Mientras en Argentina hijas e hijos de violadores a los derechos humanos se movilizan junto con las víctimas, los organismos de derechos humanos y amplios sectores de la sociedad que adhieren a la demanda por verdad, justicia y memoria sobre los crímenes de la dictadura, en Chile figuras públicas como el sacerdote jesuita Fernando Montes, Benito Baranda y (oh! sorpresa) el otrora abogado en causas de derechos humanos Héctor Salazar, participan en un video realizado por la agrupación “Hijos y nietos prisioneros del pasado” para promover el perdón a los condenados por violaciones a los derechos humanos. Montes y Baranda han salido a desmentir que se hayan prestado para un video que llama al perdón, y entonces se trataría de una manipulación mal intencionada de sus participaciones.

En un ambiente de creciente impunidad y regresión ética en la región (recordemos al diputado que elogia al torturador de Dilma en Brasil, al 2×1 en Argentina y la duda sobre las cifras de víctimas que han manifestado personeros del gobierno de Macri), aparece este video que llama a “aprender a vivir y respetarnos” y terminar con el “odio y el rencor”. Resulta tan extraño ver este tipo de expresiones públicas por parte de las familias de los victimarios, porque pareciera que viven en un país que ya no existe, aquel donde la justicia estaba para legalizar el crimen, mientras que la oposición a los actos criminales ejecutados por la dictadura, y los hoy condenados por esos actos, era castigada con persecución, detención, tortura, muerte y eventual desaparición.

Esta comprensión tan acomodada de la justicia, me recuerda una portada de una revista que vi una vez cuando aparecieron las cuentas del Riggs, en la cual Jaqueline Pinochet decía algo así como “mi papá se preocupó por nosotros y quiso dejarnos asegurados”, tan simple como eso. Y todo lo que estaba pasando era tan injusto para ellos.

Este video intenta conmover al público con el testimonio anónimo de hijas de ex militares que hoy están en prisión, a través del uso de la voz del familiar doliente, pero que a diferencia de los familiares de las víctimas se hace en desconocimiento de la identidad de los victimarios. Esta treta resulta obvia, ya que podría a ser peligroso decir sus nombres, alguien podría preguntarse por los crímenes de los encarcelados, y la compasión se va a las pailas. La compasión se fundaría en la pretendida injusticia que viven estas personas, juzgarlas por sus actos delictuales no vendría a ser una consecuencia de esos actos, sino una consecuencia del odio y el rencor de las víctimas. Por cierto, ese discurso no es ninguna novedad, en la memoria emblemática de esos sectores la dictadura es un gesto heroico y salvador derivado de un quiebre, que según dicen “nos afectó a todos”, esto último resulta curioso, pues hubo quienes estuvieron dispuestos a matar y violar a otra parte de la sociedad, y convertirlos en víctimas, y que la “afectación” les llegó hace pocos años, cuando el Estado de derecho no favoreció la impunidad total. Y siguiendo con esa memoria salvadora, se supone que todos los males ocurridos a las víctimas son producto de sus propias acciones, ellas se pusieron en esa situación, primero llevando a Allende al poder, y ahora al parecer son las víctimas también las causantes de las penurias de sus padres y abuelos encarcelados, y las que tienen la llave para aliviar el sufrimiento.

Es tal la referencia a los cánones del pasado, que incluso hacen uso de la práctica del montaje, tan popular en dictadura. Los desmentidos de Montes y Baranda nos llevan a pensar que todo esto es lisa y llanamente eso, un montaje comunicacional, como los que tanto le gustaban a la dictadura con el fin de justificar sus acciones criminales o desligarse de ellas, desde el Plan Z (pura propaganda, por si alguien que aún cree en su existencia, en la UDI aún le dan crédito) hasta los inmediatos asesinatos post atentado a Pinochet (“purga entre marxistas”), pasando por los 119, rinconada de Maipú, y varios más.

Y, ¿qué esperan lograr con este video?, sin duda gestos por parte de las víctimas en orden a promover un clima de impunidad, porque en el mundo pretérito en el que viven estas familias de violadores a los derechos humanos, éstas aún creen que los actos personales bastan para movilizar a la justicia, como ocurría en la dictadura, y lograr así los tan buscados beneficios carcelarios para sus familiares.

Estamos a años luz de los que está pasando en Argentina, ¿por qué aquí estas hijas y nietos no reconocen públicamente los crímenes cometidos por sus padres y abuelos?, y se dejan de eufemismos y acusaciones de odio y rencor. ¿Siquiera han leído las sentencias condenatorias?, ¿Se las han leído a sus propios hijos, nietos de los condenados? (claramente no le conceden credibilidad a la palabra de las víctimas, y se ve que a la justicia tampoco), en lugar de eso le dicen al resto de la sociedad, a las víctimas y sus familiares, cómo deben comportarse cuando éstas han debido soportar 40 años de impunidad y mentiras. Porque en Chile el honor militar no es decir la verdad, dónde están los detenidos desaparecidos, quiénes mataron, quienes violaron, quiénes desaparecieron bajo sus manos, el honor militar es salvar el pellejo como bien lo decía la hija de Pinochet, es decir evitar verse “afectados”. Pretender que todo el resto nos comportemos de esa forma es de una audacia que sólo se entiende porque estas hijas y estos nietos, insisten en vivir en un país donde la justicia no castigaba a los criminales y donde el odio y el rencor era promovido por sus padres y abuelos, hoy justamente condenados. Sólo de estas hijas y nietos depende dejar de ser prisioneros del pasado y restituir una moral que sea capaz de reconocer el mal y daño causado.


Antropóloga, Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile.