Lo recientemente sucedido en las elecciones en el Reino Unido podría dejar a un observador externo bastante perplejo: quienes perdieron (los laboristas) celebraron jubilosamente una victoria histórica, mientras los ganadores (los conservadores) se sumen en la confusión de la derrota. Detrás de esta aparente paradoja se esconde un proceso de un peso histórico potencialmente determinante, el cual guarda lecciones para la izquierda más allá de las condiciones particulares del Reino Unido, y cuya comprensión demanda ir mucho más allá del mero comentario electoral.

Lo primero a entender es que para la izquierda la batalla en esta elección nunca estuvo planteada en términos de ganar el gobierno. Al ser convocada la elección, las encuestas situaban al Laborismo a casi veinte puntos del Partido Conservador. Fue de hecho esta situación la que explica la apuesta de Theresa May por convocar unas elecciones aun teniendo mayoría parlamentaria hasta el 2020, y habiendo ya gatillado formalmente el proceso de salida de la Unión Europea. May confiaba—como lo hacía la inmensa mayoría de los ‘especialistas’, los medios, y las cúpulas anti-conbynistas del Partido Laborista—que el izquierdismo Corbynista significaría un desastre electoral para el Partido Laborista, y que la coyuntura presentaba una oportunidad histórica de enterrar a la oposición, consolidar una hegemonía total del Partido Conservador sobre la política británica, y dictar unilateralmente los términos en los que negociaría Brexit. Incluso entre los más fervientes Corbynistas, las esperanzas de resultados positivos de esta elección eran, por decirlo menos, magras.

La campaña de Corbyn fue notable por el grado en que subvirtió todas estas expectativas, presentadas por los medios como certezas. No solo el voto Laborista no colapsó: lograron el mayor aumento en la proporción del voto desde la Segunda Guerra mundial, logrando casi 13 millones de votos, y ganando 32 escaños adicionales en el parlamento—contra la pérdida de 13 escaños, y con ellos la mayoría parlamentaria, por los Conservadores. Corbyn logró convocar a una parte significativa de las clases medias y trabajadoras y, quizás más importante, logró movilizar a la juventud, la cual vota en masa a favor del líder laborista: en suma, triunfó donde los previos líderes del Partido Laborista llevaban más de una década fracasando. Estos habían insistido en la interminable peregrinación hacia el mítico centro político inaugurada por Tony Blair, un centro que resultó estar tan a la derecha que los habría de convertir en una versión descafeinada y  poco convincente del Partido Conservador, incapaz de entender la coyuntura histórica que se abría después de la crisis del 2008. Esta era la inevitable consecuencia de una capitulación ideológica de fuerzas otrora de izquierda que la misma Thatcher había reconocido como piedra angular de su proyecto; como dejó claro cuando al ser consultada por su mayor logro, ella perceptivamente respondió: “Tony Blair y el Nuevo Laborismo”. Cualquier parecido con nuestro Chile no es mera coincidencia.

Con todas sus debilidades, Corbyn—proveniente de un ala marginal pero persistente dentro del partido que supo mantener una posición claramente a la izquierda durante los años del “New Labour”, una cercanía a los movimientos y organizaciones sociales, y una oposición a las desastrosas aventuras bélicas promovidas por Blair—representaba un quiebre con la escandalosa dilución de los principios políticos en la triangulación y el cálculo electoral que habían consignado al Laborismo a la misma irrelevancia política que hoy carcome a virtualmente todos los partidos socialdemócratas europeos en el escenario histórico post-crisis. Su programa presentó una agenda de reformas que en las coordenadas del consenso neoliberal británico aparecen como una alternativa radical: quiebre con la austeridad, nacionalización de industrias estratégicas, ampliación de los servicios públicos, y un rol activo del Estado en la dirección desarrollo económico. Su mano derecha, John McDonnell, incluso hablaba, una vez más, de socialismo. Además, las décadas de consistencia política hacían que Corbyn fuera percibido como un político que, independientemente de si uno estaba de acuerdo o no con sus posiciones, era innegablemente auténtico, lo cual contrastaba estridentemente con la repetición robótica de cuñas y piruetas ideológicas de Theresa May.

De esta manera la izquierda que tomó sorpresivamente las riendas del Partido Laborista el 2015, y se había visto constantemente asediada desde entonces, emerge como prácticamente la única fuerza política fortalecida después de las elecciones (exceptuando quizá al DUP, partido de la extrema derecha irlandesa que hoy añade ignominia a la debilidad del Partido Conservador, el cual depende de su apoyo para formar gobierno). May se encontró lidiando con un autogol de proporciones históricas, la furia de su partido, y la destrucción de su credibilidad ante la opinión pública, mientras que la derecha Blairista del Partido Laborista no tuvo más alternativa que tragarse su letanía sobre la imposibilidad del éxito electoral de cualquier perspectiva política que escapara al consenso neoliberal. Corbyn y su resultado había desmentido categóricamente el principal argumento de la derecha Laborista: la supuesta marginalidad a la cual condenaba la agenda rupturista de Corbyn al Partido Laborista. Para la oposición Blairista a Corbyn—cuyas vociferaciones y malos augurios eran circulados a manera de escarnio en los medios después de las elecciones—no le quedó más que dos opciones: ofrecer disculpas públicas y aceptar el dominio de la izquierda, o argumentar directamente contra un programa anti-neoliberal, que había probado ser inmensamente popular, desde la derecha. Es decir, revelar que su acercamiento al neoliberalismo no obedecía al pragmatismo electoral (“nos gustaría nacionalizar la industria ferroviaria, pero necesitamos ir hacia el centro si queremos ganar”), sino a un genuino compromiso con el orden establecido. Y hoy está claro que esta última posición no tiene futuro en un partido con una membresía que gracias al ascenso de Corbyn, se ha masificado, está rejuvenecida, es abiertamente anti-establishment, y cuenta con una capacidad de movilización sin paralelo en ningún partido Europeo actual.

Es importante decir que lo central en este sentido no es el programa mismo de Corbyn, el cual si bien marca un claro quiebre con el consenso neoliberal, debe lidiar con las fragilidades inherentes a un proyecto de reconstrucción nacional de garantías social-democráticas contra un capitalismo cuyo sadismo se sostiene en su despliegue global. Lo significativo es como este quiebre ha transformado la cancha política heredada de la era neoliberal, ha reintroducido con claridad los antagonismos de clase como eje, y toma su fuerza de un movimiento tremendamente heterogéneo cuyos debates muestran una apertura radical en la discusión y los límites de lo posible. Es en la apertura de este espacio político—en el cual las contradicciones generadas por el capitalismo neoliberal son reconocidas y adquieren direccionalidad política—donde yace el verdadero potencial transformativo, y el que otorga significado sustantivo, más allá de lo meramente electoral, al fenómeno Corbynista. Los medios simplemente ya no pueden sostener el sentido común que hasta hoy regía tras la aseveración, repetida hasta el cansancio, de que la toma del Partido Laborista por sectores ‘radicales’ inevitablemente llevarían un desastre electoral: que la radicalidad implica marginalidad, y la moderación era la receta para la amplitud y el éxito electoral. La realidad instaurada por la coyuntura histórica probó ser muy distinta. La crisis del neoliberalismo es la crisis de lo que Tariq Ali denominó el “centro extremo”, forma política de la hegemonía neoliberal. El capitalismo neoliberal es así desbordado políticamente desde sus márgenes (a la izquierda y a la derecha), precisamente ahí donde la miopía tecnocrática de las clases dominantes había consignado toda pregunta de importancia.

Si quienes creemos en la necesidad del Frente Amplio algo debemos rescatar de eventos como este, es lo siguiente: la situación histórica del sistema-mundo plantea preguntas que no son posibles de responder dentro de los parámetros ideológicos heredados de un neoliberalismo supurante. Un movimiento hacia el centro político en busca de votos con toda probabilidad tendrá el efecto de amarrarnos a una nave en pleno naufragio. El entender que la amplitud consiste en concesiones a los lugares comunes heredados de la ideología dominante es tan desastroso como entender la radicalidad como el reciclaje identitario de consignas de izquierda. Por el contrario, ambos aspectos se juegan en nuestra capacidad de reconocer las luchas cotidianas que constituyen la crisis del neoliberalismo chileno en toda su profundidad, en lograr articular un espacio político que abreve de y hable a esta realidad, cuya mistificación y negación definen al centro político y su creciente irrelevancia. La apuesta debe ser por un proyecto que rompa con los pilares ideológicos y materiales del orden establecido, y se atreva a plantear horizontes que estando enraizados en las luchas engendradas por este orden, sean capaces de volver a infundir un sentido de posibilidad e imaginación en la yerma conciencia política del Chile neoliberal. Lo que en el Reino Unido ha conferido un aura de evento histórico a lo que de otra manera sería una simple derrota electoral, es que los resultados muestran que la oposición entre radicalidad y amplitud, piedra angular de todo orden establecido, parece estarse erosionando. El Frente Amplio se juega su futuro en su capacidad de combinar, no oponer, ambas.


Antropólogo, candidato a doctor en Geografía. Militante Movimiento Autonomista, territorio internacional base Londres.