La feijoada, uno de los platos más típicos de la culinaria de Brasil, es muy rica, pero también pesada. Se trata de un caldo de porotos negros y carne de cerdo ahumada que suele venir acompañada de arroz y un fritado de acelga con tocino y ajo, además de la infaltable caipiriña.

Este último sábado, en medio de su más grande crisis política, Michel Temer invitó a cientos de parlamentares aliados para una rica, pero pesada feijoada en el Palacio del Planalto. Protegido en la aislada Brasilia, el presidente brasileño, como una parodia tropical de Luis XVI, festejó con los suyos mientras el gobierno se cae a pedazos y la gente lo quiere en la guillotina.

Descolgado de la realidad, Temer interrumpió su banquete para dar otro pronunciamiento al país, el segundo desde que una grabación de su conversación con los empresarios frigoríficos Joesley e Wesley Batista reveló cómo él pedía dinero para comprar el silencio del ex diputado Eduardo Cunha, quien está detenido por la Operación Lava Jato y negocia acuerdo para delatar otros involucrados con corrupción en Petrobras, como forma de ablandar su pena.

Lo pesado de la comida fue porque algunos aliados se dividían entre llenarse la panza al lado del presidente y las conversaciones de pasillo, donde se hablaba que él ya no tenía las condiciones políticas de entregar las reformas a las que está comprometido. Aunque ha realizado algunas de ellas, falta la cereza del postre: las reformas previsional y laboral.

Por eso, se hace necesario cambiar rápidamente las piezas, antes que la izquierda recupere más terreno. Con los movimiento sociales como las torres, avanzando hacia adelante con las marchas en las calles -las más recientes en este domingo, en diversas capitales-, reclamando la renuncia y elecciones anticipadas. Es un escenario nuevo, en el que la coalición que llevó al golpe de Estado en contra de Dilma Rousseff y la llegada al poder de Temer se ha dividido, y los más poderosos de ese grupo, en términos económicos y mediáticos, se volvieron en contra del mandatario.

Muchas cosas pueden suceder esta semana, y entre ellas está una importante decisión que deberá tomar el Supremo Tribunal Federal (STF). Los 11 magistrados de la máxima instancia del Poder Judicial brasileño evaluarán si el presidente debe ser alejado de su cargo para responder a un juicio sobre la reciente denuncia. Si se confirma su salida, Brasil quedará nuevamente en un lío, porque los dos caballos que pueden saltar los peones y asumir la presidencia en ese caos… es decir, en ese caso, son el presidente de Cámara, Rodrigo Maia, y el presidente del Senado, Eunício Oliveira, pero ambos también están investigados y pueden ser atrapados incluso antes de la primera movida.

Para entender correctamente lo que  pasa en Brasil no sirven las explicaciones simples, y hay que ser un poco didáctico, observando quiénes son los actores y qué situaciones les hizo chocar intereses, hasta crear el quiebre en la derecha y los demás sucesos que pusieron en jaque al rey.

La alianza que derrumbó a la reina

Cuando se habla de una coalición, no siempre se trata de un acuerdo entre políticos. El grupo que se reunió para imponer la caída a Dilma es un ejemplo, porque no incluye solamente a partidos. También estaban involucrados grandes grupos empresariales, líderes religiosos evangélicos, los grandes medios de prensa -especialmente la todopoderosa Red Globo- y, por supuesto, muchos intereses extranjeros. Además, algunos suponen que incluso la Fiscalía y el Poder Judicial actuaron -aunque eso es subjetivo y no se ha basado en evidencias claras, algunas situaciones son bastante elocuentes, como el hecho de que el STF se omitiera ante un proceso de impeachment sin que la presidenta cometiera crimen.

En lo estrictamente político, la alianza estaba basada en la reunión entre el PMDB (Partido del Movimento Democrático, símbolo del centro político brasileño) y el PSDB (Partido Social Demócrata, que pese a ese nombre, ha transitado hacia la derecha ultraliberal en los últimos años, siendo el sector que defiende más fuertemente las políticas de austeridad y de amplia desestatización).

Ese acercamiento se dio a fines de 2015 y tuvo muchos significados -el PSDB nació en los años ’80 como una disidencia del PMDB, por considerar que la sigla estaba dominada por figuras involucradas en casos de corrupción. Aunque el PMDB apoyó en el parlamento a todos los presidentes post dictadura (incluyendo a Fernando Henrique Cardoso, del PSDB, el amigo personal de Ricardo Lagos que comandó el país entre 1994 y 2002), solamente durante el gobierno de Dilma el partido llegó a ser parte del Ejecutivo, como la fuerza de centro dentro de la lógica de conciliación de clases defendida por Lula desde la primera victoria electoral su partido, el PT (Partido de los Trabajadores).

En la navidad de 2015, alentado por Globo y por un grupo de grandes empresarios y líderes evangélicos, Michel Temer, vicepresidente de la fórmula de Dilma, decide que el PMDB debe romper el pacto de centro izquierda con el PT, y recrear el pacto de centro derecha con el PSDB.

Acá está la alianza en toda su expresión: el PMDB (partido más grande del centro), el PSDB (el más grande de la derecha), la FIESP (la Sofofa de São Paulo), los grandes bancos brasileños, los grandes medios de prensa (Globo, Folha, Estadão), los colectivos de jóvenes ultraliberales surgidos durante la campaña en contra de Dilma, además de algunos líderes religiosos evangélicos y sus partidos (entre las decenas de partidos del sistema brasileño, hay media docena que se califican como “partidos evangélicos, porque representan intereses de distintas iglesias, tienen poca representación pero suelen votar unidos, creando un grupo homogéneo y con alguna fuerza).

Aunque lo que llevó la gente a marchar contra Dilma era la indignación contra los casos de corrupción que se conocieron en Petrobras, al grupo quería sacar al PT del gobierno nunca le interesó el tema. Tanto es así que los que lideraron la maniobra desde el PMDB para derrocar a la presidenta fueron Eduardo Cunha y Michel Temer, dos figuras apuntadas por las investigaciones como ligadas a los contratos fraudulentos de la petrolera estatal brasileña desde hace muchos años -Cunha tuvo cargos no solamente en Petrobras sino que en varias estatales, y estuvo metido en escándalos en todos los gobiernos post dictadura-.

La agenda de los nuevos dueños del poder tenía entre sus objetivos el de imponer un riguroso límite presupuestario (en diciembre, Temer logró aprobar un congelamiento de 20 años en los gastos sociales, incluyendo salud, educación y vivienda), un plan de privatizaciones de los bancos estatales y de Petrobras, aumentar los gastos del Estado en avisaje para los grandes medios y para radios evangélicas regionales, además de otorgar nuevas concesiones de radio para las iglesias, reformar el sistema previsional solidario brasileño, que pasará a exigir 50 años de contribución sin lagunas para la jubilación, y finalmente los cambios en las leyes laborales, retirando muchas de las obligaciones empresariales y los mecanismos que favorecen la negociación colectiva desde los sindicatos, para un sistema en que el trabajador tendrá que negociar individualmente.

La economía en jaque

En sus doce meses de gobierno (cuatro de ellos como interino, entre las dos etapas del proceso contra Dilma), Temer ha logrado entregar la mitad de la lista de tareas que le exigieron, las que incluían medidas extremadamente impopulares, trayéndole consigo el costo de tener un gobierno impopular.

El escenario económico pintado sobre Brasil en la prensa chilena, sesgado por la ideología del mercado, está lejos de la realidad vivida por la gente. El país tiene 14 millones de adultos sin empleo, casi un Chile entero cesante, lo que hace que las cifras elegidas por el gobierno para defender su gestión no sirva de mucho. Además, el congelamiento del presupuesto en salud y educación, entre otros servicios públicos que se han debilitado, hacen que el panorama para esas personas sea aún más desalentador.

La caída de los índices de precios y de las tasas de interés son, en parte, reflejos de una sociedad con menos poder de compra y empresas que necesitaban revertir la recesión con intereses menos altos -los de Brasil todavía están entre los más altos del mundo, pese a la baja-. Prueba de ello es la seguidilla de récords negativos registrados en el comercio entre la navidad y el día de las madres.

Luego está el hecho de que los números positivos usados por el gobierno tampoco son confiables, una vez que el IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas de Brasil) cambió sus metodologías por exigencia del gobierno de Temer -cuando Cristina Fernández hizo lo mismo en Argentina, los grandes medios de prensa no dejaban de subrayar que eso era un intento por ocultar la inflación y los problemas económicos, apuntando como prueba de ello que la aprobación en caída de la presidenta contrastaba con el optimismo del discurso oficialista. En Brasil pasa exactamente lo mismo, o peor: la desaprobación de Temer va por los 77%, según números de antes del escándalo, pero el gobierno se sostiene en cifras económicas cuestionables pero jamás cuestionadas por una prensa que alienta a las reformas neoliberales impulsadas por su gobierno.

Una de las consignas de la alianza oficialista, surgida en las páginas del diario O Globo y repetidas hasta no más poder por el mismo Michel Temer, es que “hay que aprovechar la impopularidad para hacer las reformas que hay que hacer”, en referencia al paquete de medidas de austeridad y desmonte del Estado.

Eso significaba que la prensa, sobretodo la poderosísima Red Globo, estaba dispuesta a blindar a un presidente en jaque ante la opinión pública por los efectos de su política económica. La alianza estaba dispuesta a recrear los contrastes de los años ’90, cuando Brasil exhibía cifras macroeconómicas positivas mientras las personas en las calles sentían y sufrían la miseria creciente, e incluso si eso, en el caso de lo que pasa en los días actuales, significa fortalecer la nostalgia a Lula da Silva y el anhelo popular por su regreso al Planalto.

Prueba de ello es que en las últimas semanas de abril y primeras de mayo los telediarios de Globo dedicaron ediciones enteras y en días consecutivos a la relevante cobertura de las causas judiciales en contra de Lula, mientras casi se omitían sobre el paro general del 28 de abril, que tenía como blanco las reformas de Temer, y que ganaron escasos minutos de pantalla, y asimismo donde sólo se habló de los disturbios y cruces don la fuerza policial -una línea editorial que los estudiantes chilenos conocen muy bien-.

El acoso al rey

La condición para que Temer mantuviera su blindaje era preservar las condiciones políticas para impulsar las reformas que le exigían.

La protección de la prensa no es suficiente para convencer el Legislativo a aprobar medidas rechazadas por la ciudadanía, sobretodo cuando el parlamentario que la vota teme que eso pueda tener consecuencias en su reelección el 2018.

En ese sentido, 2017 ha sido un de los años más difíciles para Temer, que aprobó fácilmente el congelamiento de los gastos sociales en diciembre pasado, pero con los efectos de los cortes presupuestarios en políticas sociales ya sentidos en muchas partes del país, los parlamentarios pasaron a ser más cobrados en sus regiones.

Con ello, las reformas que quedaron por último ganaron un obstáculo más complejo. Una de las ideas propuestas por el gobierno para solucionar el tema fue proponer el regreso a las votaciones secretas, para que nadie supiera los que votaron en favor de las reformas, pero eso finalmente no se llevó a cabo.

Aún con más dificultad en el Parlamento y más resistencia en la calle, el gobierno fue logrando aprobar las materias de a poco. Pero luego vino la otra traba, aunque ya esperada, siendo él un conocido blanco de las investigaciones desde antes de asumir la presidencia.

El problema de los casos de corrupción que involucran a Temer y los otros personeros de la centro derecha que lo sostienen era más un problema para los sectores dentro que fuera de Brasil. Entre las ironías de analizar eso es que en la misma semana en que el empresario frigorífico Joesley Batista grabó la conversación en que Temer le pide coimas, a mediados de marzo, un artículo en Bloomberg decía sin remordimientos que habría que mantener a los políticos de la coalición oficialista denunciados en la Justicia, porque de ellos dependía la aprobación de las reformas exigidas por el mercado -y claro, Bloomberg habla al mercado y eso es lo que le interesa, aunque tampoco se conocía la grabación en ese entonces-.

En Brasil, sin embargo, algunos de los aliados no políticos dudaban de las condiciones que tenía Temer de aprobar las últimas reformas, sea por la mayor dificultad política en alcanzar mayoría, sea por estar siempre al borde de caer en un escándalo sin retorno.

Por eso la cobertura de los casos involucrando al presidente siempre exigían pruebas contundentes para atribuirle cualquier culpa real en los hechos, argumento usado para bajar los decibeles cuando las listas de beneficiados por coimas de OAS y Odebrecht citaban su nombre- lo que de hecho es periodísticamente correcto, aunque no se observa lo mismo cuando se tratan de otros acusados, sobretodo si son Dilma Rousseff o Lula da Silva.

De esta vez, sin embargo, Temer encontró su callejón. Era su voz pidiendo plata para acallar al diputado Cunha y a un operador político, y además se escucha el empresario decirle que había pasado plata a jueces y fiscales para interceder en una investigación a respecto de dineros ilegales de campaña -en un caso que presuntamente involucra a los dos, aunque eso no se precisa en la conversación-.

El enroque

Al día siguiente del descubrimiento, los comentaristas de Globo ya pedían su renuncia. Los números del mercado financiero -caída fuerte de la bolsa y alza importante de dólar- explican el tono de los grupos financieros. Aunque esos dos sectores, empresarios y medios, ya estaban entre los que desconfiaban de las capacidades de Temer, con este escándalo llegaron a certezas.

La mayor preocupación de esos grupos son el viraje político que eso puede significar. Con el presidente sin condiciones morales de gobernar, muchos grupos pasaron a manifestarse en la calle pidiendo no solo la renuncia del presidente sino que la anticipación de las elecciones generales marcadas para 2018. Un cambio político de esa magnitud podría ser fatal para la agenda neoliberal, con una derecha en baja ante la ciudadanía mientras Lula crece en las encuestas. Las manifestaciones no han sido pocas y se han visto en diferentes capitales del país, como São Paulo, Rio de Janeiro, Belo Horizonte, Salvador, Recife, Fortaleza y por supuesto Brasilia. Incluso la posibilidad de condena judicial de Lula por corrupción por los casos que se le investigan en Lava Jato se pondría más complicada, porque de ser anticipados los comicios, una eventual prisión del sindicalista podría facilitarle el discurso de que se trata de una persecución política en su contra.

Ante ese escenario, la coalición que sostenía el presidente se dividió. Globo y los empresarios pasaron a defender la rápida salida de Temer y su rápido reemplazo vía elecciones indirectas -lo que significa elegir un presidente solamente con votos de los parlamentares, como sucedió en Brasil en el fin de su última dictadura, en 1985. Un editorial reciente de Globo defendió que el enroque se haga rápida y eficientemente, alegando que Temer se tarda demasiado y pone en riesgo las reformas, al dejar que crezca el anhelo por elecciones directas con voto de toda la ciudadanía.

Por otro lado, los grupos ultraliberales, los evangélicos y algunos partidos todavía defienden a Temer como la única opción para aprobar las reformas. Tratan de avanzar diagonalmente, como los obispos del juego, con el argumento de que una elección indirecta puede ser un riesgo de desgaste aún mayor. Apuestan por recuperar la unidad dentro de la coalición del golpe y creen que uniendo fuerzas pueden jugar a desacreditar la acusación -algunos medios también se sumaron a ese discurso, como el diario Folha de São Paulo, que hace justamente eso, intenta cuestionar la grabación-.

También han criticado las manifestaciones, y tienen razón en que la demanda por elecciones directas todavía no ha despertado a la clase trabajadora. Las manifestaciones más grandes han juntado entre 50 y 70 mil personas, entre colectivos estudiantiles, los sindicatos mejor organizados y grupos de profesionales o intelectuales, pero la cifra todavía no se compara con los millones convocados por el paro general de 28 de abril o los cientos de miles de algunas manifestaciones en mediados de marzo.

Mientras tanto, se espera la decisión que tomará el STF – inicialmente, la pauta sobre el caso de Temer estaba agendada para el miércoles 24, pero la corte ha estimado prudente aguardar el resultado del peritaje a las grabaciones realizadas por los hermanos Batista antes de ello. Aun así se mantiene la expectativa de que ese sea el límite para el gobierno de Temer. El clima no lo favorece y uno de los factores que alimentan las especulaciones negativas para él es que la presidenta de la corte, la magistrada Cármen Lúcia, tuvo una reunión con los empresarios más poderosos de Brasil justo una semana antes de conocido ese escándalo  – hecho que además alimentó la versión de aquellos que creen que la Justicia es parte de la alianza del golpe. Entre los participantes estaban muchos de los que quieren el reemplazo urgente de Temer en la presidencia. No estaban los hermanos Batista, pero sí algunos de sus aliados más conocidos, como los directivos de Red Globo.

Aunque en lo concreto no se sabe si Temer aguanta en el cargo hasta el miércoles. El país no sabe mucho sobre su futuro inmediato. El rey/presidente está en ese angustiante momento en que sale de un jaque y cae en otro, y parece que la derrota definitiva es cuestión de tiempo.

Temer mira el tiempo, sus jugadas anteriores e incluso juegos de antaño. Quizás recuerde momentos similares en la historia reciente de Sudamérica, y recordará dos tocayos presidentes que también cayeron ahogados, no porque sufrieron un ataque brillante del adversario sino porque fueron abandonados por sus propias defensas: el brasileño Fernando Collor de Mello, en los primeros años post dictaduras cóndor, y Fernando de la Rúa, en la recordada crisis del corralito, en la Argentina entre siglos.

Seguramente habrá otros jaques durante esta semana que se inicia, y es alta la probabilidad de que uno de ellos sea el martes.