En esta breves líneas me gustaría plantear que, a contrapelo de la opinión común levantada por Carlos Peña en su columna del día domingo recién pasado acerca de que el argumento de Felipe Kast en contra del aborto constituía un “liberalismo descafeinado” o lisa y llanamente un argumento anti-liberal, quisiera plantear exactamente lo contrario: siendo anti-aborto, Kast es también un liberal. Peña estetiza demasiado al “liberalismo”.

Da por entendido que el liberalismo siempre ha optado por la libre elección de cada uno respecto de su cuerpo y supone que siempre ha sido factor de progreso en las sociedades llamadas “occidentales”. En este registro, Peña supuestamente nos recuerda que el argumento pro-aborto es un argumento abiertamente liberal: se trata que la mujer tenga derechos sobre su cuerpo y, por tanto, pueda decidir si acaso quiere o no practicar un aborto.

Al estetizar el liberalismo, Peña encubre algo mucho más crucial que conecta al liberalismo con la propuesta de Felipe Kast: gran parte de los liberales del siglo XVIII y parte del XIX fueron partidarios de la esclavitud. No había contradicción en que el propio John Locke fuera dueño de una empresa de esclavos puesto que, en último término, el liberalismo asumió la cosificación de la vida identificada inmediatamente a la propiedad.

A estos efectos, sería importante recordar un pequeño pero decisivo libro como el de Domenico Losurdo titulado Contrahistoria del liberalismo para evitar hacer “hagiografías” del liberalismo (santificándolo, mostrándolo como motor del progreso, etc) y atender a sus prácticas históricas: “Lejos de ser el lugar donde todos los individuos se encuentran libremente como vendedores y adquirientes de mercancías, durante siglos el mercado liberal ha sido el lugar de exclusión, de la deshumanización y hasta del terror”– escribe Losurdo. Con el término “liberal” se designó dos movimientos que remitían a una misma razón: por un lado a la vía anti-monárquica y, por otro, al discurso civilizatorio; por un lado, la línea democrática que orienta sus esfuerzos a decapitar al rey y, por otro, la línea imperialista que impide la sublevación esclavista en Haití.

El liberalismo ha sido siempre “blanco” entendiendo por tal, la posición de poder “eurocéntrica” articulada en función de una norma antropológica  precisa: el hombre –blanco y masculino–  es un sujeto y agente del pensamiento que, como tal puede ser amo y señor de su propio cuerpo. Como la noción de “vida”, el término “cuerpo” designa una “cosa” respecto de la cual se tiene el legítimo derecho a convertirla en su propiedad. Como “no persona”, el “cuerpo” se identificó por mucho tiempo con el esclavo, en tanto este último, no era sino una propiedad del amo, exactamente como lo sería el propio cuerpo conducido por una razón que lo ha disciplinado al punto de convertirlo en la primera “fuerza de trabajo” que todo humano puede comenzar a comerciar.

Persona y no-persona, humano e inhumano, el liberalismo ha sorteado las aporías constituyendose como una tecnología mucho más eficaz que aquella de corte soberano orientado a la conducción de los cuerpos. “Gobierno” es su término preferido, “economía” su recurso propiamente político y “propiedad” su defensa última y primera.

Volvamos a Kast: con su opinión anti-aborto Kast condena a las mujeres a una forma de esclavitud en la que éstas no calzan con el ideal “blanco” y “masculino” del hombre liberal. Mujer significará, pues, la “cosa” que no es más que un cuerpo propiedad del amo que –deberíamos entender– sería el hombre. Lejos del esteticismo liberal promovido por Peña (curiosamente, desde una tribuna muy poco liberal, en cierto sentido, sino “reaccionaria”), Kast es también un verdadero liberal precisamente porque esgrime un argumento anti-aborto. Sólo el hombre puede decidir, no la mujer, exactamente como para Locke, sólo los europeos podían decidir y no así sus esclavos que no dejaba de comerciar por el mundo. Kast está a favor de la esclavitud de la mujer, como los liberales de su tiempo estuvieron en contra de la emancipación de los rebeldes en Haití. Kast no es un “liberal descafeinado” como piensa Peña, más bien, quizás es el liberalismo una kast-ración de la vida.


Académico, Universidad de Chile