Los trabajos compilados en el libro son de estudiantes del programa de sexualidades críticas, perteneciente al Magíster en Estudios de Género de la Facultad de Ciencias Sociales. ¿Cuáles fueron los criterios que utilizaste para seleccionar y editar los artículos que, finalmente, aparecen en “Ficciones…”?

Por una parte, la calidad de los trabajos fue determinante. Incluyo a gente de distintas generaciones del magíster porque cuando empecé a dictar esta cátedra, hace nueve años, nunca pensé que iba a estar tanto tiempo trabajando en esto, y mi idea al plantear este curso era, de alguna manera, levantar reflexiones que leyeran todos los campos del activismo crítico hoy en día, a la vez que se hiciera un esfuerzo crítico de las políticas de homonormatividad e institucionalización del movimiento gay en Chile y el resto del mundo.

La creación de este programa es posterior a la visita de Paul Preciado –en ese entonces Beatriz–, en el año 2003. El curso se fue constituyendo como un espacio de discusión muy relevante, donde los tópicos abordados van desde el activismo hasta la relectura de textos que no estaban en circulación o habían sido sacados de la circulación más mainstream: piensa en los trabajos de Monique Wittig o Judith Butler, la misma Preciado y otros pensadores del género a lo largo de América Latina. Hoy, 2017, y atendiendo a este recorrido histórico que hago de mi cátedra, mi intención fue rescatar los textos que fuesen testimonio de esta época. “Ficciones políticas del cuerpo” se constituye como una especie de termómetro del activismo crítico y las formas en que actualmente estamos pensando el cuerpo, la militancia, el feminismo, lo queer de una forma relocalizada.

La característica particular, que es común a todos los ensayos compilados, es que son reflexiones situadas. No son opiniones simplonas sobre algún texto cánon del feminismo, sino una operacionalización crítica de varios de ellos, que pudiesen tener una salida a la esfera pública en tanto insumos para la discusión. Hay textos sobre las semánticas que se tejen en torno a la subjetividad de la mujer abusada sexualmente, otros sobre cómo pensar al vaginismo como una nueva expresión de la histeria, las prácticas sexo-afectivas homosexuales relacionadas con el contagio de VIH… son textos que se producen en un espacio académico, en una escuela de posgrado, pero que fueron escogidos porque tienen esta potencia de vocación pública.

En estos nueve años que llevas trabajando las sexualidades críticas, ¿cómo has percibido el cambio cultural en relación con los temas de género aquí en Chile? Palabras como patriarcado, heteronorma o incluso feminismo, otrora restringidas al espacio académico, ahora son de dominio y uso general. ¿De qué manera tú, situado en la institución universitaria, interpretas estos tránsitos, desde la relativa indiferencia en cuanto a las problemáticas en torno al género, a las primeras planas de los medios y el debate público?

Lo ilustraré con un ejemplo: que este libro haya sido publicado por Editorial Unviersitaria, y que sea parte de una colección muy celebrada en este último tiempo, ya es un signo de parte de la Unviersidad de Chile que demuestra la apertura actual hacia trabajos que enfaticen en el cruce entre género y activismo. En los años transcurridos, se han ampliado los marcos de las discusiones, tanto en lo político como en lo teórico. Antes éramos muy pocos los que discutíamos estas cosas, y si a alguno se le ocurría sacar el concepto de “homonormatividad” a la mesa, quedábamos todos mirando pa’l techo. Hoy puedes ver a cabros chicos, los pingüinos, manejando estos conceptos al revés y al derecho. Los ves también reivindicando la noción de “marica” en primera persona y, teniendo esto en cuenta, es constatable la masificación de estas discusiones, lo que me alegra mucho. Piensa en la cantidad de colectivos que se han formado y que escapan a las lógicas tradicionales y verticalistas de los grupos militantes de los noventas. Sus lógicas orgánicas también evidencian este cambio cultural. Ya no responden al formato de hacer política que heredamos de la lucha contra la dictadura, que a su vez se desprendían de la organización interna de los partidos políticos. Son otra cosa, y eso también lo celebro.

¿Cómo valorarías el aporte que se hace desde la esfera intelectual a la construcción de sentido feminista en los espacios más allá de las universidades? Te lo pregunto porque una de las grandes críticas que se les hace a los estudios de género como campo del conocimiento es que su aplicación práctica es reducida.

Primero que todo, quiero aclarar que yo no provengo del mundo académico. Mi definición, en términos gramscianos, es la de un intelectual orgánico. Partí el ejercicio crítico desde la calle, la plaza pública, la militancia activa. Soy como un trásnfuga de la academia. Me pienso en un vértice entre este espacio institucionalizado y lo que ocurre en las avenidas. Es sabido que la academia tiene prejuicios respecto del trabajo activista y viceversa. Entonces, hay ocasiones en las que estoy de acuerdo con esa crítica. Mira lo que pasó con los estudios queer en Estados Unidos: ahora están completamente cooptados por la metrópoli y que ahora sirven de matriz colonizadora de las definiciones de lo gay en todo el mundo. Y nosotros, en el sur, replicando como loros estas preguntas si acaso uno es queer o no. Lo que siempre he tratado de hacer es relocalizar el conocimiento aquí, en Chile, y ser un canal que comunique los ámbitos académicos y militantes, con el fin de masificar discusiones y enriquecerlas con las perspectivas de ambos lados.

Juan Pablo Sutherland, Gladys Marín y Pedro Lemebel

Pero si nos vamos a una escala menor, es decir, dentro de los mismos espacios académicos, el aporte de los estudios de género también ha sido cuestionado fuertemente a la luz de las denuncias de casos de acoso realizadas el año pasado desde la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Quedó la impresión de que, en cuanto a acciones concretas, los dos programas de magíster de género de la universidad quedaron al debe. Fue el activismo de base, los estudiantes organizados, quienes trabajaron por esclarecer y conseguir la justicia en estos casos.

Mi posición al respecto es que los programas de género en la Chile han tenido un momento y espacio relevante durante los últimos quince y veinte años, en los que plantearon discusiones desde la universidad pública hacia la sociedad civil. Lo que pasó ahora me parece una interrupción a esta apuesta política. No tengo los detalles, pero creo que es impresentable que no se esté tomando el pulso, desde nuestro lugar, a lo que está pasando. Por lo mismo el activismo es necesario. Son esos movimientos los que derriban las institucionalidades cuando los temas se estancan. Con lo sucedido en Filosofía y Humanidades se pudo constatar que fue el activismo el que desarmó las alianzas corporativas que protegían a los profesores involucrados en este delito y para mí es una buena señal. Este remezón es un llamado de alerta para repensar nuestra función, de que, si estamos criticando al poder y su ejercicio en todos los espacios, más atención deberíamos poner cuando estos desbalances ocurren dentro de la misma universidad.

Considerando que has estado presente en la militancia activa durante toda la transición, ¿qué diagnóstico haces del Chile de hoy y las ficciones de los cuerpos que se construyen desde el Estado hacia abajo?

En la presentación que hizo Diamela Eltit de este libro, ella hizo una analogía maravillosa utilizando a Frankenstein como representación de lo monstruoso, vinculándolo a la manera en que este texto fue construido, con las costuras expuestas, que constituyen finalmente un todo orgánico. También la metáfora sirve para ilustrar la condición de “raro” que conecta a las subjetividades que se analizan en cada ensayo, y es ahí donde quiero detenerme porque considero importante reapropiarnos de esta rareza y luchar contra la institucionalización y blanqueamiento de estos cuerpos otros en función de los intereses gubernamentales. Mi pregunta siempre va hacia resolver cómo escapar o desplazarse para evitar la cooptación y que estas identidades otras no pierdan su latencia política. Los cuerpos y las subjetividades que han ido develándose desde la post-dictadura hasta el presente han tenido distintos espacios de construcción. Cuando nosotros empezamos el movimiento homosexual en Chile, aún estaba penalizada la sodomía y la noción que la izquierda manejaba en torno a las problemáticas del cuerpo eran muy clásicas. Nos invisibilizaban diciéndonos que “¡Primero la revolución!” y después vendría el tiempo para hacerse cargo de las otras luchas, que a ellos les parecían distractoras de su proyecto de liberación utópica. En la utopía política de la izquierda del siglo XX nunca estuvo la utopía sexual como un objetivo a disputar.

Mi impresión es que en el presente es mucho más complejo que antes pensar en una política de los cuerpos. Ya no podemos pensar a tales cuerpos en los marcos ofrecidos por la teoría crítica del siglo pasado, donde estaban contenidos dentro de conceptos más grandes tales como “pueblo” o “multitud”. Hoy, las formas en las que puedes agenciar políticamente a los cuerpos son, indudablemente, más intrincadas, pues el capitalismo ha sido estratégico en modelar y reconstituir los significados que componen a un cuerpo. De ejemplo te pongo a los estudios que realiza Paul Preciado a las conexiones entre cuerpo y tecnologías del cuerpo, cuerpo y prótesis. Éstos enlaces abren un montón de preguntas en torno a las aristas desde las que se puede analizar el cuerpo como un territorio (o ficción) política.

Con lo que dijiste sobre esta intención de la izquierda de subordinar las luchas de género a la lucha de clases, no puedo evitar pensar en que hoy, 2017, asistimos a un movimiento inverso. Me refiero en particular a los movimientos por los derechos civiles de las mujeres y de liberación homosexual, cuyos discursos casi ni se hacen cargo de los conflictos sociales ni mucho menos de la lucha de clases. Se habla harto de interseccionalidad, pero se refleja poco en la práctica. ¿Cómo crees tú que se pueden aunar ambas luchas de manera efectiva?

Esa es la utopía. Me hablas del sueño que tenemos todos. Cuando Lemebel reivindica esa idea en el manifiesto de que nosotros, los maricas, hemos de ser arrastrados de las mechas por la izquierda tradicional al sidario cubano, alude a la disonancia que existe, desde hace mucho tiempo, entre las resistencias de clase y género. Es un desafío político, teórico y cultural unir a estas dos plataformas y construir, sobre ellas, un nuevo cauce de acción política. Si quiero que mi trabajo se enfoque en pensar al cuerpo, inevitablemente tengo que pensar también en el capital y cómo éste influye en la construcción simbólica del primero. Por eso es que existen estas diferencias con grupos como Iguales o el Movilh, porque ellos sólo piensan en la práctica política desde el nicho, desde un enfoque de derechos civiles que dejan fuera a cuerpos fuera de la norma, y que sólo se quedan en el rango de luchas del género. Muchas veces han demostrado una desconexión absoluta con las posturas del movimiento social, lo que encuentro de una sordera espantosa. Me acuerdo cuando estaban en paro los trabajadores del Registro Civil y justo en ese momento fue promulgado el acuerdo de unión civil. Iguales y Movilh no dudaron por un segundo en ponerse del lado del patrón. Así de grandes eran sus ganas de casarse. Me parece impresentable esa incomprensión del otro y la falta de tino al pensar que sus demandas eran más importantes que las de los funcionarios públicos que estaban en huelga.