Al aproximarse la medianoche de aquella extensa jornada del plebiscito, un grupo de jóvenes simpatizantes del FPMR Autónomo había organizado previamente un plan de acciones subversivas hacia las torres del tendido eléctrico que estaban cerca del barrio. Estos jóvenes pobladores no tenían una filiación orgánica con el movimiento: no había una comunicación fluida con estructuras regionales o nacionales, ni menos recibían instrucciones internas para llevar a cabo acciones políticas en nombre del movimiento. A estos jóvenes los movilizaba una generosa voluntad para impedir lo que ellos denominaban “la trampa electoral” y el probable fraude que la propia dictadura iba a perpetrar para evitar su derrota.  En días previos, habían seguido disciplinadamente un protocolo de trabajo sobre las actividades que debían ejecutar en la noche de ese cinco de octubre: planificaron la hora exacta en que debían partir a colocar los artefactos explosivos y la ruta que debían seguir.

Al caer la noche del día cinco, un desalojo pasajero se apoderó de las calles y pasajes del barrio. Los pobladores, recluidos en sus casas, escuchaban los programas radiales sobre el curso que a esa hora llevaban los recuentos de los votos en el país. A la vez, miraban de reojo los programas de la televisión, que emitían boletines preliminares en que los voceros de la dictadura anunciaban una ventaja de votos para la continuidad del pinochetismo.  A las diez de la noche, estos jóvenes estaban aún más convencidos del posible fraude electoral y, tras el segundo boletín entregado por el vocero de la dictadura, para ellos no cabía otra acción política que el llamado a la insurrección de los pobladores contra la inminente perpetuación del dictador.

Por eso, pasada la medianoche y en la madrugada del día seis, los jóvenes partieron con sus municiones artesanales – escondidas en un bolso oscuro–  hacia una zona baldía donde se ubicaban dos torres eléctricas de alta tensión. En el transitar por las calles del vecindario, se encontraron repentinamente con cientos de vecinos que habían salido de sus casas a celebrar, y en ese instante se perdieron en la densa multitud que copaba las principales avenidas del barrio. Mientras trataban de avanzar, eran interrumpidos por familiares y amigos que los abrazaban y saltaban con ellos. Por su parte, los jóvenes intentaban sortear a la multitud, y así evitar un excesivo movimiento del bolso; en ese momento difícil trataban de evitar ser zamarreados por la multitud, ante la manifiesta posibilidad de una explosión del equipaje.

Las calles estaban desbordadas de pobladores, y las plazas muy pronto se transformaron en improvisadas quintas de recreo, con música al aire libre. Los jóvenes seguían en medio de la multitud, sin tener posibilidad de zafarse de la algarabía, y a la vez disimulaban al máximo el contenido que acarreaban en aquel bulto oscuro. La tarea de avanzar hacia el objetivo planeado se hacía cada vez más difícil, y mientras trataban de trasladarse, iban recibiendo vasos de alcohol que los amigos les ofrecían para integrarlos a la celebración. Ya en la madrugada del día seis de octubre, estos jóvenes seguían estancados en medio de la multitud, y a esa hora habían sido permeados por un relativo relajo gracias a una considerable cantidad de vino y licor que ya estaba alojada en sus cuerpos.

En el trascurso de esa madrugada, se produjeron espontáneas conversaciones que, al unísono con los festejos, reanimaron disputas políticas entre estos jóvenes y algunos dirigentes locales sobre la coyuntura política; al mismo tiempo, eran también invitados a participar de improvisados bailes entre los vecinos.  A esa hora, estos jóvenes habían decidido esconder el bolso en medio de pequeños matorrales en los jardines del vecindario, para evitar así su excesivo movimiento; estimaban que en unas horas más, los festejos iban a sufrir un declive natural a medida que se acercara el amanecer y, en ese momento, tenían decidido cumplir con el protocolo pactado. A eso de las cinco de la mañana, se acercaron a los matorrales para recoger el bolso y emprender camino hacia el sitio baldío donde se encontraban las torres eléctricas.

Los jóvenes quedaron paralizados cuando al aproximarse a los matorrales no encontraron el bolso, y en ese instante cundió la angustia ante la desaparición de las municiones. Con desesperación revisaron cada matorral del sector en una búsqueda detenida que duró una media hora. Algunos pobladores que todavía se resistían a clausurar los festejos, fueron interrogados por los jóvenes para saber si tenían alguna información sobre el paradero del bolso. Uno le preguntó a un poblador: “Compañero, ¿usted ha visto por aquí un bolso oscuro, que se nos perdió?” El poblador, que a esa hora sólo balbuceaba algunas palabras por los efectos del alcohol, le contrapreguntó al joven: “Compañero, ¿usted ubica al Terry y al Bob, esos perros callejeros que viven en estos pasajes?”. Sacudido por la angustia, el joven le señala con un leve movimiento de cabeza que no los conoce. El poblador, aún más descriptivo, le dice: “El Bob, es de color amarillo y el Terry, es de color café con las patas negras; a esos perros los he visto arrastrando un bolso en el hocico”.

El amanecer se aproximaba y una tenue claridad mostraba los rostros agobiados de los jóvenes. Eran ya las seis de la mañana del día seis, y en los últimos esfuerzos de la búsqueda, encontraron a los perros descritos por el poblador tratando de sacar comida de unos basureros. En ese instante, examinaron minuciosamente alrededor del lugar donde estaban los canes, y lamentablemente, no hallaron rastro alguno del bolso extraviado. Se sentaron en la cuneta de la calle, y una ligera resignación se apoderó de ellos. De pronto, los perros comenzaron a ladrar sin parar, y los jóvenes vieron a algunos pobladores arrancando hacia sus casas, tras lo cual se levantaron rápidamente y corrieron a refugiarse en sus hogares.

A las siete de la mañana, un contingente masivo de policías apertrechados con uniformes de guerra allanó cada casa del barrio. Su objetivo era encontrar evidencia en la fabricación de explosivos, cuestión que con el transcurrir de las horas resultó infructuosa. El capitán a cargo de la seguridad policial en ese sector, interrogó a algunos vecinos para saber quién era el dueño del perro amarillo que llegó junto a un perro café con un bolso oscuro en el hocico. A lo que un poblador respondió: “Señor, son perros de la calle que los vecinos de aquí les dan comida de vez en cuando”. El capitán les señala: “Señores, estos perros se han aproximado a la puerta de la tenencia policial y han dejado un bolso oscuro que contenía dinamita para ser usada en una explosión”.

El capitán continuó con su alocución y dijo: “Nosotros tenemos cierta certeza de que estos perros han sido entrenados por alguien, para perpetrar un atentado a la tenencia y necesitamos saber quiénes están dándole comida”. En ese momento, una risa espontánea se apoderó de los pobladores, y uno de ellos le indicó al capitán: “La que más comida da al Bob y al Terry, es la abuelita Clara que tiene noventa años y vive en la casa verde de esa esquina. Lo curioso, señor, es que esa abuelita es la única persona del barrio que se declara pinochetista


Sociólogo y profesor universitario