Tras haber recibido un golpe de suerte, mejor que los de Luis Jara, fui el único chileno seleccionado para participar como voluntario en la Copa Confederaciones de Rusia.

Entonces decidí aprovechar mi labor de periodista para insertarme en este mundo, y descubrirlo alejado de privilegios, como los grandes medios de comunicación o paquetes turísticos de viaje. Para estar más cerca a la realidad del ruso común o el voluntario de algún rincón del planeta que busca inmiscuirse en este océano de culturas.

El comienzo del viaje ha sido el más duro que he tenido en mi vida. Trece horas de vuelo le daban el puntapié inicial a una ruta que duraría unas 40 hasta mi destino final.

Londres fue la primera parada; en una Inglaterra sorprendente, incluso por lo poco que pude apreciar: Dentro del aeropuerto se vive un multiculturalismo muy intenso.

Un rastafari –con su ropa de trabajo– me daba la bienvenida y me decía en donde esperar para hacer la conexión a Moscú, para luego ser recibido por una guardia con ropas musulmanas que –al verme con la cámara– me detuvo para preguntar por qué motivo estaba grabando en una zona de seguridad.

Por suerte aclaré que era periodista y lo pude evidenciar con mi credencial vencida de la ANFP. Pero la suspicacia local no quedó ahí y tuve que ingresar a una cámara donde me escanearon, para luego ser entrevistado nuevamente, esta vez por una inglesa, quien terminó por creer mis motivos del viaje.

Al salir de la revisión me esperaba un lindo panel que decía “¿cómo fue tu experiencia de seguridad hoy?” con caritas para responder, desde la feliz hasta la triste.

Modernidad, tecnología, integración étnica y consumismo desbordado; albergaba el suntuoso aeropuerto “Heathrow” de Londres, anticipando la antítesis que me tocaría vivir en el siguiente destino.

Tras mucha espera pude tomar el vuelo a Moscú y, casi tres días después de haber empezado el viaje, llegué a Rusia.

Ya en el Aeropuerto Internacional de Moscú-Domodédovo el panorama era un poco desolador. Escaleras mecánicas en mantención, cintas para equipajes lentas y un aspecto agrio, incoloro y un tanto depresivo, me recordaban los relatos sobre las edificaciones de la etapa comunista del país.

Me sorprendió el pequeño aeropuerto -más chico que el Arturo Merino Benítez- en un país tan poderoso. Pero más me impactó el hecho que estuviese completamente decorado con motivos de la iglesia ortodoxa, incluyendo una pequeña capilla en donde una señora mantenía limpio y pedía diezmo.

Saliendo a la ciudad comencé a vislumbrar problemas logísticos del sistema público, que me hacían dudar sobre si el país estaba en condiciones para enfrentar una copa de relevancia internacional.

Muy pocos rusos manejan el inglés y una buena cantidad incluso no lo tolera. No había carteles traducidos y ni siquiera los encargados de información –en el metro, calles y trenes– operaban el idioma “universal”.

Llegar por mi cuenta a la estación de tren en esa enorme ciudad, se convirtió en una verdadera odisea. Bajar los enormes túneles del metro, decorados con motivos militares y un ambiente pintado como el “1984” de George Orwell, me hacían retroceder en el tiempo y respirar a la URSS.

Pero no solo el pasado me recordaba aquella época. Policías por todas partes mantienen a la sociedad en un aparente orden, sumado a la extrema seguridad antiterrorista, con escáners de equipajes en casi todos los grandes lugares.

La mayoría de uniformados era mucho menor que yo, superando recientemente la barrera de los 20 años. Y cada cinco cuadras se pueden encontrar grupos de dos a cuatro policías haciendo rondas.

Además, los sistemas de seguridad mantienen la última tecnología para evitar casos de terrorismo, dentro de los estadios y sus inmediaciones.

Los hinchas no pueden hacer ingreso a un partido aunque posean entrada, solo consiguen ver los encuentros si es que además del boleto tienen una acreditación especial otorgada por la FIFA, llamada FAN ID. La cual representa una especie de pasaporte para redoblar la seguridad.

De hecho cuando se entra al estadio, se debe pasar la FAN ID por una máquina, para ser verificada en una pantalla con el rostro de la persona, su nombre y código. Los mundos distópicos de Orwell, Huxley y Bradbury parecen haber llegado.

Volviendo a mi viaje, tras una noche completa en tren llegué a Kazán, ciudad de un millón de habitantes, sede de la Confederaciones y que mezcla a las culturas tártaras y rusas.

Me di cuenta de por qué los rusos decidieron hacer de esta ciudad una sede. Su casco histórico, con su Kremlin, bares, mezquitas y limpieza, hacen de este espacio un lugar idóneo para mostrar a los extranjeros.

Al caer la noche, la ciudad se llena de colores, aunque en los suburbios se vive en la humildad campestre, mas no en la miseria ni pobreza. Al menos desde la primera impresión.

Tomando el transporte público se pueden evidenciar pequeños detalles de una sociedad altamente disciplinada y controlada. El orden es matemático en cada rincón, al igual que el movimiento de sus habitantes.

No se puede caminar por el pasto, no se puede bloquear la entrada de las micros –incluso aunque esté llena de gente–, no se puede apoyar el pie en ningún otro lugar que no sea el suelo (de lo contrario llegará la vendedora de boletos a pedir que lo ubiques en el lugar que corresponde) y así suman y siguen con sus normas.

Pero la situación más llamativa –y a la vez entendible– que he vivido en esta bienvenida a Rusia es la xenofobia por parte de los ancianos del país. Al escucharme hablar inglés o español con otras personas, reaccionaban de forma agresiva diciendo en su lengua que “dejáramos de hablar tan fuerte ese idioma que no se entiende”.

Conversando con un latino que ha vivido por más de diez años en la ex URSS, me comenta que los mayores reaccionan así, porque muchos vivieron enclaustrados en sus ciudades, sin tener oportunidades para conocer y encontrarse con diferentes culturas.

Por otra parte, la propaganda antiterrorista que viene siendo fuerte en este último tiempo, les hace entrar en prejuicio con la gente de rasgos indios, arábicos o simplemente no caucásicos.

Sin embargo, esta situación no se repite con los jóvenes. Las nuevas generaciones son más abiertas para aceptar a las distintas culturas, pero el patriotismo acá está muy marcado (llegando a rozar con el chauvinismo) y la barrera idiomática es también importante. A la mayoría de los rusos no les interesa aprender inglés, mucho menos español, porque tampoco lo necesitan, ellos también son un imperio.

Otra situación que me generó un alto impacto fue darme cuenta de la manipulación mediática imponente que sufrimos en América por parte de la cultura occidental -o más bien gringa-.

Paradójicamente, mientras compartía con un grupo de rusos en un Kentucky Fried Chicken, llegamos entre bromas a discutir sobre la carrera espacial de la URSS y EEUU en la Guerra Fría.

Les pregunté si la perra Laika era una heroína para ellos –siendo el primer ser vivo en orbitar la tierra y morir en el intento–¡y ellos ni siquiera la conocían!

De hecho la confundieron con otra pareja de perros, Belka y Strelka, que estuvieron en el Sputnik 5 y volvieron sanos. Ese es para ellos el verdadero éxito animal en la carrera espacial soviética, pero para los occidentales pasa más que desapercibido.

Y es que resulta muy congruente ver la omisión y manipulación de los medios en este tipo de situaciones, cuando en la TV (sobre todo en programas espaciales del cable) se resaltan los fracasos rusos ante las victorias norteamericanas.

Y está bien, Estados Unidos ganó la Guerra Fría, pero desconocer o menospreciar logros científicos que benefician al mundo, no es lo mismo que hacer una película panfletaria como Rocky Balboa. En todo caso, si no hubiese sido por el alunizaje del Apolo 11 en 1969, la balanza estaría inclinada a favor del lado soviético.