El día 26 de abril llegó Richard Bobadilla desde Arica a la sede de la Federación de Trabajadores del Cobre (FTC) en Santiago. Iba sin nada: sin trabajo, sin grandes pertenencias y sin lugar donde dormir.

“Voy a viajar a Santiago a negociar con los dirigentes de Codelco, porque quieren negociar mi reintegro”, fue la mentira con la que -en el corto plazo- calmó a su pareja en el norte, además de sus hijos.

En la puerta de la FTC, Bobadilla ya tenía dos certezas. Una, que se manifestaría de forma pacífica para recuperar su trabajo a toda costa. La otra, que la porción de fideos que le dieron en el bus a la altura de La Serena sería su última comida en varios días.

La mina Radomiro Tomic, bautizada en honor al ex senador y candidato presidencial de la Democracia Cristiana por su labor en la nacionalización del cobre, es una mina a rajo abierto ubicada a 40 kilómetros al norte de Calama y a 3000 metros sobre el nivel del mar.

Su materia prima es el óxido y el sulfato de cobre, del que tiene una reserva del orden de 1.800 millones de toneladas.

Para llevar todo ese material desde las zonas de extracción a los “chancadores” se necesitan camiones capaces de cargar cientos de toneladas. Ahí es donde entraba en labores Richard Bobadilla, operador de esos vehículos con los que se trasladaba por los distintos niveles de la mina.

En 2012, una solicitud para ver un partido de Chile terminó muy mal para él, derivando en su desvinculación -finiquito que hasta el día de hoy no ha firmado-. Desde ese momento han pasado juicios, resoluciones que dan cuenta de la enfermedad que le provocó el hostigamiento laboral e ingratos episodios con la mutual de salud.

Hoy Bobadilla está empecinado en recuperar su trabajo. No quiere ni plata ni otro tipo de indemnización, solo quiere -y solo acepta- volver a sus labores.

Cuando hace 41 días llegó a golpear la puerta de la Federación de Trabajadores del Cobre en Bustamante 627 con la intención de refugiarse ahí durante su huelga de hambre, a Richard Bobadilla no lo dejaron entrar. Según su testimonio, fue el presidente de la instancia, Raimundo Espinoza, quien ordenó que se le sacara del lugar.

El no tener lugar no cambió la determinación del trabajador. Si no era dentro, sería en la misma entrada de la Federación donde iniciaría su protesta. “Hasta el día 20 estuve a la intemperie, con un puro saco y una frazada”, dice Bobadilla.

Fue a través de redes sociales que dirigentes del movimiento Cabreados de la Anef se movieron para conseguirle una carpa y otro saco de dormir, algo que él asegura que es como “una suite”.

Esa misma carpa azul hoy está acompañada de una cobertura de nailon para la lluvia. Además se han instalado tres mensajes. Uno es el lienzo que dice: “Codelco: la vida de Richard está en sus manos. El no pide ni un puto pe$o, sólo su reintegro”. Otro hace referencia a la Ley 16.744, y el último sirve como contador de los días que lleva la huelga de hambre, que es actualizado cada mañana.

Dentro de la carpa los objetos son varios: termo, desodorante, dos sacos, cobertores, diarios, botellas de agua, endulzante, azúcar, un celular, una pesa y el frasquito de pintura azul para actualizar el número de días. “Todo esto me ha llegado, aquí hay de todo menos comida”, dice Bobadilla mientras recibe a El Desconcierto, que lo entrevista con el sonido incesante de los autos de fondo y las ráfagas de viento que mueven la carpa cada vez que pasan a toda velocidad.

Ahí nos cuenta el cómo le cambió la vida después de haberse postulado para dirigente de su sindicato, elección que perdió con 95 votos y que, según su testimonio, fue el detonante de la situación que vive actualmente.

“Desde que perdí la elección, mis compañeros me repetían que me cuidara. La advertencia tomó sentido después de una solicitud que hice para ver un partido de la selección chilena contra Argentina del 16 de octubre de 2012. Vía radial, le pedí a mi jefe de turno el permiso para ver el encuentro. Él nos dijo que habían autorizado desde la gerencia, que teníamos que inscribirnos y que empezaríamos a pagar media hora diaria de la colación.

A pesar de esto, mi jefe me instó a llamar a los trabajadores y decirles que no paguen los tiempos, que después él arreglaría con ellos. Después me di cuenta que era para luego decir que él nunca dio instrucciones.

El día anterior al partido veía que camionetas me seguían, algo raro porque los camiones no suben a más de 10 km por hora. Todas estas cosas generaron una afección a mi salud, porque de todos lados me decían constantemente que me iban a cagar. Ese día no dormí bien y lo comuniqué. Me dieron un documento y bajé a mi casa en Calama en la noche. Volví a la mina el día siguiente para el partido.

Bajando del bus me dijeron que tengo que presentarme ante recursos humanos. Yo les dije que me dejaran ver el partido y después me diera un documento que mostrara que me instruían para bajar. Terminamos viendo el partido ocho trabajadores, de 120 autorizados.

Me dieron el documento para bajar a mi domicilio en Calama y volver a RRHH al día siguiente. Me hicieron hacer un relato de puño y letra de lo ocurrido y me mantuvieron días cumpliendo horario ahí, alejado de la mina. No me asignaron ninguna labor en el tiempo que permanecí ahí, no tenía libro de asistencia.

Un lunes me enviaron a sacar una hoja de vida del conductor al Registro Civil, y una vez que la saqué no pude ubicar al jefe que me la pidió. El miércoles de esa semana me hicieron un test de alcohol y drogas fuera de todo procedimiento. Salió negativo. Con todo esto, el 1 de noviembre me dijeron que el jefe de RRHH tenía que hablar conmigo.

‘Es muy doloroso para mí esto, pero vamos a prescindir de tus servicios’, me dijo. Luego me entregó una carta de despido que decía que desde el día 14 de octubre hasta el día 16 con un grupo de trabajadores organicé una actividad fuera de la jornada laboral para ver el partido de Chile y Argentina, todo lo anterior sin autorización de la jefatura directa. Que el día 25 de octubre hice abandono de mi lugar de trabajo a las 15:30 horas trasladándome a la ciudad de Calama. Que el día lunes 29 no asistí a mi trabajo sin justificación alguna, siendo que fue porque me pidieron el trámite del Registro Civil.

No firmé la carta.

Dos días después fui al médico y me diagnosticaron depresión. (Revisa el informe de la Inspección del Trabajo que habla del hostigamiento laboral sufrido por Bobadilla). El 7 de noviembre me llamó la Mutual de Seguridad y me hizo ingreso como enfermedad profesional, pero apelaron a la Superintendencia para recalificar mi enfermedad como de tipo común y le acogieron los alegatos.

Sin embargo, el día 8 de agosto de 2014  la Superintendencia revisó el caso y acreditó que se trataba de una enfermedad laboral.

En ese lapso hubo un juicio laboral donde mi abogado no solicitó mi reintegro al trabajo, sino que solo plata. Yo me enteré en el mismo juicio. Me sorprendió porque lo que siempre he querido, hasta el día de hoy, es mi reincorporación al trabajo…(Ver el fallo del Juzgado Laboral) Al apelar a la resolución, la Corte de Apelaciones dijo que mi despido estaba bien ejecutado (ver fallo de la Corte de Apelaciones). Intenté apelar a la Suprema, pero cuando estaba venciendo el plazo mi otro abogado me dijo que no interpuso los recursos.

El 5 de marzo de este año la Federación de Trabajadores del Cobre revisaría mi caso en Calama. Viajé desde Arica y me dijeron que ya se había visto el tema, sin solución aparente. Después me di cuenta de que ni el presidente ni la Federación tenían intenciones de ayudarme. Ahí mismo tomé la determinación de venir e iniciar la huelga de hambre.

Acá, en esta etapa, ya no proceso la palabra comida. La palabra es agua. He conocido buenos vecinos, me convidan agua caliente, ducha. Otros me juntan un bolso con ropa y me lo lavan. Hay unas pizzerías de acá que traen café -podrían traerme una pizzita mejor, jajaja-. Las trabajadoras del comercio sexual me preguntan por mi caso en la noche.

He perdido 11 kilos. Quizás yo no lo noto tanto, pero la gente que me ha visto sí. Yo venía con kilos de más, pero ya consumí la grasa que tenía en exceso. Ahora trato de gastar lo menos que pueda la energía que me queda.

Lo que estoy haciendo es algo de adentro. No es de plata, sino de dignidad, no puedo dejar que ellos digan cosas que no hice”.

-Día a día hay cientos de personas que sufren despidos injustificados, por qué llegar a este extremo?
-Es que cuando te das cuenta de que las instituciones, órganos del Estado, se prestan para el show, ves que es difícil llegar al objetivo por la vía que debería ser. Nunca fue mi intención una manifestación violenta, de amarrarme, de encadenarme, o tirarme bencina, porque lo que busco es volver a trabajar. Elegí la vía pacífica y espero que el Estado se pregunte por qué llegué a esto.

-Pero ¿por qué tiene que ser el trabajo que tenías?
-Porque todo lo que me hicieron fue injusto. Quiero demostrar eso, lo del montaje. Lo más grave fue que me enfermaron. Hay antecedentes para pedirle a Codelco que cumpla la ley. Si no, ¿con qué cara le pedirán después a Angloamerican o a BHP Billington que cumplan las normas sobre prácticas sindicales o enfermedad si el propio Estado no lo está haciendo?

-¿No podrías intentar probar tu punto y buscar en otro lado?
-No porque aunque tú puedas comprobar que el despido fue injustificado, igual la carta de despido está en el sistema informático. Saben que me postulé para dirigente. Tampoco se querrían hacer cargo de mi enfermedad preexistente, le corresponde a Codelco hacerse cargo. Es difícil llegar a una empresa y que te digan “ah y venís con una enfermedad de antes de depresión, por hostigamiento laboral…”. Hay varios trabajadores detrás mío que no tendrán ese problema.

-¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?
-Hasta lo último, hasta que me reintegren.

-¿Y en caso de que eso no pase?
-No me he puesto en ese caso. Que no vengan con plata ni nada, solo con el trabajo.