Por estos días la prensa internacional informa sobre la visita que el presidente de los Estados Unidos realiza a Arabia Saudí. Se trata del primer periplo de Donald Trump que lo llevará a Jerusalén y el Vaticano.  Más allá de los lugares exóticos con un tinte religioso, lo cierto es que el señor Trump va a cerrar negocios multimillonarios relacionados con venta de armamento: el monto total en Arabia bordearía los 110.000 millones de dólares.

Sin duda se trata de buenas noticias para la alicaída industria norteamericana, pero de muy malas noticias para la humanidad entera. No seamos ingenuos, donde hay grandes arsenales, hay guerras o vientos de guerra en el horizonte. En el complejo panorama geoestratégico del Oriente Medio, éstas son noticias inquietantes. La posición de la monarquía árabe saudita es el bastión estadounidense en la región, frente a la amenaza persa y la presencia rusa.

Basta pensar en todo cuanto se podría hacer con los montos involucrados en esta venta de armas para advertir que estamos sumidos en un perverso juego político y económico –una suerte de suicidio colectivo- que bien merece el calificativo de “la era de la estupidez”. La mayoría de los líderes políticos de la humanidad han apostado por la guerra y no por la paz. Poco o nada interesa hoy la lucha contra la miseria en tantas partes del planeta; a muy pocos interesa el desarrollo de alternativas frente a la urgente amenaza del cambio climático; para no hablar del imprescindible desafío de la educación y la salud a escala global.

Si un ser de otro mundo nos observara desde el firmamento, le costaría mucho entender cómo es posible dilapidar tantos recursos económicos para promover la guerra, el odio y la violencia. Cómo es posible que las naciones más “desarrolladas” de este mundo utilicen su tecnología para construir armas sofisticadas capaces de aniquilar la vida en todo el planeta. Cómo es posible que toda una especie dotada de razonamiento -muy básico, es cierto-  haya optado por celebrar su propia autodestrucción.


Académico