos pueden criticar mucho al PC y más de uno puede contar alguna historia odiosa, pero nadie puede decir que no estaban en su lado de la barricada. El PC, en los opacos años de hegemonía concertacionista, resultaban una izquierda conservadora, tradicional, con algunas de las peores herencias del comunismo soviético, pero eran una izquierda grande, que producía y sostenía un campo cultural que se desplegaba a través de miles de militantes que a la vez eran dirigentes sociales, y en un campo social popular que porfiadamente intentaba reconstruir las organizaciones sociales y emprender nuevas luchas. Incluso, cuando los grupos comunistas de Pavez y Roco salieron del partido en 2003, el PC si bien resintió sus salidas, no desapareció ni del gremio docente ni del movimiento estudiantil, y a los pocos años estaba activo y en posiciones dirigentes nuevamente. Así de fuerte era el enraizamiento de los comunistas en las organizaciones sociales que resistían el embate neoliberal de la transición.

El año 2009 el PC dio un paso crucial en su viraje hacia la Concertación: el pacto parlamentario con la fuerza gobernante entonces les dio tres diputados, los primeros en 37 años. En segunda vuelta, el PC apoyó a Frei Ruiz-Tagle, quien perdió la elección contra Piñera en enero de 2010. De ahí en adelante y tras algunos pasos burocráticos, el ingreso del PC a la Concertación – Nueva Mayoría quedó confirmado. A pesar de la promesa del PC por mantener “un pie en la calle y otro en el parlamento”, esto no funcionó bien. El PC rápidamente perdió presencia en las organizaciones sociales emblemáticas de la lucha contra el Chile de la transición. El alejamiento de los comunistas con las franjas organizadas de profesores, estudiantes y sindicalistas no es más visible en documentos o discursos, aunque también. El alejamiento ocurrió en la práctica y como decisión explícita: el PC se alejó de los profesores cuando defendió la iniciativa legal del gobierno sobre el trabajo docente, contra las bases de profesores movilizados y en paro en protesta contra esa misma iniciativa en 2014 y 2015. El PC terminó perdiendo el Colegio de Profesores de forma estrepitosa luego de muchos años a su cabeza. En la medida que debieron defender a la vieja Concertación, a Bachelet y a las reformas de su gobierno, que iban en línea contraria a las demandas históricas del movimiento estudiantil, los comunistas perdieron posiciones desde el mismo 2011 en las organizaciones estudiantiles. Si bien siguen siendo relevantes en ellas, recién hoy recuperan algo de fuerza, luego de su debacle tras 2011, y en un movimiento estudiantil muy desarticulado. Por último, la CUT de la alianza de comunistas y socialistas es hoy una burocracia deslegitimada y raquítica. El espectáculo de federaciones completas que se descuelgan de la Central, acusaciones de corrupción y una abierta ilegitimidad de su última elección, es suficientemente triste. La crisis del sindicalismo no puede atribuirse únicamente al PC, pero la magnitud del derrumbe de la Central se acrecentó cuando el PC empeñó toda su fuerza sindical en defender las reformas tributaria y laboral del gobierno de Bachelet, desde 2014 a la fecha. El PC se volvió un partido de la transición, no porque haya entrado a la Nueva Mayoría, ni tampoco porque hicieron una alianza con la DC. El PC se volvió un partido de la transición cuando sus actos los pusieron en la defensa de leyes pro empresariales, cuando por hacerlo se desanclaron de las organizaciones sociales que en ellos se representaban, y así se volvieron un partido que puede hacer política sin sociedad, o sea, política de la transición. No es descubrir la pólvora el dar cuenta que la mayoría de las organizaciones sociales de las cuales el PC decidió desanclarse, se han acercado a posiciones de la nueva izquierda radical, lo cual habla no de una evolución natural entre una forma pasada y una presente de la política, sino de una elección entre dos formas vivas y distintas de hacer política.

Así las cosas, desde 2009, y sobre todo desde 2014 a la fecha, el PC no ha cesado de perder anclajes sociales de masas, los mismos que le dieron la fuerza moral impugnadora de la transición hace unas décadas. En los años de Recabarren, el anclaje social del PC eran los obreros, mayoritariamente en el salitre y en la cuenca del carbón, para los que el partido era su garantía de vida y espacio de dignidad. En los años de Corvalán y Teitelboim, el anclaje social eran los obreros de norte a sur, pobladores como los de La Victoria, y los campesinos, para quienes el partido era el instrumento para hacer el socialismo en Chile. En los noventa, confusos entre “la alegría” y la derrota evidente, el anclaje social de los comunistas estaba en las víctimas más radicales del modelo: jóvenes populares, estudiantes endeudados, profesores en vías de proletarizarse y un malestar cultural con la transición que cruzaba todo el país. Para ellos el partido era menos un instrumento de lucha que un espacio de resistencia moral, un lugar donde, entre otras cosas, no olvidar ni perdonar. Hoy esos parecen tiempos lejanos, y los noventa o el “Juntos Podemos” se miran con el pudor de quien recuerda el fracaso adolescente, a la vez que su historia aleccionadora se espeta contra el Frente Amplio. Ahora, el anclaje social del PC, sin duda, es el mismo PC. La necesidad social que han decidido representar en la política es su propia reproducción, aunque su historia indique que pueden ser otra cosa.

*

Toda esta historia de desanclaje de los dos grandes partidos de la izquierda del siglo XX, así como su éxito en convertirse en “partidos respetables” en la política, es la medida de la decadencia de la hipótesis socialista en ellos. Su autodesactivación como herramientas de los explotados y pobres del país -que siguen existiendo a pesar de no tener partidos- es un proceso histórico que no desaparece simplemente condenándolo. No vale el juicio moral, es necesario el análisis de cómo (¿les?) sucedió la adaptación de partidos que fueron de izquierda y de clases populares, en partidos que no pasan de ser rentistas de una historia en el pool de opciones del mercado electoral. La historia de ese proceso permite ilustrar peligros reales en la conformación de una izquierda del siglo XXI, hoy contenida mayormente en el Frente Amplio.

Si bien en las fuerzas que conforman el Frente Amplio hay una buena parte que se identifica en la historia de las fuerzas movilizadas en 2006 y 2011, y comprende al FA como parte -y no como conclusión- de esa historia, también existe una enorme masa que posee tanto entusiasmo como confusión, y pescadores de ríos revueltos dispuestos a aprovecharlo. Y si bien la duda es útil, la confusión no, y cuando se vuelve estructural conlleva el peligro fatal. La izquierda chilena bien sabe de eso. Aunque crece el apoyo al Frente Amplio entre franjas de base desilusionadas de la Nueva Mayoría y del PS y el PC, este se debate con una creciente burocratización de sus primeras líneas: Los rostros más conocidos provienen crecientemente de las máquinas orgánicas, y desaparecen de la notoriedad que alcanzaron hace algunos años los dirigentes de los movimientos sociales, los mismos que le dan sentido histórico político al Frente Amplio. Sin masas movilizadas imponiendo su interés al Frente Amplio, este corre el riesgo de ser absorbido por la transición. Aunque busque honestamente transformar la política de la transición, careciendo de fuerzas sociales autónomas para ello, termina tomando sus formas, adaptándose a ella, separando el esfuerzo electoral y la administración parlamentaria, de las organizaciones sociales y sus luchas específicas. Ese riesgo se desarrolla, por ejemplo, con la cuestión del programa: distintas máquinas se lo disputan y los anuncian por la prensa, o convocan a cabildos que desde arriba -desde los nuevos partidos- imponen la forma política del Estado a los luchadores sociales. Esto sucede mientras los documentos emanados de reflexiones colectivas realizadas en días de lucha por profesores, estudiantes, trabajadores anti-AFP, etc., se pierden en el fondo del casillero “lo social” que algunas izquierdas han creado para no molestar la “política pura” y de “adultos”.

De esta forma, el malestar actual en la sociedad chilena, en el que se basan el sentido del Frente Amplio, aunque no es de izquierda y es poco posible aún definir sus contornos y límites, parte importante de sus principales organizaciones y franjas militantes sí se han destacado por participar de una política rebelde y se acercan al FA. Pero de los argumentos de este escrito se debe desprender que no es la mera afirmación o la historia lo que le da a una fuerza política su carácter de “popular”, sino una relación política en el presente con las fuerzas sociales que hoy impugnan el neoliberalismo. Si, por mencionar un caso de ejemplo, los profesores que luchan hoy se sienten más cerca de las organizaciones políticas del FA que del PC no es un mero trasvase de votos producto de orientaciones que ocurren en la ideología, sino un cambio en la disposición de lucha de los mismos docentes y también del FA que se realizó en 2014 y 2015. La moral puede molestar, pero no puede obligar. Lo único real que impide la corrupción de las izquierdas es la fuerza social movilizada que necesita de ellos, que les demanda la realización de su interés directo e histórico, so pena de hacerlos desaparecer. No sirve ser reconocidos en la historicidad de la política transicional si abandonamos en el casillero “lo social” la historicidad política subalterna, tal y como lo hizo la renovación socialista de los MAPU. Recientes cambios de disposición al conflicto en distintas organizaciones sociales populares obligan, entonces, al FA a pensar no sólo una táctica electoral, sino ir más allá, a construir algo de lo que carecen tanto socialistas como comunistas, así como también las izquierdas dentro y fuera del Frente Amplio: una estrategia de salida del neoliberalismo. Sin eso, el FA deja de ser una fuerza política de perspectiva histórica, y al igual que el resto de la izquierda del siglo XX, se convierte en una oferta más en el mercado electoral.


Luis Thielemann

Historiador e investigador de la Fundación Nodo XXI