De cara a la Conferencia de la Unión Internacional de Organizaciones de Investigación Forestal (IUFRO), solicitamos a diversos contactos y lazos que tenemos con la academia una columna de opinión sobre la realización de este encuentro, de modo de problematizar y ayudar a reflexionar desde el paradigma científico, el rol de la ciencia y de las universidades. Sin embargo, aunque la acogida fue buena, los resultados fueron infructuosos, pues quienes dedican su vida a la investigación saben que no es “económicamente sustentable” cuestionar la relación ciencia-empresa, y la no neutralidad que de ahí deviene.

En la Universidad de Concepción se vienen desarrollando eventos científicos ligados a la biotecnología y al modelo forestal desde hace tiempo. En 2004 acogieron el Foro Mundial de Biotecnología, en 2012, 2014 y 2016 se hicieron encuentros internacionales, y en estos días se ha realizado la Conferencia IUFRO, auspiciada por las principales transnacionales de biotecnología forestal (FuturaGene, SweTree Technologies, Arquimed y Arauco),  con aportes del gobierno regional y Fondecyt. 

El nuevo antecedente es que en esta oportunidad, frente a estos eventos, las organizaciones logran articularse y convocar a una semana de protesta contra el modelo forestal y su expansión mediante la modificación genética transgénica.

No  pretendemos agotar las razones para explicarnos lo que ocurre, pero sí dar cuenta de algo que nos parece relevante: la defensa de la vida. La región del Bío Bío viene experimentado los estragos del modelo forestal hace décadas, pero luego de los sendos incendios del verano pasado que devoraron todo a su paso, de entre las cenizas apareció la esperanza de muchos de que por fin se terminaría la pesadilla de las plantaciones y que se daría paso a otras apuestas de desarrollo local. Sin embargo, lejos de aquello, la respuesta de las autoridades, en la línea de la voluntad empresarial, es invertir en tecnología para dar una solución científica a un modelo científicamente derrotado. Eso resulta una bofetada a la inteligencia de un sur que aún ve en sus recuerdos abundantes bosques nativos que daban vida, sustento, espiritualidad, identidad y agua a los territorios.

Los árboles transgénicos son un tema ausente en el debate, la academia los ha hecho crecer en los laboratorios para luego transplantarlos a la vida de las comunidades, sin promover discusión colectiva, sin atender a los impactos brutales que traen consigo, sino más bien confiados en aquella primicia de que un problema de ingeniería tiene una solución de ingeniería. El problema es que este no es un problema de ingeniería, es un problema de principios, de entender de dos modos opuestos aquello de “bio”.

Tal como decía Frei Betto en Brasil frente a la devastación propiciada a nombre de los biocombustibles, estos no pueden llamarse bio sino necro combustibles, porque solo traen muerte. La biotecnología que “vende” la IUFRO es una necro tecnología, porque busca expandir un modelo de muerte y soslayar las urgentes preguntas en torno a cómo poner de nuevo la ciencia al servicio de la vida, y no la vida al servicio de la ciencia, que a su vez está al servicio de quienes la financian, o sea, de los grandes capitales transnacionales.

Hay dos Bío en el Bío Bío, y desde siempre supieron transitar juntas para regar la vida en uno de los ríos más hermosos de Chile. La semana de protesta contra el modelo forestal y la IUFRO viene a ser una posibilidad privilegiada de volver a conectar las dos bio, para que el agua corra libre y feliz en el territorio y deje de ser represada por cifras, patentes, certezas y estadísticas de dudosa procedencia. Para que ello pase, hay que partir por poner estos temas en la reflexión social, darnos permiso de crear juntos y juntas el modelo que más se ajusta a las necesidades, recursos, creatividades y capacidades de quienes habitan los territorios.


Director del Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales-OLCA