Este año se celebran dos fechas redondas, correspondientes a hitos principales en la historia de la izquierda marxista: en 1867 se publicaba la primera edición del primer tomo de “Das Kapital” escrito por Karl Marx; mientras que, cincuenta años más tarde, en octubre de 1917, se fecha el comienzo de la Revolución Rusa. Esta sincronía en las fechas nos permite asociar anécdotas: como la del clásico alegato que hacía Lenin acerca de la escasa lectura que los obreros hacían de la obra de Marx, en específico de “El Capital”, ya que ninguno pasaba del primer capítulo (además que no era un libro fácil de transportar a la fábrica, a diferencia del Manifiesto Comunista); o la que dice que Stalin se leía diez libros diarios, pero que “El Capital” tuvo que leerlo en dos días y una noche, dada su densidad de ideas; o como la del consejo que James Joyce le diera a Sergei Eisenstein, a propósito de la obsesión de este último por hacer un filme sobre “El Capital”: para hacer tal filme, le aconsejó Joyce, no tendría que hacer mucho más que grabar la jornada laboral de cualquier obrero (filme que Eisenstein no realizaría, pero sí Alexander Kluge exactamente 80 años después del encuentro entre el cineasta soviético y el escritor irlandés); o bien, la perfecta ironía que aparece cuando nos enteramos que este año se subastará un ejemplar de la primera edición de “El Capital”, firmada por el autor y dedicada a su amigo Johan Eccarius, en una suma nunca inferior a 100 mil dólares.

Sobre “El Capital” no sólo existe un denso anecdotario, sino que además se ha construido un pálido fantasma. En cada oportunidad que alguien se refiere a esta obra de Marx, se hace la misma advertencia, que de tanto ser repetida parece ya una realidad: nadie lee “El Capital” de Marx. Tanto así, que tras el golpe de Estado de 1973, los ejemplares de “El Capital” de las bibliotecas de la Universidad de Chile no fueron destruidos, sino sólo trasladados a la escuela de Economía, donde -supuestamente- nadie los leería. El libro de Marx siempre ha gozado de esa seguridad: la seguridad que siempre tuvo Andrés Bello acerca de los chilenos, la seguridad de que nadie lee. Para la derecha irreflexiva (valga esta redundancia para efectos de la escritura), como también para la izquierda anacrónica, el siguiente era un argumento que flotaba en las lenguas el año 2011 ante las protestas estudiantiles en Chile: “Se dicen de izquierda y no se han leído ni ‘El Capital’”. Muchos políticos argumentaban de esta manera, alguno incluso agregó que ni siquiera estos muchachos habían estado en Cuba, menos iban a leer la obra de Marx (esto lo dijo el actual pre-candidato a la presidencia de Chile, Felipe Kast, jactándose de su extenso año en Cuba leyendo “El Capital” de Marx y casándose con una contrarrevolucionaria. Conociendo al enemigo por dentro, dice él). Para la derecha, y sobre todo para la izquierda, esta obra de Marx es considerada un texto sagrado, y que goce de virginidad sólo aumenta su fama.

En el pasar del marxismo teórico durante el siglo XX, cabe destacar que “El Capital” tuvo protagonismo, aunque no exclusivo, en gran parte debido a la extensión de la crítica marxista más allá de la economía política. El surgimiento de una crítica no reducida a lo económico pasa por una relectura de Marx, pero no por una relectura de “El Capital”: los estudios culturales se fijan en “El 18 de brumario de Luis Bonaparte”; los estudios sobre la identidad se centran en los argumentos que Marx plasmó en su respuesta Bruno Bauer en “Sobre la cuestión judía”; la crítica literaria encontró una cantera inagotable en el “Manifiesto Comunista” que Marx escribió con Engels; el feminismo socialista recurriría a los textos que el dúo escribiría sobre la familia; incluso, el psicoanálisis, desde Lacan, hasta Althusser, Kristeva, Derrida y Deleuze+Guattari centrarían sus análisis en textos de Marx distintos de “El Capital”. Irónicamente para sus detractores, el más fiel a recurrir al libro de 1867 es el esloveno Slavoj Žižek. Con todo, cabe preguntarse por ese giro que daría el marxismo (aunque no el comunismo, mucho menos los partidos comunistas) de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, donde la cuestión económica es desplazada por la cuestión cultural; donde la lucha proletaria es reemplazada por la protesta estudiantil, feminista y homosexual; donde los estudios económicos ya no son la base para la crítica marxista. Cuestión que la filósofa Judith Butler haría notar en un texto del año 1997, donde expone un problema de conservadurismo interno de la izquierda, consistente en denostar aquello que no aporte a la crítica política-económica bajo la nomenclatura de lo meramente cultural. La imagen sería: “está bien, la lucha feminista, racial, homosexual, ecologista y animalista, son simpáticas, pero la lucha de fondo es contra la economía capitalista”. En Chile, al menos desde el año 2011, esa noción de las luchas “meramente culturales” parece ser retrógrada, insensata y poco apropiada, dado que el motor de la protesta y organización social sería precisamente el conjunto de luchas identitarias que permiten mantener viva la alianza de todos los que participamos de esas multitudinarias marchas. Sin embargo, en todo esto podemos encontrarnos con una pregunta intensa para conmemorar la obra de Marx: ¿cuál es la necesidad de leer “El Capital” hoy? ¿Sigue siendo principal la lucha económica por sobre las luchas culturales? ¿La producción política depende de manera necesaria de una crítica a la economía?

En un muy interesante conversatorio convocado por las Juventudes Comunistas en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile este año, se dio la palabra a uno de los más connotados representantes locales del marxismo, como es el profesor Carlos Pérez Soto. El otro expositor, Juan Ormeño Karzulovic, bien lo presentó como “el último marxista vivo” (comentario que también hizo hace algunos años un decano de la Facultad de Derecho de Oxford, tras haber expuesto junto a Pérez Soto). El profesor Pérez Soto, con la claridad que lo caracteriza, sostuvo una tesis llamativa, a propósito de los 150 años de la publicación de “El Capital” de Marx: Carlos Marx (como le gusta llamarlo) no habría hecho más que escribir un solo libro, el resto sería una catalogación innecesariamente academicista que buscaría seguir haciendo nubes con los manuscritos, bocetos y ensayos de Marx, muchos de los cuales no estarían aún publicados. Pérez Soto sostuvo que esa obsesión por seguir hinchando la obra de Marx sería innecesaria, dado que ya tenemos el argumento útil para hacer política. Dice Pérez Soto que basta con el argumento que nos entrega Marx: que los agentes racionales individuales, en un contexto de competencia, no hacen más que producir necesariamente un sistema irracional de distribución. Entendiendo esto, que es decir que el capitalismo necesariamente producirá la explotación de una clase por sobre otra, nos queda pensar en esta obra sagrada: si acaso quemarla, dado que ya contamos con lo útil; si acaso olvidarla, porque el problema hoy ya es otro; si acaso volver a ella, para seguir venerándola.

Sea como sea, el fantasma del comunismo rondará al menos este año los cielos, proyectando una imagen que nos recordará que reunirnos y abandonar nuestra individualidad es fácil, mucho más fácil que leerse “El Capital”.


La mirada de los comunes