El trabajo es una actividad humana, que se entiende en una sociedad sana, como forma para realizarse laboralmente y ganarse la vida como todos los trabajadores debemos hacer.

El trabajo en una sociedad es el sustento de la producción social de bienes y servicios, sin ese trabajo, y sin los trabajadores esa producción social no se puede realizar.

Es decir, es fundamental para que una sociedad funcione. En Chile, las precariedades de nuestras condiciones laborales están sustentadas en las transformaciones neoliberales a cargo de la dictadura genocida.

En 1979 la dictadura impuso un nuevo Código Laboral, diseñado con criterios de desregulación y precarización del trabajo, la idea política era dividir la fuerza de los trabajadores a través de la desarticulación de los sindicatos, romper los nexos colectivos para instalar la desolada individuación de los trabajadores chilenos.

Aquellos que sufren la muerte en la soledad de la explotación del “hombre por el hombre”, a pesar de todas las modernizaciones prometidas, y los crecimientos con chorreo, ahí seguimos sin capacidad de negociación colectiva fuerte.

Y con una culturización psicológica para transformarnos a todos en empresarios de sí mismo, gente positiva, coaching mentalizados que conforman la cultura de los trabajólicos.

La idea económica fue hacer más barato y flexible el recurso trabajo, un traje a la medida de los empresarios y el modelo neoliberal.

Privatizar la vida social ha tenido el costo de hacer desaparecer la sociedad, su sentido colectivo, su “nuevo trato” expresado en el fordismo y keynesianismo.

Las tecnologías del neoliberalismo han generado en nuestro país: un 90% de aumento de suicidios (OCDE), 1500 defunciones de chilenos al año son autoinflingidas (OMS), un 17% de los chilenos tiene síntomas de depresión (OMS), aproximadamente en 470,2% ha aumentado el consumo de antidepresivos en las últimas dos décadas (OMS).

Podríamos seguir estableciendo parámetros de estudios diversos, y agregaríamos más sustancialidad. La “psico política” (Han, 2014) del neoliberalismo en el trabajo ha generado un mayor incremento de las denuncias relacionadas con el daño moral, ejercido por jefes a subalternos, o entre los mismos pares.

El 80% de los trabajadores nacionales reconoce haber sido víctima de alguna forma de violencia psicológica en su trabajo y un 12 % reconoce haber sufrido acoso directo o “mobbing”. Estas cifras connotan a nuestro país, como uno de los más maltratadores laboralmente en la región, el segundo con honores de la liberalización del trabajo.

Nos ponemos la camiseta nacional del neoliberalismo, esa roja tiene aún las manchas del autoritarismo, la traducibilidad del abuso se metamorfosea a otros áreas de la desigualdad humana, ahí donde hay diferencia de poder, alguien abusa, eso es perpetuo, es microfísico, ese Pinochet espiritual, y conductual. El espíritu se creó para controlar la conducta, y no el espíritu, y este es un “nuevo espíritu del capitalismo” (Boltansky, 2002).

Las tragedias son símbolos, expresiones dantescas del drama humano. Lo ocurrido en la fábrica Fruna, ubicada en Maipú, es la síntesis radiográfica de los datos estadísticos de la realidad laboral de nuestro país.

Un trabajador se quitó la vida en su puesto de trabajo, producto del acoso laboral del que era objeto, y otro trabajador murió a causa de un ataque al corazón provocado por el impacto de ver a su compañero de laburo fenecido por su propia voluntad.

Los contextos sociales determinan los abusos, y en Chile se ha instalado “una cultura del abuso”, porque todos abusan y eso se transforma en carta de credenciales, algo así como la sociedad de los abusadores.

El rigor de la metralla y el ethos del mercado nos cambió los seres amables que éramos, donde “tener amigos, era mejor que tener dinero”, hoy quién podría sostener eso como algo aceptable.

La monetarización de nuestro mundo simbólico capturo el “egoísmo” como elixir de una vida individual monacal dedicada a la producción del mercado de los productos Fruna. La psicologización de la empresa puede terminar en una claustrofobia con pánico suicida.

Las condiciones de contexto nacional social laboral tienden a la escena limítrofe. Jornadas de trabajo extenuantes, los chilenos trabajan 2.097 horas al año (Encla, 2014). Un disciplinamiento laboral de características abismales, una perpetuación que se transforma en un tiempo monótonamente circular. Se puede morir de abuso pero también de monotonía, y se puede morir en la vida y no necesariamente en la muerte.

Son personas que viven para trabajar, ahí en ese margen, definen el destino y contenido de sus vidas, esto refleja una individuación y una soledad como carácter zen de nuestra convivencia nacional.

La segregación urbana supone traslados geográficos extenuantes, los santiaguinos, pasan 14 días al año movilizándose en el Metro o en Transantiago, más o menos como 84 minutos diarios en promedio (Inf. Uso Glb. de Transp. Públ 2016, por Moovit).

Hay comunas que son barrios dormitorios, y por tanto, solo se viven de tarde noche, los traslados son una rutina pesada en un transporte público que aún no da prueba de bienestar.

El acoso laboral es un flagelo del infame abusador,el imbécil obsecuente, que actúa con su sesgo parcial de una culturización con serios problemas en su justicia valórica.

Esos fascismos tan nuestros, donde el jefe de algo, o presidente de algo, discrimina la otredad que lo consagra, al otro con el que puede abusar, la macabra manía humana que se resiste a los reconocimientos de los derechos como valorización cultural.

Los lazos del colectivo se han disuelto en el anonimato y la pulverización de los sindicatos (Fund. Sol, 2016)). Esa dimensión de los grandes relatos con identidad nacional popular ha cedido ante la convicción psíquica de las rutas individuales, el límite a la gobernanza expresado en un Estado orientado a la desregulación y la concentración ha cercado las posibilidades de la construcción de grandes sujetos sociales.

Esta tragedia tiene un derrotero en los símbolos más culturales del neoliberalismo, su subjetivación del trabajo supone una escenificación frustrada y atomizada, la somatización del Burnout laboral es un estado del arte.

Los suicidios laborales son el cierre de la jornada laboral, la que vuelve a empezar para otros con las mismas cargas condicionantes de todos los días, que con el sudor de nuestras frentes tenemos que estresar la vida para extraer el sustento de la autoexplotación.


Sociólogo