Hace diez años y a pesar del diagnóstico pesimista que los analistas levantaban en ese entonces, relacionado con la crisis de los actores que se constituyen en torno al trabajo y la descomposición de las identidades y las acciones colectivas y, particularmente en Chile, frente a aquellas tesis que hablan acerca de la “crisis del sindicalismo”, donde, según muchos, el nuevo contexto productivo, implementado en el país durante la Dictadura Militar y consolidado durante la transición democrática, caracterizado por la heterogeneidad, flexibilidad e inestabilidad del empleo, impide que los trabajadores se identifiquen con un grupo social determinado, sea este la clase, un sindicato, etc., y promueve las relaciones sociales superfluas, contingentes, inestables y de corto plazo. A pesar de este juicio pesimista, los trabajadores subcontratados de la Gran Minería del Cobre (GMC) irrumpieron en escena como actores organizados en una confederación que agrupaba justamente a aquellos que por su condición flexibilizada e inestable hacían impensada su organización.

Rescatar este comienzo y comprenderlo como resultante y al mismo tiempo parte de un proceso complejo de formación amplio, nos permite, además de conmemorar una década desde su fundación, concebir a la CTC como un actor colectivo, sindical y político, en el cual convergen y se articulan diversas organizaciones de trabajadores subcontratados de la minería, que responde a una historia más vasta, relacionada con el devenir del movimiento obrero y sindical chileno.

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En la cosmovisión Mapuche la Machi es considerada una autoridad religiosa, consejera y protectora de la comunidad. El Machitún es, por definición, el “acto propio dela Machi”, ceremonial dirigido por ésta que tenía como fin la curación de su pueblo. Machalí, comuna de la zona central de Chile, ubicada en la Región del Libertador General Bernardo O’Higgins y que genera una conurbación con Rancagua, capital de la Región, guarda en la raíz, como un secreto, la expresión machi alün, que quiere decir “hay machi”, “existen machi” o, más precisamente, “son/están/siendo machi”; en relación a las reuniones o rogativas que las Machi realizaban en este lugar durante la primera parte de la Conquista española (1541-1598), específicamente en lo que actualmente se conoce como Cerro San Juan, uno de los primeros contrafuertes precordilleranos de la comuna de Machalí, con altitudes que fluctúan entre los 585 y 850 metros, y una extensión total de 14 kilómetros, mismo alcor que fue cruzado por un pequeño grupo de trabajadores subcontratados del cobre la fría madrugada del lunes 25 de junio del año 2007, con el objetivo claro de bloquear la llamada Carretera del Cobre, ruta de acceso a la división El Teniente de CODELCO, la mina subterránea más grande del mundo, ubicada a 2.500 metros sobre el nivel del mar, con 2.400 kilómetros de galerías construidas y una producción anual de más de 400 mil toneladas métricas de cobre.

Canelo –árbol sagrado del pueblo Mapuche–, roble blanco, ciprés de cordillera, espinos, litres, quillayes, maquis, arbustos y hierbas honraban los senderos; la luna menguante, lejana, que con su declinación se ponía de lado de los caminantes; el viento fuerte, frío, duro y seco, resonante, mientras acariciaba rosando los cuerpos de los trabajadores, silbaba ocultando la marcha acelerada y cautelosa; a momentos discreta, prudente y moderada, a ratos precipitada, temeraria y atrevida, mas siempre ansiosa y rebosante de esperanza. La nieve blanca, húmeda, molesta, aunque a ratos imperceptible. Las miradas de los doce hombres, quienes pasada la medianoche habían emprendido camino, algunos de a pie y otros montados en caballos cargados de provisiones; tensas, nerviosas, impacientes, se cruzaban demandando y generando una alegre confianza e imperiosa seguridad. Una extraña alegría, que, a momentos, de forma reservada, se dejaba ver en festivos y urgentes diálogos, necesarios para distender el ambiente; recorría, empujando, los cuerpos hacia su propósito.

Los senderos del cerro San Juan, aquella madrugada, no dejaban lugar para la incertidumbre. La familiaridad del lugar ceremonial y legendario, para algunos conocido desde la niñez, para otros, avistado sólo desde la carretera, a través de las rendijas de los camiones en los que se los transportaba a la mina; además de la hermandad del compañerismo provocado por compartir el trabajo, pero sobretodo el sentimiento de agravio que provocaban las precarias condiciones laborales a las que estaban siendo expuestos los trabajadores subcontratados del cobre y su posición de “trabajadores de segunda categoría”; unido a la convicción de estar siendo la avanzada, la punta de lanza, la caravana combativa que instalaría las demandas y exigiría por sus justos derechos laborales; no daban lugar a ese tipo de sentimientos.

Cada uno de estos heroicos marchantes, que sigilosamente atravesaron de madrugada el inhóspito paraje precordillerano, no se detendría hasta arribar al punto acordado con quirúrgica precisión en reuniones de planificación efectuadas con la finalidad de comenzar de manera exitosa el conflicto: Kilómetro 33 de la Carretera del Cobre. Lugar estratégico por dos razones. En primer lugar, sus características: angosto y de bermas pedregosas; y, en segundo lugar, su posición: posterior al primer control de acceso que ejerce CODELCO y luego de una de las numerosas curvas que presenta el camino. Lo primero permitiría “cerrar” el paso con menos esfuerzo, para así impedir el tránsito y, con esto, el acceso a la división y además proporcionaría de municiones, principalmente piedras, necesarias para el altamente probable futuro enfrentamiento con las Fuerzas Especiales de Carabineros. Lo segundo –la posición– era, por un lado, simbólicamente gravitante puesto que colocaba a los trabajadores al interior, en territorio de la mina, resguardado y controlado por la estatal; y, por otro lado, tácticamente fundamental, ya que, por lo cerrado de la curva y la altura en la que se encuentra, permitía conocer la distancia de aquellos buses cargados con trabajadores que subirían en dirección a la faena, los cuales debían ser detenidos y retenidos en el lugar en virtud de entorpecer o derechamente impedir el tráfico, primero, y hacer descender a los trabajadores para contar con un mayor contingente de manifestantes, después.

El arribo al lugar fue accidentado. Aproximadamente a las cinco de la madrugada hubo que avanzar los últimos metros, mediante tracción a sangre, humana y animal, luego de una noche de dura caminata, para plantarse en la carretera. En la embestida final a los trabajadores la nieve les llegaba hasta las rodillas. El sendero imposible había sido dejado atrás. Mojados y hambrientos, aunque insensibles allí estaban… enteros. Llegando era como si el cansancio y la fatiga, al mismo tiempo que los volvía indolentes, los hacía sublimemente inmortales.

El primer bus con subcontratados, perteneciente a la empresa contratista de transportes JM, pasa por el lugar veinte minutos después de las cinco de la mañana. Este lleva a los encargados de las labores de alimentación, aseo y ornato de la mina. Estos últimos de la empresa contratista SODEXO. Los trabajadores, encargados de comenzar con la movilización, estaban apostados a la orilla del camino. En silencio, con la cautela necesaria para no ser detectados por el personal de seguridad de CODELCO que vigilaba la zona constantemente, lo aguardaban. Había que dejarlo pasar. Este serviría para calcular el tiempo necesario para desplegarse y detenerlo. Pasó por el lugar cinco minutos después de lo esperado, a las cinco y veinticinco. A razón de la curva lo hizo a una velocidad reducida. Sus focos, en la oscuridad de la noche, además de anunciar su arribo con una distancia prudente, una vez cerca, encandilaban a los atentos centinelas. Aproximadamente quince minutos después pasaría el segundo bus de subida. Estaba todo dispuesto para proceder a su detención, las luces y el eco de su motor advertiría su llegada. Los rebeldes, agazapados, apareciendo sorpresivamente desde una de las laderas, asaltaron la carretera. Seis sujetos, provistos de dignidad, piedras y palos, atravesaron un lienzo con la consigna “Igual Trabajo, Igual Salario”.

Los manifestantes detuvieron los siguientes siete buses que transportaban a los asalariados a las faenas, haciéndolos descender y obligando a los conductores a cruzar las máquinas sobre la ruta para interrumpir de esta forma el tráfico. Una vez que se estableció el bloqueo se realizó una asamblea en la cual se declaró iniciada la huelga y donde se decidió bajarían marchando hacia la ciudad de Rancagua, para allí manifestarse. El comienzo de este desplazamiento estuvo marcado por hechos de violencia. Frente a la toma de la ruta y la interrupción del tránsito hacia y desde la división El Teniente, el Estado chileno, a través de la policía, respondió con represión: armas municionadas con balines de goma y perdigones, gases lacrimógenos y carros lanza agua; fueron dispuestos con la intención de dispersar a los manifestantes e intentar de restablecer el orden. Los trabajadores movilizados reaccionaron lanzando piedras y atomizándose o, más específicamente, constituyendo cuadrillas que actuaron a manera de relevo para alimentar y mantener la contienda. Así, mientras sobre la carretera permanentemente había un grupo enfrentando a la policía, de forma paralela, las otras pequeñas fracciones se desplazaban penetrando y emergiendo de los cerros que bordean el camino. De manera fluida y enardecida, con actitud hostil y belicosa, reponían municiones, lanzaban piedras y palos sobre la policía y, de manera festiva y aguerrida, enarbolaban gritos y consignas que reverberaban en el ambiente.

La violencia marcó el comienzo de la jornada. Las barricadas de neumáticos encendidos, la leña amontonada, las piedras desperdigadas en las vías y la quema de ocho buses impedían el tránsito y, por consiguiente, el acceso a la mina. Comenzaba así la “huelga larga” que, según las expectativas de los trabajadores movilizados, debía durar no más de una semana, pero que, finalmente, se extendió por 37 días. Hito fundacional que dio origen a la CTC, la principal organización que agrupa a los trabajadores subcontratados vinculados a la GMC.

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El empuje por organizarse de estos trabajadores no era nada nuevo. Se remonta a los años 80 y está vinculado al Sindicato Nacional de Montaje Industrial (SINAMI) y los trabajadores de la construcción con presencia en las obras de instalación en los yacimientos mineros, los cuales contaban con una alta presencia de militantes de las Juventudes Comunistas comprometidos, por ese entonces, en la lucha activa contra de la Dictadura Militar de Pinochet. Este sindicato, finalizando la década de los 80, hizo esfuerzos por generar una estructura nacional. Así, obtuvo presencia en Los Andes, Calama, en Potrerillo y en Rancagua; intentando adaptarse la estructura de CODELCO como principal empresa mandante de esa época. La formación de sindicatos inter-empresas en cada división de la estatal es el resultado de una resolución de un Congreso realizado en Rancagua por el SINAMI el año 1987, donde se estableció que éste debía tener, para la minería, una estructura a nivel nacional. Así, en Rancagua, donde está la división El Teniente, se formó el SITECO; en Los Andes, donde está la división Andina, se formó el SITRACO; en Potrerillo, donde ya existía una organización inter-empresa, se anexa al SINAMI el Sindicato Inter-empresa de Trabajadores Contratistas y Ramas a fines de El Salvador; en Calama, el SINAMI se articuló con el Sindicato de la Construcción de Calama.

En 1990, al comienzo de la transición a la democracia, convocado por el SITECO, se realizó el primer encuentro de dirigentes y delegados de personal de trabajadores de El Teniente y, en 1991, se constituyó la Federación Nacional de Trabajadores Contratistas que agrupaba al SITECO, Caucho del Sur y a otras dos contratistas de Potrerillos y El Salvador, en el norte del país. Todos estos trabajadores subcontratados, a través de empresas contratistas, por CODELCO, en tanto empresa mandante.

Durante esta década, son reiteradas las denuncias de parte de los sindicatos de los trabajadores subcontratados del sector, las cuales estaban relacionadas con demandar condiciones laborales dignas y salarios acorde al trabajo realizado. De forma paralela, el trabajador contratistas se fue especializando, acumulando experiencia y, con ello, “transformando” en minero, con todo el peso histórico, social y cultural que esto implica.

Esta trenza de precariedad, organización y conciencia, que era atada firmemente por el sentimiento de agravio de los subcontratados de manera permanente, abonó el terreno para movilizaciones y manifestaciones violentas de resistencia, primero individual y luego colectivas, de parte de estos trabajadores.

Este proceso de acumulación de fuerza estalló con fuerza en la siguiente década, específicamente en diciembre del año 2003, con un gran conflicto en la mina El Teniente, donde los trabajadores agrupados en el SITECO llegaron incluso a la ocupación del yacimiento minero. Esta huelga, que duró 21 días, significó la firma de un “Acuerdo Marco”  mínimo que implicó mantener, de parte de los trabajadores subcontratados, cierta antigüedad laboral que les permitiera acceder a algunos beneficios como vacaciones, indemnizaciones, etc. y recibir, por las horas extraordinarias realizadas, el pago correspondiente. Pero también tuvo consecuencias negativas, relacionadas principalmente con la fuerte represión policial que se dejó caer en cada manifestación pública de los subcontratados, los posteriores despidos y la conformación de “listas negras” compuestas por los nombres de los principales líderes del movimiento.

Pero estas represalias no detuvieron el avance del sindicalismo de los subcontratados. Al año siguiente tuvieron lugar una serie de acciones reivindicativas dispersas encabezadas por organizaciones sindicales recién constituidas de las empresas contratistas: INSITU, CIMM, SODEXO, AUDA y RINASA; todas vinculadas a CODELCO como mandante. Ese año, a raíz de la inminente articulación de las distintas organizaciones de subcontratados, se comenzó a proyectar la formación de la Coordinadora Nacional de Trabajadores Contratistas del Cobre (CNTC), antecesora de la CTC, que finalmente se constituye en abril del año 2005 en la ciudad de Caldera, en la Región de Atacama, en el norte de Chile.

La CNTC repartió en todas las divisiones de CODELCO un petitorio común que exigía un bono por excedentes del cobre de US$1.000. Este petitorio fue entregado el 21 de diciembre del 2005 a las gerencias y rechazado en el acto por la estatal en cada una de sus divisiones. Así, el 4 de enero del 2006, la organización convocó a un paro nacional. Este llamado sólo tuvo respuesta en las divisiones El Teniente y Andina. A medida que se desarrolló el conflicto, las demandas se fueron ampliando: al bono por excedentes se le agregaron reivindicaciones que interpelaban aspectos estructurales propios del subcontrato como lo es la discriminación en cuanto a condiciones, derechos y beneficios para los trabajadores subcontratados respecto de aquellos que son contratados directamente.

Luego de complejas negociaciones con la estatal de parte de los dirigentes, mientras las bases sindicales se manifestaban masivamente en las ciudades de Los Andes (división Andina) y Rancagua (división El Teniente), siendo duramente reprimidas por la policía, se lograron firmar las “Actas de Acuerdo” que pusieron fin a las movilizaciones. En estas se consignó que no se descontaría del sueldo los días no trabajados por la huelga, se acordó el pago de un pequeño bono por término del conflicto y cuestiones básicas como el que los empleadores entreguen vestimentas adecuadas a los subcontratados y que se hagan responsable del lavado de las mismas, al término de cada faena, además del cumplimiento de parte de las empresas contratistas de la leyes 16.744 y 19.404, la primera sobre trabajos pesados y la segunda relacionada con accidentes del trabajo y enfermedades profesionales.

Estas actas, transcurrido el 2006, no fueron cumplidas por parte de CODELCO. Eso llevó a los trabajadores subcontratados a nuevas movilizaciones, interpelando ahora no solamente a la compañía sino que también al Ejecutivo a que se cumpliera con los compromisos adquiridos, levantando la consigna “igual trabajo, igual salario”.

Así, por la presión ejercida de parte de los subcontratados, se constituyeron mesas tripartitas en todas las divisiones. Estas fueron compuestas por los dirigentes sindicales, el Gobierno y CODELCO. Este proceso de discusión, en conjunto con las iniciativas del Ejecutivo, fue fundamental para el diseño y la posterior promulgación de la Ley 20.123 que buscó regular el régimen de trabajo en sistema de subcontratación y el funcionamiento de las empresas de servicios transitorios, que comenzó a regir a partir del 14 de enero del 2007.

Paralelo a este proceso, los trabajadores aglutinados en la Coordinadora empezaron a proyectar la conformación de una confederación que les permitiera, mediante el reconocimiento jurídico, mayor representatividad. Es así que el congreso constituyente de la nueva CTC se realizó los días 6, 7 y 8 de junio del año 2007 en la comuna de Machalí, Rancagua. Coincidiendo, el día 8, con la última mesa tripartita de la que participó la CNTC, el Gobierno y CODELCO. En este Congreso, con la presencia de 70 dirigentes, que representaban a más de 40 mil trabajadores subcontratados, se decidió convocar a una huelga general de trabajadores subcontratados para fines del mes de junio, con fecha a definir, para presionar por el cumplimiento de los acuerdos firmados con CODELCO. En el comienzo fue el conflicto…


Doctor en Ciencia Social con Especialidad en Sociología