Hace un mes fue la Marcha por la Ciencia. Una iniciativa nacida en Estados Unidos, pero replicada en más de 600 ciudades, que nació a propósito de las políticas de Donald Trump de desconocer el cambio climático y recortar el presupuesto para la ciencia.

Cada lugar redactó su propio pliego de preocupaciones, pero en general todas estaban atravesadas por la necesidad de considerar evidencias científicas en la elaboración de políticas públicas, así como también mantener o aumentar los presupuestos para la ciencia y la investigación, entendidas en su amplia concepción.

Latinoamérica no ha sido ajena a esta discusión, dado que también han habido recortes presupuestarios importantes para la investigación. Estos recortes se han justificado con los magros resultados macroeconómicos de la región, aunque coinciden con el retroceso de los gobiernos progresistas en el continente, que en su momento aumentaron los presupuestos para la investigación.

Sin importar la región del globo de la que hablemos, las políticas de ciencia, tecnología e innovación (CTI) viven en una constante pugna por la definición misma de la actividad científica así como de su relación con la sociedad. Estas definiciones han ido cambiando a lo largo del tiempo y en función de las particularidades de cada lugar. Esto último es importante porque, a pesar del valor universal de los hechos y de la globalización de la actividad científica, la relación de la ciencia (o del conocimiento) con la sociedad será algo inevitablemente local, y pretender una universalidad a todo nivel es un error rotundo. Quizás ello pueda explicar que las Marchas por la Ciencia realizadas a lo largo del planeta, en su afán de ser transversales y universales, hayan terminado en demandas lo suficientemente generales para que cada cual las interprete según sus propios intereses. Esto es particularmente cierto para los poderes fácticos que probablemente vean a estos movimientos sociales de científicos solo como un entusiasta saludo a la bandera.

En Chile la Marcha por la Ciencia, aparte de las generalidades comentadas, hizo eco de algunos problemas gremiales de reciente visibilización, como la mala gestión en CONICYT, el estancamiento de los presupuestos y la precariedad laboral de los científicos. A pesar de lo circunscrito de estos problemas, va asomando tímidamente un análisis transversal que cruza esta y otras situaciones: la falta de una estrategia de CTI para el país.

La solución del establishment ante estos crecientes reclamos de los científicos fue la redacción de un proyecto de ley para crear un Ministerio de Ciencia y Tecnología. Este proyecto, si bien es visto como un triunfo por algunas de las caras más visible del mundo científico, es extremadamente acotado. Apenas alcanza para ordenar una parte de la institucionalidad vigente y a los grupos de poder existentes en los ámbitos productivo, empresarial y de gobierno. No incluye definiciones, ni el rol de los actores, ni responsabilidades, ni mecanismos de definición de políticas, ni mecanismos de financiamiento. Esto sin contar que es poco probable que sea aprobado en lo que queda de gobierno.

A pesar de estas y otras críticas al mencionado proyecto, la discusión de políticas en CTI se ha centrado en el eventual ministerio, minimizando otras demandas críticas, como la laboral, y en cierta forma desmovilizando al pequeño “activo social” científico que viene en un proceso de politización ascendente.

La pugna explícita por la definición de ciencia y su relación con la sociedad parece ausente como eje central de discusión, no solo ahora, sino que históricamente.

Definiciones de ciencia en Chile

Frente a la arremetida pro-innovación del progresismo local, desde mediados de los ’90 hasta la fecha, la comunidad científica tendió a adaptarse al nuevo escenario y a los nuevos concursos orientados al mercado. Sin embargo, algunos grupos de académicos consagrados y con ciertos niveles de poder en la academia, han defendido una definición de ciencia como una actividad de excelencia, donde el rol social de los científicos es, a lo más, hacer divulgación. Esta definición, popular al final de la segunda guerra mundial, fue la misma instalada por la dictadura cívico-militar junto con la contra-reforma educativa de los ’80, donde se entiende a la ciencia como una actividad impermeable a influencias externas, con una relación muy indirecta con la sociedad y enemiga de ideologías de cualquier tipo, o sea idealizada.

A pesar de lo anacrónico de esta definición, lo que ocurre en el EEUU de Trump o en la Argentina de Macri, le ha dado nuevos bríos. Estos y otros gobernantes, en general de derecha, han pretendido negar el rol de la ciencia -como el caso de Trump- o asignarle un rol extremadamente utilitarista en pos del mercado -en el caso del argentino amigo de Piñera-. Un funcionario del gobierno de Macri llegó a decir que “los investigadores deberían ser evaluados por el número de puestos de trabajo que generan”. Un sinsentido que raya en el ridículo, al desconocer por un lado que la ciencia en ningún caso podría evaluarse por su aplicación material inmediata y por otro al asumir que la única forma de que la ciencia aporte a la sociedad es a través del mercado.

Ya sea por la negación o la mercantilización de la ciencia, se genera una innata reacción en quienes entienden el valor real de la ciencia y del conocimiento, que los empuja a refugiarse en el otro extremo: la ciencia como actividad ajena a toda influencia externa y sin responsabilidad para con la sociedad que la sustenta. Ello explica que incluso muchas personas que se definen de izquierda adopten esta definición, cuando en realidad entienden que la ciencia, al ser financiada por todos, debe de alguna forma estar al servicio de la sociedad.

Desafíos de la izquierda

A partir de este panorama global y local es que la izquierda anti-neoliberal debe plantearse la disputa del sentido de la ciencia y del conocimiento y su relación con la sociedad. A partir de esto, debe asumir ciertos desafíos que urge abordar desde las políticas públicas.

Desde el Frente Amplio pretendemos que estos desafíos y definiciones sean parte del programa de gobierno y emerjan de las discusiones territoriales participativas que ya se están dando. Por lo pronto, podemos ver con buenos ojos el hecho de que el conocimiento y la CTI sean una preocupación de nuestros pre-candidatos presidenciales, que han puesto estos temas como uno de los ejes programáticos, vinculándolos a otros temas tan relevantes como matriz productiva o educación.

Entre estos desafíos, uno de más fundamentales es la identificación del modelo neoliberal como un enemigo común a buena parte de las reivindicaciones del mundo científico, donde el Estado se ha replegado a un rol exclusivamente subsidiario. Sin esta lectura, estas múltiples reivindicaciones aparecen como demandas gremiales, desconectadas entre sí y desconectadas con el resto de la realidad del país.

Es clave entonces, identificar los cerrojos institucionales que no han permitido el avance hacia una estrategia nacional de CTI, que tenga un foco en el bien común, que sea democrática, participativa y flexible, y tenga la capacidad de articular las políticas de desarrollo científico y tecnológico en todo el territorio, en pos de superar nuestra histórica dependencia científica y cultural.

En esta estrategia se deben incorporar nociones básicas de cómo recuperar un sentido colaborativo de la ciencia, dejando de lado las desviaciones neoliberales de la competencia individual a través de proyectos concursables. En reemplazo, aspiramos a algún mecanismo de financiamiento basal para los principales centros de investigación del país, o sea el sistema nacional de Universidades y los Centros de Investigación Estatales (CIE), donde la excelencia esté apoyada por estabilidad laboral y financiera de los proyectos.

Otros desafíos implican darle un enfoque de bien común a la investigación nacional, que abarque objetivos de mediano y largo plazo, donde se quite del centro la búsqueda de resultados netamente materiales y a corto plazo, como la creación de objetos de mercado o publicaciones científicas. Estos son importantes productos de la investigación que en ningún caso se deben abandonar, pero deben estar a la par con otras formas de retornos sociales del conocimiento, como la cultura, la educación o la salud pública, por nombrar algunos. Por supuesto para ello no solo basta declararlo, sino que hace falta proponer mecanismos explícitos de interacción entre estos distintos objetivos específicos, donde el trabajo transdisciplinario y la superación de la dicotomía ciencia básica/ciencia aplicada aparecen como elementos vitales para alcanzar tan necesario objetivo.

Evidentemente estos desafíos requieren de discusión para que, entre otras cosas, se elaboren propuestas concretas. Ciertamente tampoco son los únicos: el impulso a la ciencia regional, el rol de la mujer en la ciencia, la creación de oportunidades para jóvenes científicos, el rol de la empresa privada, el rol de las fuerzas armadas, el acceso al conocimiento y a las tecnologías, la relación con derechos humanos como educación, salud o vivienda, son algunos de los temas a abordar, pero siempre bajo un sentido público/colectivo en lugar de privado/individual sobre el que se basa el actual modelo neoliberal, cuya superación es lo que nos convoca como Frente Amplio.

Encuentro Temático de Ciencia y Tecnología

Finalmente, para profundizar este proceso de elaboración programática en torno al tema del conocimiento, desde el Grupo de Acción Programática de CTI del Frente Amplio planeamos organizar el Encuentro Temático de Ciencia y Tecnología. En este encuentro buscamos que científicas y científicos que se identifican con una izquierda transformadora, pero que no necesariamente participan del Frente Amplio, podamos dialogar y contraponer ideas, desde nuestros distintos espacios y disciplinas, para concretar propuestas para el qué hacer de la CTI. Este diálogo amplio es lo que podrá otorgar tanto un plan común como propuestas técnicas específicas, para así empezar a configurar una politización virtuosa de la comunidad científica y avanzar hacia una mayor injerencia en las políticas públicas del país.

Además es necesario sintetizar diferentes estrategias y tácticas a llevar a cabo dentro de la comunidad científica, que permitan aumentar la participación y organización de la misma. Hoy por hoy, existen diversas agrupaciones de científicos englobados alrededor de diferentes inquietudes, sean laborales, de postgrado, preocupados por políticas públicas o simplemente mayores recursos para la investigación científica. El generar espacios de encuentro y de acuerdo es necesario para poder ser una fuerza realmente transformadora que genere diferentes apuestas para el corto, mediano y largo plazo.

Hoy por hoy, el rol del Frente Amplio en el tema CTI debe ser el consolidar los avances anti-neoliberales alcanzados hasta ahora e hilar el conjunto de propuestas emanadas por la comunidad científica en términos de visión de la estructura productiva, educativa y laboral, sin pretender suplantar esa comunidad, sino que fortaleciendo su consolidación, propiciando sus discusiones de base y finalmente siendo parte de un actor político que logre encaminar la discusión de Ciencia y Tecnología como una cuestión prioritaria a ser resuelta por la izquierda emergente.


Gabriel Ascui es Ingeniero en biotecnología. Director Sindicato Honorarios Universidad de Chile y Felipe Villanelo es Bioquímico. Ex-dirigente estudiantil.