Ya desde el mediodía el ambiente venía cargado. La Alameda hervía, llena de descontento e impotencia. Los estudiantes no planeaban dar tregua, tal como en el 2011.

Y con más rabia que argumentos se preparaban para enfrentar al poder, simbolizado en la policía.

Pero la ira frente a un gobierno –que no puede oponerse a la derecha– es transversal. Anónimos de la calle, profesores, gente trabajadora y profesionales, se aglomeraban para unir fuerzas con el estudiante.

Mientras el caos emergía, un anónimo vendedor de limones conversa con El Desconcierto y asegura estar a favor de las luchas. Con el rostro de Anonymous en la cara, asume el rol de Vendetta y apoya a quienes se enfrentan a Carabineros.

Y tras un cortísimo preámbulo, la marcha rápidamente se transformó en un eje de enfrentamientos.

Vendetta, sorpresivamente, terminó su labor de comerciante. O quizás no. Y como un juglar: divertía a la gente y se mofaba de Carabineros,

paseándose entre las patrullas, mostrando sus limones y poniéndole el pecho al “guanaco”; tentándolo para el ataque, llamando al peligro.

Y con su burlesca máscara de Anonymous saltaba vallas, corría y escapaba de los carros policiales. Para nuevamente volver a repetir la rutina.

Los Carabineros esperaban atentos. Se juntaban en pequeños grupos evidenciando debilidad,

ilusionando a su oponente (que armaba barricadas) para que tuvieran su ofensiva de rayados y pinturas, para que la lluvia de piedras y botellas creara un concierto callejero.

Y ahí estaba otra vez: La V de Venganza dándose vueltas de un lado a otro, ahora sin sus limones, pero empuñando una bandera mapuche,

insultando a los de verde, generando risas entre los manifestantes,

pero demostrando pena cuando en una de sus frases le dijo a la policía: “vos mataste a mi familia”.

Otra vez el anónimo de boina –y con polerón de Playboy– se camufló entre la multitud. Para reaparecer por última vez y seguir su batalla personal, sin piedras ni palos, pero con su bandera y deslenguada boca.

Al fin, la Vendetta no quiso ser parte de las escaramuzas postreras, con los que se sienten ajenos al sistema, con los que se ilusionan al ganar pequeñas batallas frente a los blindados.

Brazos de estudiantes, desnutridos por la mala educación;

frente a policías blindados, desnutridos de moral y ética;

combatían inyectados en adrenalina

(y probablemente algo más),

pero con certezas de que el final será el mismo de siempre.

Y así, como en todas las cuentas públicas,

los tiranos sonríen satisfechos.

Piedras más, piedras menos.

Santiago retoma su curso y la gente que escapa de la claustrofobia de Metro República,

ahora tose y llora al salir a la Alameda de las “lacrimógenas” Delicias.


Matías Adonis