Se celebró el debate de la moción de censura presentada por Unidos Podemos contra Mariano Rajoy y es amplio el consenso que permite afirmar que el debate tuvo muy buen nivel, que en absoluto fue una sesión de circo ni una performance “del de la coleta”. Rajoy asumió su responsabilidad, por una vez y sin que sirva de precedente, y abandonó su cómodo sillón y su puro humeante para subir a la tribuna y responder a la contundente denuncia de Irene Montero a su acción de gobierno y a su partido en tanto que organización corrupta hasta la médula. Luego, ante las propuestas alternativas que formuló Pablo Iglesias, se limitó a la descalificación personal y a sus cansinos y conocidos alardes macroeconómicos.

Además de ofrecer otro momento de bochorno parlamentario con el cuanto peor mejor para mí, el suyo, el actual presidente salió las más de las veces por los cerros de Úbeda y se escondió en las grandes cifras para derivar a masa la corrupción que lo asfixia y la perversidad de su política austericida. Sin embargo, lo más significativo es que Rajoy no consiguió más que 170 votos, es decir que no cuenta con la mitad más uno de los votos de la Cámara, así que harían bien sus juglares a sueldo en rebajar los adjetivos encomiásticos que dedican al de La Moncloa.

Queda claro que no hay fuerza parlamentaria que esté a gusto junto al PP. Son demasiado retorcidos y dan vergüenza ajena los argumentos de quienes le han apoyado, pero se ha podido percibir que había mucho de pleitesía debida en ellos. En general, cada cual juega sus cartas, unos manteniendo la decencia y el decoro, otros, por el contrario, convirtiéndose en contorsionistas para justificar lo injustificable.

Desde el campo de la izquierda, el debate ha dejado un par de buenos titulares. El primero, que el PSOE de Pedro Sánchez -incluso antes del congreso en el que ha conseguido el control total de su partido- emita señales de distensión con Unidos Podemos y sus organizaciones regionales. El otro, que desde la coalición morada se han dado muestras de haber inaugurado un tiempo distinto en el que la colaboración con los socialistas no solo es una enunciación retórica, sino una necesidad contrastada. Obviamente partimos de la hipótesis de considerar sinceras las palabras intercambiadas entre representantes de ambas formaciones dentro y fuera del Parlamento. Incluso en declaraciones individuales a los medios. ¿Exceso de optimismo, ingenuidad? No, se trata de puro pragmatismo por ambas partes.

Ni el descenso a los infiernos electorales del PSOE se revertirá a medio plazo, ni el fenómeno Podemos es un globo que se deshinchará en igual período. Ni el PSOE va a desaparecer consumido en su propia marmita, como parecía hasta hace poco, ni los morados van a asaltar cielo alguno lanza en ristre y al galope. Ambos están ahí y no van a desvanecerse en la niebla, así que más les conviene entenderse. Se trata de asumir, por ambas partes, que la colaboración que funciona con carácter local y regional puede extenderse al ámbito general de España.

Con todo, es perentorio que ambos actores comprendan que deben diferenciar entre lo urgente y lo importante, y actúen en consecuencia. Lo ineludible, lo apremiante, es desalojar al PP del gobierno, lo que permitiría recobrar la confianza en las instituciones ensuciadas por la corrupción; lo principal, lo primordial es revertir las políticas antisociales del PP, regenerar y renovar el desacreditado Poder Judicial y reformar el texto constitucional para redefinir ese Estado plurinacional que es España. Nada relevante se puede hacer con el PP en el poder y contra su mayoría absoluta en el Senado, así que primero hay que resolver lo urgente para poder afrontar después lo importante.

Dando por buena la idea de que el nuevo tiempo entre el PSOE y Podemos no es solo un ejercicio de repliegue táctico, sino una decisión resultante de un análisis sereno y realista del escenario político, ambos debieran revisar su relación con Ciudadanos. Esperando, no sin razones, que éstos hagan algo parecido.

Rivera no va a resignarse a ser un escudero de Rajoy de forma indefinida, y su apuesta debería ir por la vía de la regeneración de esa derecha de La Escopeta Nacional, que ha sofisticado los mecanismos expoliadores pero que sigue devota de Frascuelo y de María. La izquierda, una vez más, tiene que hacer lo que esté en su mano por civilizar a esa derecha asilvestrada que es fauna endémica en Iberia. Hay que aprovechar el deseo de Albert Rivera de ocupar el centro derecha y encontrar la forma de colaborar a tres para abordar lo que es más urgente: enviar al PP a la oposición. Para ello se debiera poner el foco en el mínimo común denominador que PSOE, Podemos y Ciudadanos pueden compartir por su propio interés y también por el interés general, el de la mayoría de electores que no vota al PP.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València