Hace un tiempo escribí un correo al coordinador de un curso de postgrado que se dicta una vez al año en la facultad de química y farmacia de la universidad de Chile, generalmente en el segundo semestre del año académico. El curso lleva por nombre “historia y filosofía de la ciencia” y está pensado para estudiantes de doctorado en bioquímica, ciencias biomédicas, farmacología y química.

Yo mismo hice ese curso cuando estaba estudiando. La cátedra la coordina un vetusto doctor en química, un hombre jubilado, un profesor que ya se veía cansado por los años de trabajo y preocupaciones propias del mundo de la investigación. Las materias enseñadas eran muy sencillas, puros refritos de diapositivas bien soporíferas donde se hablaba de la vida de grandes científicos masculinos hasta el siglo XIX y la única evaluación era un ensayo final donde uno podía escribir lo que quisiera sobre algún tema tratado en el curso. De filosofía de la ciencia casi no se discutía.

Recuerdo haber hecho mi ensayo sobre Marie Curie, la única mujer científica que ha obtenido dos premios nobel: uno cuando aún vivía con su pareja Pierre en su casa vuelta laboratorio y otro, cuando era ya viuda, y tenía un joven amante físico que además era un hombre casado. Esta última situación le llevó a más de un problema –le pidieron que no se presentara públicamente a recibir el segundo premio nobel en física- en el conservador ambiente científico que aún prospera. Me fascina la vida de esta brillante mujer: los diarios del dolor de la viudez que escribió luego de la muerte de Pierre Curie, la correspondencia con su amante, su propia casa vuelta laboratorio, la radioactividad flotando en su living, la muerte producto de estas sustancias químicas. Tengo la impresión que lo que ella significa para la historia de la ciencia siempre es presentado de manera muy menor. El profesor me puso una buena nota pero también un comentario sobre mi escritura, que no había entendido el uso que hacía del lenguaje y que las fuentes que había trabajado (la mayoría científicas feministas) no eran las que se habían enseñado en las clases.

En cierta medida, este es un curso que no le importa mucho a la facultad. Entendí que esta cátedra fue hecha para subir los promedios finales, ya que hay cursos obligatorios como bioquímica estructural donde la severidad, complejidad, tasas de reprobación y malas notas es algo muy habitual. Siempre pensé que ese curso podría ser un espacio a intervenir con ciencia feminista, algo que jamás se ha hecho ni se ha debatido en ninguna de las tres facultades de ciencia donde he estudiado y trabajado. Por lo mismo, luego de terminar mi doctorado, escribí pidiendo hacer dos clases dentro de la cátedra donde abordara los aportes del feminismo a la ciencia contemporánea.

Pensaba leer y discutir el trabajo de Donna Haraway, Anne Fausto Sterling, Catherine Malabou y Eloísa Díaz, la primera mujer en terminar la carrera de medicina en Chile. Es importante destacar que el feminismo es una epistemología que permite mirar el mundo bajo códigos menos normalizados y es fundamental tener acceso a toda esta información. Algo así como unos lentes para enfocar la mirada miope del mundo científico masculino (por más que hayan cada día un mayor número de  mujeres en ciencia).

Desde la coordinación del curso se demoraron mucho en contestar mi correo, pero llegó la respuesta y fue negativa. Me explicaban de manera muy escueta que este tipo de conocimientos no les interesa y que mis intenciones “no tenían cabida” en este curso. Implícitamente me estaban diciendo que en ninguna otra cátedra tampoco. Respondí bastante ofuscado frente a su negativa que no daba ni siquiera instancias para el diálogo, les cuestioné la patriarcal bibliografía de su curso (no hay ninguna mujer incluida en los textos) y le decía que buscaría otras instancias para entregar esta información a los estudiantes de ciencia, que a mí al menos me parece fundamental para no repetir las fallas jerárquicas y las ignorancias del mundo que todos llevamos a cuesta.

Al poco tiempo conocí a José Herrera, un hermoso dirigente estudiantil de la facultad de química y farmacia, estudiante de cuarto año de la carrera, 21 años, que hace poco había ganado las elecciones en el centro de alumnos con su grupo de izquierda universitaria. Nos veíamos siempre en el entremedio de la facultad de medicina (donde trabajo actualmente) y la facultad de química y farmacia que están separadas por una calle solamente. Intercambiamos miradas varias veces en esa conurbación de facultades. Utilizaba lentes y aros, siempre con un volante o información sobre movilizaciones y propuestas de mejoras en oportunidades para los estudiantes más desposeídos que, así como José y yo, provenimos de familias humildes que fruto de mucho esfuerzo, becas y también endeudamientos pudimos estudiar una carrera científica. Nos acercamos y conversamos varias veces, en una de estas oportunidades le conté esta experiencia con el curso y hablamos de hacer unas clases abiertas durante este segundo semestre. Un curso donde puedan ir estudiantes de pre y post grado para discutir de ciencia y feminismo, un lugar donde podríamos compartir debates sobre el sexismo y los abusos de poder que se ven diariamente en la ciencia, como así también las investigaciones que ponen en cuestionamiento el binario hombre/mujer y abrir la posibilidad de una escritura encarnada en las investigaciones. También pensábamos en la importancia de incorporar esta información dentro del currículum académico, a pesar de la negativa imperante.

Pero una triste noticia nos despertó hace algunos días. José murió. Su cuerpo resbaló en la tina de su casa, estaba solo y su vida se apagó para siempre. Una trágica y prematura muerte anticipó su fin. Una injusta manera de morir. No he podido olvidarme de su muerte por días, la recuerdo mucho. Caló muy profundo su desaparición para mí.

Un réquiem es una manera de dar despedida a una vida a través de símbolos, textos, composiciones musicales, ritos y recuerdos. Quisiera pensar esta historia que nos une, este trazo autobiográfico que marca el espacio de resistencia ante lo masculinizado de las instituciones, como un réquiem del fracaso ante una vida que se apaga, una vida más que necesaria para seguir adelante con nuestras rebeldías. Este texto es como una de esas cartas que escribía Marie Curie a su esposo muerto, un lamento político y amoroso ante la muerte prematura de José Herrera, un activista que entregó su juventud e inteligencia siempre a favor de los demás.

En las carreras científicas, así como en casi todas las vidas académicas, recae sobre nosotros una fuerte idea de futuro, que todo ocurrirá mas adelante, que estamos siempre en una etapa de formación, que aún no somos dignos de un nombre o una palabra pública. Vivimos pensando en el futuro desde la infancia, desde esa adolescencia que “adolece de algo”, donde nos hacen creer que nos falta algo, como si nuestras piernas o cerebros no estuvieran lo suficientemente preparados para vivir el presente. En esta lógica, pareciera que los que mueren antes de la adultez no son dignos de una vida, no dejan rastro, no son nadie en el futuro. Los disidentes a la norma sexual y a la reproducción no tenemos futuro, no tenemos añoranzas de un tiempo mejor porque nuestro tiempo es ahora. Pienso en la vida de José, una vida sin futuro, recuerdo su memoria y me motiva poder cristalizarla en estas palabras, que quede en la memoria de muchos otros científicos disidentes que vendrán.

Por ahora lloro la muerte de José, la lloro y la recuerdo esperando no olvidarlo, buscando una manera de hacerlo parte de mí y de mis compañeras que sueltan lágrimas por una vida como la de José, una vida “digna de ser llorada”, de ser llorada una vida completa.


Biólogo, Doctor en Bioquímica. Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS)