Desabastecimiento programado, falta de alimentos, ataque a la moneda, ofensiva comunicacional, violencia callejera… esta historia es conocida, no es solo Venezuela hoy, Chile vivió el mismo escenario hace 40 años.

Sin embargo, la distancia con la que se critica o se opina sobre Venezuela, solo evidencia la incapacidad -y la ausencia- por parte de gran parte de la izquierda chilena de una real comprensión del proceso que ha vivido el país caribeño -y si se quiere, de toda la historia latinoamericana-.

Luego de un proceso revolucionario como el que impulsó Chávez de la mano del pueblo venezolano, el imperio norteamericano no ha cesado de conspirar, atacar y deslegitimar al proceso latinoamericano mas radical de los últimos 20 años. Y con radical me refiero a la voluntad e ímpetu de un pueblo de pensarse mas allá del capitalismo, del modelo que ha dominado nuestras relaciones sociales durante más de un siglo.

¿Qué se espera le suceda a un pueblo que ha sido capaz de gritar en la voz de su líder “váyanse al carajo, yankees de mierda”? El pueblo chileno debería saberlo muy bien…o quizás lo haya olvidado. Quizás los oscuros años entre el ’73 y el ’78 nos aflojen la memoria, quizás la purga que sufrió el sector más organizado del pueblo chileno nos permita concebir el nivel que puede tomar la “revancha”. O quizás el modelo que privatiza cotidianamente cada uno de nuestros derechos nos haga reflexionar: ¿Que otra cosa podría pasar en Venezuela?

Quizás a la “nueva izquierda”, que piensa que la lucha de clases es solo una categoría de análisis en desuso y prefiere refugiarse en la insipidez del “ciudadanismo”, le cueste comprender que hoy las protestas en Venezuela responden directamente a los intereses de las clases altas venezolanas -y al imperio-; que su carácter fascista no es una categoría discursiva, sino una forma de lucha concreta -¿en qué tipo de protesta pacifica se quema a un hombre vivo por ser negro y pobre (que para los sifrinos venezolanos, es sinónimo de ser chavista)?-; que la legitimidad de la oposición solo reside en el apoyo mediático mundial que se ha encargado una y otra vez de convertir al gobierno de Maduro (y de Chávez) en una extraña “dictadura” donde la policía “reprime” sin armas letales (compárese con las últimas manifestaciones de Brasil o Colombia), donde se han celebrado más elecciones que en cualquier país del continente y donde, para colmo, se reclama la ausencia de “libertad de expresión” frente a miles de cámaras y micrófonos.

Se pueden tener muchas criticas a la conducción de Maduro, al rol del Estado y de sus instituciones (aún capitalistas, aún liberales, aún burocráticas), pero la coyuntura actual nos exige un compromiso ético -no ausente de críticas- y activo con el proceso venezolano, no dejar espacio a los oportunismos, a la desinformación y aun menos a la indiferencia. El momento crucial que vive el pueblo venezolano exige de nosotros la más activa solidaridad y respaldo.

No basta que luchemos por desmantelar el legado -en exceso vigente- de la cruenta dictadura de Pinochet, o que nos contentemos con “actos poéticos” de “denuncia” sobre el rol del Agustín Edwards en nuestra historia, si no somos capaces de ver cómo la misma historia se repite frente a nuestros ojos, esta vez con un pueblo indómito como el venezolano, que ha sido capaz de volver a decirnos que otro mundo es posible.

El llamado hoy es a hacerse parte de las acciones de solidaridad con el pueblo venezolano y de contra-información ante el discurso de los medios masivos de comunicación. La izquierda chilena -y latinoamericana- está convocada a no caer en el oportunismo ni en los idealismos baratos -los procesos políticos y sociales se hacen con personas de carne y hueso-, pero más aún a no caer en la amnesia.

Silivia Rivera Cusicanqui, una muy sabia intelectual indígena boliviana, trae a colación, a propósito del connotado libro “Oprimidos pero no vencidos”, el siguiente lema: “qhip nayr uñtasis sarnaqapxañani”. Algo así como “mirar el pasado, para comprender el presente y caminar al futuro”.


Psicólogo Comunitario y Comunicador Social, Militante de Agrupación de Trabajadores y Trabajadoras DIGNIDAD