El mundo árabe está al acecho. La miríada de conflictos que asolan todos los días en el mundo árabe contemporáneo parecen no tener fin. Siria, Iraq, Palestina son algunos de los nombres que resuenan todos los días. La destrucción sistemática de ciudades, viviendas, cuerpos, la huída de grandes masas de población, discursos que claman por su buena voluntad en orden a llevar la democracia y la paz, terrorismo que parece identificarse con una religión (el islam), se diluyen en la incesante velocidad de los medios. De tanto hablar hemos quedado mudos. Sin palabras para pensar lo que acontece en el presente, sin términos que permitan ir más allá de los clichés que configuran la “razón imperial” y que reparte sus binomios como si fueran “hechos”: Oriente-Occidente, autoritarismo-democracia, barbarie-civilización. El espectáculo mediático nos incita a hablar al punto de neutralizar la fuerza de la palabra, promueve la exposición al precio de sustituir la imagen por el cliché, fomenta una discusión sólo en la medida que ésta se pre-determina a algunos de los binomios típicos. Un discurso recurrente que no deja de estar presente en nuestros días es el del “culturalismo” que, siendo la nueva versión del racismo del siglo XIX que ha sustituido a la “biología” por la “cultura”, reduce todos los conflictos del mundo árabe a conflictos étnico-religiosos y que reproduce al binomio de la “razón imperial” al establecer la dicotomía entre sociedades supuestamente “secularizadas” (y por tanto ilustradas) y sociedades que aún viven bajo la oscuridad del “velo” religioso. Como si las sociedades árabes fueran estáticas y carecieran de historia manteniendo los modos, instituciones y discursos intactos, característicos de la época “medieval” –término que también opera estrategicamente produciendo el efecto de que quien le pronuncia viviría en la “modernidad” y, por tanto, tendría un poder para hacer “progresar” a lo supuestamente “medieval”. Con ello, se niega que los árabes sean agentes histórico-políticos que abrazan historias y luchas singulares bajo un contexto de permanente acecho colonial y, a su vez, se niega, la devastación implicada por tal acecho desplegada sistemáticamente hasta la actualidad bajo la vanguardia de los EEUU. A esta luz, pensar al mundo árabe moderno implica asumir el peso del colonialismo no como un asunto del pasado, sino como un problema que sigue desgarrando al presente. ¿Cómo asir las relaciones de fuerzas que concurren en el mundo árabe contemporáneo? A continuación, me propongo dar cuatro “señas” para analizar de ciertas líneas de fuerza que le atraviesan y que historizan su coyuntura.

1.- La persistencia de la cuestión palestina o, lo que es igual, la presencia de Israel como una potencia colonial clave asentada contra la voluntad de los movimientos nacionales árabes y palestinos gracias al apoyo de las grandes potencias de la época (Gran Bretaña, EEUU y la ex URSS) desde 1948; A esta luz, lo que Edward Said llamó la “cuestión palestina” no resulta ser un asunto restringido al ámbito palestino sino que constituye el nudo de la catástrofe en que se encuentra el mundo árabe contemporáneo en la que se condensa el triunfo de la colonización sionista, de las fuerzas imperialistas y, sin embargo, de la siempre posible resistencia por venir. Sin una Palestina libre no habrá un mundo árabe libre. Pienso que esa es la cuestión que algunas oligarquías regionales son incapaces de ver porque están abiertamente comprometidas con las fuerzas imperialistas y su irrevocable alianza –y asunción- de la agenda sionista en la región. Apunto cuatro asuntos sobre Palestina que me parecen clave:

El primero: el llamado conflicto “palestino-israelí” no existe si por tal entendemos un conflicto de fuerzas equivalentes. En cambio, existe una colonización sionista que pervive desde hace 69 años de manera ininterrumpida, articulada por la expulsión de población, la ocupación de territorio y la segregación abismal de las poblaciones al punto de constituir una situación de “apartheid” tal como ocurría en la situación sudafricana.

El segundo: el Estado de Israel que se autoproclama como la “única democracia en Medio Oriente” en rigor funciona en base a un sistemático “racismo de Estado” en el que no sólo la población palestina en su diversidad (palestinos israelíes, palestinos de territorios palestinos y palestinos de Gaza) sino también población judía árabe o africana ha sufrido permanentemente el acecho racista de un Estado que convirtió al significante religioso de “judío” en un significante propiamente “racial” de corte europeo.

El tercero: si la colonización sionista se ha expandido y profundizado con los años no ha sido solamente en virtud de las mútliples tácticas sionistas como sus alianzas con las grandes potencias y ehegmonía militar y económica en virtud de esas mismas alianzas, sino también, ha sido por el progresivo aislamiento de la política árabe de la política palestina: los países árabes (Egipto y Arabia Saudi, como los más importantes) se han transformado en “socios” comerciales de Israel y, a su vez, en activos colaboradores de sus políticas de seguridad a nivel regional.

El cuarto: ha habido un error en la política palestina que es necesario considerar: los acuerdos de Oslo firmados en 1993 que desplazaron el protagonismo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) por el de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) convirtieron a la dirigencia palestina en una institución precaria, sin fuerza soberana, sin un territorio cohesionado, sin ejército y en abierta colaboración con las fuerzas de seguridad israelíes. Por eso, un intelectual como Edward Said pudo decir en su momento que, después de los acuerdos de Oslo, el pueblo palestino había quedado enteramente como un “pueblo huérfano”. Para ello, es necesario politizar nuevamente la cuestión palestina restituyendo lo mejor de la OLP actualizándola para la nueva época, dejando de lado a la ANP que, financiada por los EEUU y Europa, no ha hecho mas que trabajar en la profundización de la colonización sionista. En este sentido, ha habido una atomización del conflicto: de haber sido nombrado como “árabe-israelí” durante los años 60 y 70, pasó a designarse como “palestino-israelí” (incluso al día de hoy es visto por Israel como un conflicto entre Israel y el “terrorismo”).

2.- La presencia constante de las fuerzas imperialistas –que converge directamente con el lugar de Israel como potencia hegemónica regional–, hayan sido las franco-británicas durante todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX y su relevo en los EEUU desde la segunda mitad del  siglo XX hasta la fecha, en virtud de la existencia de grandes reservas de petróleo y gas y la consecuente configuración del orden internacional en la forma de una guerra civil global orientada a la apropiación de los grandes flujos de capital. Es clave entender que la consolidación del imperialismo en la región se dio, en un primer momento, en virtud de dos archivos que aún conservamos: el primero, los famosos “acuerdos de Sykes-Picot” en los que se articuló un primer trazado de los países árabes en base a la institucionalidad colonial del “protectorado” en el que Francia y Gran Bretaña se repartieron la región: Francia quedó con la zona Sirio-libanesa y Gran Bretaña con la zona iraquí-palestina y transjordana (además de Egipto que se lo había arrebatado a los franceses en la segunda mitad del siglo XIX en orden a controlar el “canal de Suez”); el segundo es la conocida Declaración Balfour de 1917 en la que la alta jerarquía diplomática británica se comprometía con el emergente movimiento sionista europeo declarando  su intención de fundar un “hogar nacional judío” en Palestina, cuestión que frustra las esperanzas que tiene el movimiento nacional palestino de la época y los movimientos nacionales árabes, en general, que por esa época proliferan por todos lados. Ambos “archivos” se vinculan de manera estrecha puesto que expresan el giro de las potencias occidentales en desmedro de los movimientos de liberación nacional árabes: el enviado especial británico el general Mc Mahon había prometido la independencia nacional de los países árabes una vez cayera el Imperio Turco-Otomano. Pero, no obstante las promesas de Mc Mahon, los secretos acuerdos franco-británicos de Sykes-Picot muestran el giro en la política colonial que terminaron por dar las espaldas a los movimientos nacionalistas árabes. Todo culminará, después de 1967, 1973 y 1979 (después de la caída de Egipto como potencia regional en virtud de los acuerdos e “paz” con Israel promovidos por EEUU) en la construcción de Estados cada vez más dependientes de las fuerzas imperialistas, tanto a nivel político como económico: “políticamente” se articularon Estados “hipertroficos” en el sentido que plantea el sociólogo Nazih Ayubi, esto es, Estados excesivamente autoritarios cuya columna vertebral la constituyó la policía y los ejércitos y que, por tanto, carecerán totalmente de “hegemonía” sobre su población; “económicamente” porque las economías que pudieron ser alguna vez de corte “desarrollistas” (al menos, como las proyectaron los movimientos populares) terminaron siendo puramente “rentistas”. Sykes-Picot y la Declaración Balfour configuran un nómos estatal-nacional vigente hasta el día de hoy que, sin embargo, sigue marcado por la presencia imperial: basta ver la proliferación de bases militares norteamericanas repartidas por todos los países árabes sin excepción (la base de Qatar es una de las más importantes de todas) y de grandes compañías petroleras por la región presentes desde hace un poco mas de un siglo (el caso más emblemático es ARAMCO en Arabia Saudita).

3.-Un agotamiento irreversible de los dos grandes discursos postcoloniales árabes que, según Hamid Dabashi, dieron sustento imaginario a su política anti-colonial durante todo el siglo XX: el discurso islamista-populista y el nacional-populista. Si este último vehiculizó a gran parte de la imaginación política árabe liderando grandes rebeliones anti-coloniales tanto contra las fuerzas francesas como contra las británicas, terminaron construyendo un sistema inter-estatal árabe que terminó fracasando estrepitosamente, tanto por la presión de las fuerzas imperialistas promovidas por los EEUU e Israel como por la deriva autoritaria que adquirió dicha articulación política sobre todo después de la guerra de los seis días en 1967 que, me parece, marca un punto de inflexión en el que el discurso islamico-populista comenzará a adquirir mayor protagonismo. Si bien, fue relevante la configuración del sistema inter-estatal árabe éste se asentó sobre las fronteras trazadas por los acuerdos de Sykes-Picot y, en ese sentido, llevaban consigo el eco de una violencia imperial que terminó por implosionarlos internamente y destruyéndolos externamente: toda la política imperial de los últimos 30 años (desde la guerra del Golfo de 1991) llevada a cabo por EEUU y la OTAN no ha hecho más que devastar la estructura estatal-nacional árabe (Iraq, Siria, Egipto y, por cierto, imposibilitando a Palestina). Sin embargo, no obstante el discurso nacional-popular yace agotado, el despertar islamista-popular parecía también estar condenado al “fracaso” en la medida que su estructura siempre se articuló en una función mimética del discurso nacional-popular. Como bien han advertido intelectuales como Samir Amin o Nazih Ayubi, el discurso islámico-populista constituye un reverso especular del discurso nacionalista-populista. Como tal, replica en otro léxico y registro, la misma estructura del primero y, con ello, termina siendo absolutamente impotente para llevar a cabo una transformación radical de las actuales condiciones de opresión. A esta luz, me parece que el único punto de inflexión de los últimos años han sido las revueltas árabes del 2011 que impugnaron el agotamiento de las  dos fuerzas antedichas e intentaron restituir la república en las plazas, contra las oligarquías locales, regionales e imperiales, contra los dos discursos postcoloniales que exhibieron el hecho de que, más allá de sus enunciados, habrían mantenido  una completa complicidad para con el orden imperial establecido. Las revueltas no sólo mostraron el vacío de los dos grandes discursos, sino que además, fueron el “magma” de una imaginación radical que prometió la invención de nuevas formas de vida que no se movían bajo el binomio de la razón imperial, pero que fue aplastada por sus diversas agencias y redes:  las oligarquías globales, nacionales, y sus facciones paramilitares a nivel global como ISIS y otros grupos similares.

4.- La hegemonía de potencias regionales no árabes como Israel, Turquía e Irán sobre el mundo árabe contemporáneo. Salvo las petromonarquías (Qatar, Emiratos árabes y Arabia Saudí) las demás fuerzas regionales que inciden en el mundo árabe son no-arabes. Israel se presenta como el guardián militar y liberal de los EEUU en la región, Turquía como el puntal de la OTAN, Arabia Saudita, como el mejor socio económico de los EEUU y Europa (pero en segundo lugar respecto de Israel) e Irán como el contrapeso del poder Ruso en la región. Todas esas fuerzas hoy chocan con toda su devastación en Siria. ¿Por qué Siria? Porque Siria era uno de los últimos reductos de la influencia iraní-rusa y, a los diferentes actores pro-norteamericanos (Turquía, Israel y Arabia Saudi) les conviene debilitar a Siria y a la influencia iraní. Turquía intenta desplegar su fuerza para conjurar cualquier posibilidad de liberación nacional kurda que pueda surgir después del conflicto, Israel neutralizar enteramente a Irán para impedir que se convierta en una potencia nuclear como la es el propio Israel, y Arabia Saudi (siguiendo los pasos de Israel) pretende neutralizar a Irán porque ve amenazado el mercado de petróleo si acaso Irán libera finalmente sus capitales al mundo global gracias al acuerdo “nuclear” (que aún no se implementa del todo) alcanzado por Obama. Por su parte, EEUU sigue la seña israelí y el círculo que rodea a Donald Trump es absolutamente anti-iraní. Hoy el punto de conflicto es Irán. Y en tanto Siria se ha convertido en un “protectorado” iraní y de casi exclusiva influencia rusa, la administración Trump asumió el fracaso de Obama proyectando todas las fuerzas contra Irán vía Siria, evaluando día a día, si Bashar Al Assad es el “mejor” o el “peor” de los males para justificar o no su reemplazo. Es evidente que para la tríada EEUU-Israel y Arabia Saudi, será muy difícil realizar una intervención a gran escala porque, durante la administración Obama, los intereses iraníes y rusos avanzaron y no cederán a la presión norteamericana. Si desde 1991, la estrategia de los EEUU no ha sido otra que encerrar a los Rusos y Chinos para impedir que accedan a los recursos petroleros y gasíferos, tal política implicaba la apropiación de Iraq, la alianza israelí-saudí y la devastación siria como una muestra indirecta del poder orientado a debilitar la presencia iraní y rusa en la región. Es justamente este conflicto el que expresa la denodada lucha EEUU-Otan/ Rusia-China por la apropiación global de los flujos de capital. Y Rusia no dejará Siria, menos Irán, porque será la salida al mediterráneo que Rusia ha buscado desde hace siglos y que le permite influir políticamente en la desgastada Europa.

La actual tensión de Arabia Saudita con Qatar, producto de la reunión que sostuvo Trump en Riad con Abdelaziz, muestra la importancia que ha tenido Irán para la administración Trump: Qatar tiene acuerdos comerciales en la explotación y producción gasífera con Irán muy importantes y es lo que le ha permitido sobrevivir al sistemático intento saudí de imponer su dominio. Por eso Trump articula a sus dos aliados favoritos (Arabia Saudita e Israel) y somete su política en Medio Oriente a los intereses de sus dos aliados regionales que sólo quieren ver a Irán en el infierno. Y esto, porque Irán capitalizó su participación en Siria al punto en que ésta última se ha transformado en una suerte de “protectorado” iraní-ruso. Por eso, Trump vio con malos ojos –vía Netanyahu en Israel (puesto que la política de los EEUU depende enteramente de la agenda sionista)– la influencia que ha tenido Irán en Siria. El aislamiento de Qatar tiene ese objetivo inmediato y se articula en el seno de la lucha global por la apropiación de los flujos del capital que define a la la guerra civil global en que vivimos.


Académico, Universidad de Chile