Los conservadores sensatos e inteligentes se dan cuenta de que son electoralmente más sexis si se hacen llamar liberales. Felipe Kast lo sabe y lo aprovecha astutamente para persuadirnos de que ser partidario del aborto es ser antiliberal, pese a que en el mundo occidental la inmensa mayoría de los liberales contemporáneos -tanto de izquierda como de derecha- son partidarios del aborto. Esta estrategia debe ser denunciada como lo que es: una sagaz maniobra de camuflaje político, de blanqueamiento (con detergente) de una derecha ultraconservadora que hace rato ha dejado de ser sexy, incluso para quienes se podrían interesar sinceramente en la preservación de una versión extrema del neoliberalismo. Hecha esa anotación inicial, vamos al fondo del asunto.

El argumento del liberalismo “a la Kast” es el siguiente: al embarazo no deseado subyace una colisión de intereses. Por una parte, el interés del feto a vivir (a crecer, a tener una vida como la nuestra, etc), y por otra, el deseo de la mujer de no tener que asumir un embarazo y una maternidad que rechaza. Con gran empatía, el liberal kastiano se muestra devastado por tener que violentar a la mujer: el querría no hacerlo, pero se resigna a obligarla a no abortar, porque de ese modo le salva la vida a un niño, cuyo derecho a vivir obviamente debe ser preferido por sobre el interés de la mujer. No es ningún secreto que la libertad de cada quien debe armonizarse con la libertad del resto, y en caso de que un interés de libertad sea sustancialmente de mayor peso que el otro, es aquél el que deberá prevalecer. Hasta ahí el argumento es familiar y hace bastante sentido. El problema es que no es aplicable al embarazo no deseado, al menos hasta estapas muy avanzados del embarazo[1].

Lesionar el interés de sobrevivencia de una persona inocente para proteger los intereses de libertad de otra persona es inaceptable: si la persona cuya vida será sacrificada no ha contribuido a generar una situación de peligro vital que no pueda ser suprimida sino mediante el sacrificio de una de las personas en conflicto, matarla es moralmente injustificable. El problema es que el feto, a lo menos hasta antes del inicio del tercer trimestre de gestación, carece de toda capacidad de ser sujeto de experiencias sensibles, debido a que su corteza cerebral aun no ha alcanzado un desarrollo suficiente para ello[2]. Por lo tanto, hasta antes de ese punto, el feto por definición no puede experimentar deseos ni ser titular de interés o derecho moral alguno. La afirmación de que ese feto posea un interés de sobrevivencia que colisione con el interés de libertad de la mujer embarazada es absolutamente inexplicable con arreglo a criterios estrictamente seculares que todos podamos compartir (al margen, por ejemplo, de nuestra confesión religiosa). Sólo acudir a argumentos metafísicos (que, en el fondo, son argumentos teológico-morales encubiertos) puede justificar la concepción del problema del aborto temprano como respuesta ante una colisión de derechos. En rigor, el único derecho en cuestión es la libertad de la mujer. El interés legislativo de proteger la vida en gestación mediante la prohibición del aborto no puede apoyarse en el interés subjetivo de un feto que carece de la capacidad psicológica de tenerlo[3]. Hasta que el feto sea capaz de ser sujeto de experiencias sensibles, el aborto consentido por la mujer embarazada es moralmente equivalente a la anticoncepción.

Concederle a los liberales “a la Kast” que al aborto subyace un conflicto de derechos, sólo se traduce en incrementar el sufrimiento de miles de mujeres que abortan llenas de culpa por estar “matando a una güagüa”, sin que dicha culpa tenga sustento racional alguno. Y esto nos lleva a darnos cuenta de una vez por todas de lo que se esconde detrás de la comprensión del aborto temprano como una colisión de derechos: la convicción religiosamente determinada de que el embrión y el feto son seres creados a imagen y semejanza de Dios. Se trata de una premisa antropológica irreductiblemente cristiana (otras religiones tienen fundamentos diferentes para prohibir el aborto). En base a dicha convicción fundamental, el argumento que sigue es fácil de secularizar y de vestir con los ropajes del liberalismo: todo individuo de la especie humana, desde la concepción hasta la muerte, tiene un derecho moral a la vida. Sin embargo, ello implica malentender cual es el fundamento de los derechos morales, que no es otro que el de albergar deseos e intereses que los demás tienen el deber de respetar. Un organismo genéticamente humano que no posea la capacidad de experimentarlos (por ejemplo, un muerto cerebral, cuyas funciones vitales sean mantenidas artificialmente por medio de un ventilador mecánico) no es un sujeto de consideración moral.

Si partimos de la base de que en una sociedad abierta y secular las normas jurídicas o de moral social deben ser fundamentadas con arreglo a premisas que no dependan de las convicciones metafísicas o religiosas de las personas, es preciso poner en evidencia el déficit de secularización que revisten argumentos como el de Felipe Kast en contra del aborto. Una moral social secularizada que no se base en la coordinación de intereses de seres que sean capaces de tenerlos, es una moral sin sentido.

[1] Por problemas de espacio, me reservo mis argumentos acerca del aborto tardío para otro momento.

[2] Korein, Julius. 1997.”Ontogenesis of the Brain in the Human Organism: Definitions of Life and Death of the Human Being and Person”. Advances in Bioethics 2: 1-74; Glover, Vivette y Fisk, Nicholas M. 1999. “Fetal Pain: Implications for Research and Practice.” British Journal of Obstetrics and Gynaecology 106: 881-86

[3] Mis reflexiones deben mucho al pensamiento de Norbert Hoerster. Ver: Hoerster, Norbert. 1991. Abtreibung im säkularen Staat: Argumente gegen den § 218. Frankfurt am Main: Suhrkamp.


Abogado, Universidad de Chile. Actualmente cursando doctorado en derecho en la Universidad de Bonn.