Cajas, pitos, bombos, tambores y platillos resuenan este domingo 21 por todo Valparaíso al compás de ritmos marciales. Miles de alumnos y alumnas de los colegios de la ciudad porteña y alrededores desfilan, desde la Plaza Sotomayor, por las principales calles encabezados por sus respectivas bandas de guerra.

Los estudiantes caminarán uniformados, formando escuadrones, con los rostros forzadamente inmutables, y moviéndose al paso del uno-dos. Capitaneados por el estandarte y la autoridad escolar, y luciendo las insignias y banderas del establecimiento, compartirán escena con 1.900 marinos, soldados y policías que por primera vez desde 1925 celebrarán el Día de las Glorias Navales sin que la cuenta pública presidencial les haga sombra.

Apoderados, familiares y docentes, aplaudirán y celebrarán la marcha, en presencia de las autoridades locales y regionales, y los altos mandos del Ejército y la Armada. Una vez al frente de su tribuna, los jóvenes les dedicarán un discreto saludo y proseguirán con el recorrido, que este año será tres veces más largo que en ediciones anteriores.

La tradición se tomará las calles no sólo de Valparaíso, sino también de otras ciudades como Talcahuano e Iquique. La jornada conmemorará el 138º aniversario de la batalla naval protagonizada por los hombres de Arturo Prat y Carlos Condell en contra de las naves peruanas Huáscar e Independencia durante la Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile con Bolivia y Perú.

Un folclore del que nadie se libra. Simplemente se aprende, se asume y se celebra como parte indispensable de la memoria histórica del pueblo chileno. Una suerte de fijación patriótica que hace que se normalice que miles de niños, niñas y adolescentes participen de una celebración militar y rindan honores a las instituciones castrenses que, por si fuera poco, en el último tiempo han destacado por las corruptelas, desviaciones de fondos y escándalos de espionaje.

Un feriado escolar para el 21 de mayo

La introducción de determinadas prácticas militaristas en la educación formal chilena remonta a la historia de ocupaciones coloniales y disputas bélicas entre vecinos regionales que construyeron los ejes del patriotismo en torno a “los héroes nacionales”.

El culto a los vencedores del Combate Naval de Iquique es casi contemporáneo al momento en que ocurre, en 1879. Sin embargo, según explica a El Desconcierto el historiador y docente del Instituto de Historia de la UC, Jorge Rojas, “fue a partir de fines de la década de los ‘90 de siglo XIX cuando se hizo más frecuente la ritualidad de desfilar”.

En 1895 el gobierno de la época estableció un feriado escolar para el 21 de mayo para facilitar la asistencia a los actos conmemorativos. “En aquella época no desfilaban sólo los escolares, también lo hacían los adultos en las organizaciones comunitarias: bomberos, cooperativas y organizaciones sociales”, precisa Rojas.

El académico sostiene que el ritual militar “se vio muy expuesto a los vaivenes políticos y a las lecturas que se hicieron del combate y de la figura de Prat” en cada época, quedando “muy subordinado al contexto histórico posterior”. “En épocas de crisis, de falta de unidad nacional y patriotismo, la figura de Prat se enaltecía”, añade.

Los gobiernos militares capitalizaron estos hitos y los reforzaron. Esta lógica se mantuvo también en otros países de la región, como Argentina donde, en los colegios, los niños de entre 9 y 10 años aún hoy prometen a la bandera.

En Chile, “el quiebre” llegó –según el historiador– con la vuelta a la democracia tras la dictadura militar, porque a pesar de que los gobiernos mantuvieron el interés por resguardar los hechos emblemáticos, “la conmemoración quedó muy asociada a lo que fueron las celebraciones oficiales de la época de Pinochet, y mucha gente se restó”.

Rojas, que en la última década ha estudiado la infancia chilena durante los siglos XIX y XX, precisa que la participación de los colegios –municipales, particulares subvencionados o privados– en este tipo de actos ha ido disminuyendo, sobre todo en Santiago, “pero en provincia son más convocantes y siguen siendo como un hito”, dice. Un hito que –según él– “sirve para justificar un litigio que se podría haber resuelto por otras vías”. “Hay un desconocimiento, un espíritu triunfalista y algo colonialista en todo eso”, espeta.

Homenajear a las Fuerzas Armadas

banda guerra

/ Agencia Uno

“Estudié en el Colegio Nuestra Señora de Pompeya de San Antonio, que era particular subvencionado, en el que formé parte de la banda de guerra durante cuatro años, de los 12 a los 16. Participaba en muchas instancias del colegio y la banda era una actividad extra programática más, algo muy común en la provincia”.

La ex presidenta de la Fech y actual candidata a diputada por el Frente Amplio, Camila Rojas, recuerda a la perfección el paso por la banda de guerra de su establecimiento. Empezó tocando la corneta y luego se pasó a la trompeta. Ensayaba tres días a la semana, durante dos horas, excepto el sábado en la mañana que se alargaba un poco más. “La banda me permitió aprender a tocar la trompeta y eso luego me posibilitó otras incursiones donde tocar”, explica. “Conocí a mucha gente gracias a esta instancia, por ejemplo, a mi mejor amiga”, añade.

La ex dirigente estudiantil defiende que tocar en la banda facilita el acceso a la música a muchos niños y niñas, “sobre todo en los colegios donde asisten alumnos más pobres”. Según ella, “sin esta opción no sabrían qué es manejar un instrumento porque no es un ramo obligatorio en todas las escuelas y, si se da, es muy teórico”.

Una opinión muy diferente es la que sostiene Danilo Llanos, docente del liceo artístico Guillermo Gronemeyer en Quilpué y director de la compañía de teatro La Peste: “Quise entrar en la banda de guerra de mi liceo sólo porque te ponían un 7 si lo hacías y por el hueveo rotundo y el carrete postensayo”, sostiene.

El profesor formó parte de la agrupación musical de los 15 a los 17 años en el liceo Santa Teresa de Valparaíso. En teoría, tocaba el clarín, aunque asegura que nunca aprendió a tocar nada. Hoy, su mirada sobre las bandas de guerra y el ritual del 21 de mayo es mucho más crítica y contundente. De hecho, decidió llevar a las tablas “Ensayo”, una obra que a través de un inesperado hecho ocurrido al interior de una banda de guerra de un liceo se cuestiona los conceptos de chilenidad y patriotismo.

Llanos denuncia que existe un tema de “prestigio y estatus” asociado a la banda, al desfile y a los roles que cada niño o niña ocupa en ellos. “Hay casos en que genera más estatus que el propio centro de alumnos, o también se da que el encargado de la banda participa del consejo escolar”, detalla.

Sobre las formas de promover y gestionar la participación en las bandas de guerra, Llanos reprueba “la selección” que se da en algunos colegios. “Elegían a las personas de la banda según el color de piel, el pelo o la altura. Las chicas rubias iban a primera fila; en la segunda, las trigueñas; y las morenitas, al final”, ejemplifica. “O el más alto y mino es el guaripola, que va delante; el que más manda y grita es el brigadier, que dirige el escuadrón; el que se porta mejor, lleva el estandarte”, añade.

La experiencia del profesor queda lejos del recuerdo que mantiene hasta hoy Camila Rojas de su banda. Sin embargo, la universitaria subraya la diferencia entre participar en la agrupación musical y hacerlo en el desfile: “Mientras en la banda íbamos para aprender a tocar un instrumento y además participábamos en otras actividades en torno al grupo durante todo el año, el desfile es obligatorio y la mayoría de los alumnos no quieren estar ahí”, dice. “Imagínate, estar en la enseñanza media y tener que desfilar delante de unas autoridades que no sabes ni quiénes son. Mis compañeros estaban súper aburridos y por lo único que les gustaba era porque se perdían clases”, añade.

Doce años más tarde, la reflexión que hace Rojas pasa por la dura crítica al homenaje castrense, más allá de que sean niños quienes lo hagan: “Rendir honores a las Fuerzas Armadas que en Chile no son democráticas y tienen pactos de silencio que han perjudicado a mucha gente es un espectáculo sin mucho sentido”, considera.

Danilo Llanos, por su parte, ve como un agravio que se justifiquen este tipo de acontecimientos desde “la tradición” porque eso implica, según él,“esquematizar comportamientos y relatos que se empiezan a reproducir sin mayor cuestionamiento”. En este sentido, sostiene: “Nadie cuando se celebra el Mes del Mar en Chile se plantea si es legítima la demanda de un mar para Bolivia o quiénes son los dueños del mar en Chile”.

¿Hacia una cultura de paz?

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/ Agencia Uno

El Ministerio de Educación tiene como objetivo en sus programas la promoción de la educación ciudadana y la cultura cívica. Pero, por otro lado, no promueve que se abandonen determinadas prácticas instaladas en los colegios, como la existencia de las brigadas seudo-militares que velan por el orden en los recreos, las bandas de música militar, el uniforme escolar –que tiene que ocuparse estrictamente en la inmensa mayoría de los establecimientos–, determinados protocolos de orden (pelo corto, zapatos lustrados, insignia al descubierto, etc.), formar antes de entrar, cantar el himno con cierta frecuencia, y otros rituales que acompañan a los y las estudiantes en todo su proceso escolar.

Sobre la participación de los niños, niñas y adolescentes en el desfile militar del Día de las Glorias Navales, la respuesta del Mineduc a este medio fue escueta: “La forma en la que las efemérides se conmemoran en los establecimientos educacionales corresponde a la autonomía que tiene cada sostenedor y comunidad educativa”.

Sin embargo, desde el Servicio Paz y Justicia, Serpaj Chile, una organización latinoamericana que, liderada por el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, promueve los derechos humanos a través de la educación, consideran que “faltan aún elementos que faciliten la relación enseñanza-aprendizaje basados en la cultura de paz y los derechos humanos”.

La asesora pedagógica de la unidad nacional de Infancia del Serpaj, Lucía Retamal, indica que “la militarización se asocia necesariamente a la violencia, a estructuras dogmáticas que muchas veces resultan ser incuestionables y si eso lo extrapolamos a la educación tendremos una sociedad donde va a primar el individualismo y la competencia”.

Según la experta, la naturalización de la violencia como una forma de relacionarse es uno de los efectos más “preocupantes” que estas actividades producen en el imaginario de los niños y niñas. “Cuando se presentan las bandas de guerra o los colegios en el desfile, hay mucha competencia entre establecimientos. Nosotros, que tenemos nuestra sede en Valparaíso, hemos visto que cuando los profesores o instructores preparan a los estudiantes hay mucha disciplina, mucho castigo por el error y mucha competencia entre ellos”, señala.

La alternativa que propone Serpaj es trabajar con el enfoque de “educación para la paz y fomentar una cultura del diálogo, el consenso y la resolución no violenta de conflictos”. Para ello sugiere ocupar los espacios de los que dispone la comunidad educativa (consejo escolar, asambleas, reuniones de apoderados, etc.) para “reflexionar sobre los motivos que llevan a un colegio a participar de un desfile militar, o a prestarse para rendir honores a los héroes de una guerra”.

Construir imaginarios desmilitarizados es una responsabilidad social y política que será imposible lograr sin un esfuerzo endógeno, del propio sistema educativo, para revisar y cambiar algunas de las prácticas más propias de un regimiento que de una clase. Mientras eso no ocurra, será más fácil que los niños y niñas de Chile interioricen el uso de la fuerza, la represión y la violencia.