No es fácil plantear una hipótesis sobre cómo la mayoría de los medios de comunicación en Chile se han olvidado de su rol social, sobre todo porque este texto está siendo publicado en uno y pareciera entonces que me estoy boicoteando la tesis expuesta.

A pesar de esta especie de contradicción temática, esta es una idea que hace rato ronda mi cabeza y que se establece a partir de lecturas hechas de manera privada sobre los planteamientos de Tomas Moulian y Alberto Mayol, ambos sociólogos.

El primero desarrolla una interesante teoría sobre el gatopardismo discursivo en torno a la transición a la democracia, donde sólo se desarrollaron gestos que finalmente afianzaron el modelo generado en dictadura. Algo que hoy nos tiene con una tercera y/o cuarta edad (me encantan estos eufemismos para evitar hablar de manera concreta sobre la vejez) angustiada pensando en sus paupérrimas pensiones, enfermos que marchan para tener derecho a salud y una educación que sólo es buena a muy alto precio.

El segundo, en tanto, teoriza sobre el fuerte proceso de despolitización que se construyó en el mismo gobierno totalitario y que se ha ido solidificando en “democracia”, dejando entrever que el discurso aceptado es aquel que nos aleje completamente de la política y nos haga sólo seguidores del mercado, como si este estuviera fuera de cualquier pensamiento político y no reflejara cambios socio conductuales en la población chilena. Ejemplo claro de esto es lo que pasó hace unos día en el matinal de Mega, mientras se entrevistaba al candidato a la presidencia por Evópoli, Felipe Kast, quien manifestó que la discusión sobre el sistema económico era absurda ya que el problema radicaba en el sistema político, como si estos fueran dos ámbitos completamente separados y no dependieran el uno del otro –en este caso, claramente el político del económico-.

Creer que el neoliberalismo es sólo un sistema económico que no invade ningún otro ámbito socio cultural es quizás una de las ideas más arraigadas y desarrolladas por los medios como una manera de consolidarlo y hacerlo pasar como algo inocuo que no interfiere en nada nuestras vidas.

Tomando en cuenta esto, no es de extrañar el tratamiento que han dado los medios de comunicación a muchos de los temas relacionados con distintas instancias socioculturales, poniéndolos de manera tal que sólo ayuden a afianzar el modelo establecido en nuestro país y a dejar muy en claro que todo lo que se haga para cambiar el sistema imperante en este minuto podría generar una crisis tremenda y casi apocalíptica.

El mundo periodístico sistémico -hay otro que, si bien no es tan expuesto masivamente, sí existe- se escuda en una pseudo objetividad donde los relatos van conjugándose en pos de afianzar el modelo. Esto establece per se la idea de que cualquier cambio que se desarrolle perjudicaría ciertas libertades (todas de consumo) que se han logrado gracias al crecimiento económico en los últimos años.

Los cambios, claro está, a los que más podrían perjudicar es al mundo empresarial, y aquí caben todos los cambios que la ciudadanía requiere, ya que la salud, la educación, las pensiones y los impuestos han terminado siendo un negocio. El mundo empresarial también es dueño de casi la totalidad de la prensa en nuestro querido terruño.  No nos olvidemos que no existe ni un solo canal de televisión que no sea privado (inclusive TVN, que funciona con dineros privados y desarrolla lineamientos competitivos acordes a las necesidades de la industria de las comunicaciones).

Es así como, casi siempre, nos vemos enfrentados a una prensa que sin intensión ni autocrítica ve “la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, ya que ellos son parte de lo mismo que critican y no se dan cuenta de cómo cada tanto, generando una suerte de impacto estético, van profundizando una construcción ideológica que avala este sistema y que no permite siquiera discutirlo.

Hace un tiempo -no tanto tampoco- escuchaba a Gabriel Boric hablar de cómo se ha establecido un discurso que no permite el cuestionamiento al sistema imperante, ni siquiera pensar en otro o reflexionar críticamente sobre éste. Se ha naturalizado un modelo que nos ha influido psicológicamente como individuos y que ha permitido desde ahí una masa social ciega y sorda, no muda pero de lenguaje limitado y de pensamiento crítico inexistente.

La verdad es que es difícil establecer un comentario sobre cómo los medios ven las posibilidades de cambio ya que estos no sólo no han cambiado nada, sino que han entrado en una suerte de máquina del tiempo donde los discursos en general son afines a la cultura imperante y más parecen de los tardíos ochentas que de la segunda década del siglo XXI.

No es que no se traten ciertas temáticas. De hecho, podemos observar cómo distintos hitos se tratan inteligentemente, con gente pensante, que habla bonito, que incluso pareciera que hasta no están de acuerdo con ciertas cosas o que critican ciertos aspectos. Pocos, ya que el periodista que se precie de tal no es opinante ni crítico, sino ante todo “objetivo”.

Las audiencias, al parecer, compran todo: somos un ejemplo para el mundo y todo el orbe tiene sus ojos puestos en nosotros. Díganme: ¿cuándo antes habíamos tenido tantos futbolistas jugando en el extranjero y siendo millonarios? Si hasta tuvimos una Miss Universo y don Francisco aparece en la revista “Forbes” como uno de los empresarios de las comunicaciones más ricos del planeta. La hicimos, ¿qué importa una educación de calidad, una salud buena y una pensión de vejez digna? ¿Qué importa que ese mínimo porcentaje de la población (el 1%) sea inmensamente rico? Si total ya chorreará. En algún momento chorreará.

Por el momento, mejor nos preocupamos de que no hayan más programas de farándula (porque son tan dañinos, yo trabajé en casi todos), de que sigamos siendo el país más solidario del mundo (nuestra Teletón es un ejemplo mundial) y de ganar ahora sí el mundial de fútbol. Sobre los cambios… esas son cosas de políticos y yo en política no me meto.