En el mundo de hoy, conectado por cableados de cobre y frecuencias de ondas electromagnéticas que recorren el éter de nuestra atmosfera y permiten el despliegue mundial de los medios de comunicación masiva, la TV fue pionera.

La “TV te ve”, quiere llegar a transformarse en una historia social, en un slogan propagandístico, en un discurso de la cultura. Distinguimos entre el software de la televisión, los contenidos, y el hardware de la televisión, la maquinaria técnica.

Los contenidos son irrelevantes. El único fin de la televisión es entretener. En los noticiarios, los contenidos no son más que malas noticias, pues venden más que las buenas. La televisión es un medio cien por ciento simbólico, una ruleta de imágenes que juega con mis emociones, monopoliza mis sentidos y me deja inmóvil, pegado a mi asiento.

El telespectador es un ente alienado, ajeno al entorno, inmerso en un viaje que no termina más que en sus propias emociones. Puedo inclusive estar con otras personas en una misma habitación viendo un programa, pero cada uno estará lidiando con sus propias  emociones y absorto, envuelto, atrapado por la pantalla, en la soledad más radical.

La televisión no entrega contenidos. Lo que persigue es crear la tensión, el suspenso, la risa, la pena, la redención. La televisión es una extensión de nuestro sistema nervioso, que llega hasta nuestro cerebro y le genera emociones. Es el medio ideal para el consumo constante de entretención y generar esa sensación de falta de preocupaciones. Por eso es más adictiva que la radio. La radio escucha y siente. La TV, escucha, mira y siente, es más envolvente.

Por maquinaria, entiéndase el aparataje necesario para hacer que tal o cual medio tecnológico logre funcionar apropiadamente. En el caso de la TV, por ejemplo, no basta con la pantalla y todo su engranaje, lo que ya denota una industria detrás, sino también la energía que se requiere para encenderla, es decir, la electricidad, para lo cual a su vez, se necesitan construir gigantescas hidroeléctricas, que alteran y quiebran un equilibrio ecológico natural.

Añádase a eso, satélites orbitando la tierra, antenas de recepción de señales, postes de cableados en las calles, instalaciones eléctricas en los hogares. Y están también los canales de televisión, donde laburan día y noche, cientos de personas, desde sonidistas, camarógrafos, maquilladores, hasta directores, productores ejecutivos y por cierto, aquellas famosas celebridades que trabajan con su rostro frente a las cámaras y son las estrellas de la pantalla chica.

El punto es que, la calidad  de los contenidos, no se compensa con la maquinaria instalada. El objetivo de entretener, por si sólo, no es sustentable. Si hubiera preocupación por entregar contenidos en la TV, solamente existiría programación educativa y formativa y no habría publicidad.

Los contenidos no es lo que finalmente importa. Lo que realmente importa es crear un telespectador, sin voluntad, sedentario, frente al plasma de última generación. La televisión, que en los hogares de hoy, es como parte de la familia, se convierte en una espía, una cómplice, aliada de un enemigo invisible, pero poderoso.

La televisión, bajo el control de poderes fácticos, se vuelve un arma de manipulación masiva. En la era de las máquinas, los aparatos tecnológicos se toman el poder y dominan nuestro mundo alrededor. Ya no es el  medio el que modela al aparato sino que es el invento el que determina al medio. Ya no está la tecnología a mi disposición sino que mi “ser ciudadano globalizado” tiene que estar disponible para el uso de la tecnología, desde lo más local hasta lo más planetario. La implantación de un chip en mi cuerpo, por ejemplo, que permita mi identificación y movilidad dentro del sistema social. Pierdo parte de mi libertad, de mi identidad como persona, como ser humano. En palabras simples, nos convertimos en robots autómatas.

¿Qué es más adictivo, más envolvente, más monopolizador de los sentidos y más subjetivo que la tv? El iPhone. El teléfono inteligente, ahora no solo es teléfono, sino también cámara fotográfica, tiene conexión a Internet, y es portable. Es todo lo que queremos de la TV y además a tamaño portátil y personalizado.

Imaginemos un tiempo axial donde se repitiera el pasado. El oráculo del templo de Delfos en la antigua Grecia hoy tendría que ser algo así como: “Conócete a ti mismo, conéctate a tu iPhone”. Si con la televisión el gobierno de turno entró a mi casa, con el iphone, ahora estará en el bolsillo de mi chaqueta. Lo público invade lo privado. Lo privado se vuelve cada vez más corporativo.

El uso del celular hoy es voluntario, en un futuro, serán dispositivos orwellianos obligatorios de control: comprar, socializar, participación civil, identidad. Creemos estar más comunicados entre nosotros, cuando en realidad estamos más  aislados que nunca. En un mundo virtual y sostenido en base al dominio de los aparatos tecnológicos, los sentidos de la percepción, se vuelven inútiles e innecesarios.

Con el uso y abuso de la tecnología moderna, el humano parece transformarse en una especie de máquina biocibernética, sin voluntad, al servicio de un sistema. Un ladrillo más en el muro de la contención social. Un engranaje, en la gran maquinaria de la producción globalizada.