Slavoj Zizek, el reconocido filósofo marxista y lacaniano, publicó en febrero pasado una lectura a través del leninismo de la película “La La Land” (2016) del realizador Damien Chazelle (Whiplash, 2014).

Publicado en el blog especializado “The Philosophical Salon”, Zizek se hace cargo de las principales críticas contra la ganadora de seis premios Oscar en la última premiación de la academia estadounidense, entre los que figuraban mejor director, actriz, fotografía, banda sonora original, canción original y diseño de producción.

Uno de los primeros puntos que aborda el pensador esloveno es el reproche que “destaca por su estupidez”: La ausencia de parejas homosexuales en un lugar con una masiva población gay como Los Angeles, California.

“¿Por qué esos izquierdistas de computador se quejan de la subrepresentación de minorías sexuales y étnicas en las películas de Hollywood y nunca reclaman por la grosera tergiversación de las clases bajas y de la mayoría de los trabajadores?”, cuestiona Zizek, quien añade irónicamente que para ellos “está bien si los trabajadores son invisibles, solo nos movemos por aquí y por allá por un personaje gay o lesbiana”.

“Recuerdo un incidente similar en la primera conferencia sobre la idea del comunismo en Londres en 2009. Algunas personas expresaron la queja de que había sólo una mujer entre el público, además de ningún negro y nadie de Asia. Ante esto, Badiou observó que era extraño que nadie se molestara por el hecho de que no había trabajadores entre los participantes, sobre todo teniendo en cuenta que el tema era el comunismo”, relató.

Zizek es enfático sobre el universo del filme y subraya que “la película se abre precisamente con la representación de cientos de trabajadores precarios y/o desempleados en su camino a Hollywood para buscar un trabajo que impulsaría su carrera. La primera canción (“Another Day of Sun”) los muestra cantando y bailando para hacer pasar el tiempo mientras están atrapados en un atasco de autopista”.

Luego aterriza en los protagonistas de la historia que son interpretados por Emma Stone (Mia) y Ryan Gosling (Sebastian): “Son los dos que tendrán éxito, las excepciones (obvias). Y, desde este punto de vista, su enamoramiento (que permitirá su éxito) entra en la historia precisamente para difuminar en el fondo la invisibilidad de cientos de personas que fracasarán, haciendo que parezca que fue su amor (y no pura suerte) lo que los hizo especiales y destinados al éxito”.

Mia y Sebastian se mueven en un lugar donde “la competencia despiadada es el nombre del juego, sin ningún indicio de solidaridad (recuerda numerosas escenas de audición donde Mia es humillada reiteradamente)”.

“No es de extrañar que cuando escucho las primeras líneas de la canción más famosa de La La Land, “City of Stars” (“Ciudad de estrellas, ¿estás brillando sólo para mí / ciudad de estrellas, hay tanto que no puedo ver”), encuentro difícil resistir la tentación de humillar con la más estúpida respuesta marxista ortodoxa imaginable: ‘No, no estoy brillando sólo para el individuo pequeño-burgués ambicioso que eres, también estoy brillando por los miles de trabajadores precarizados y explotados en Hollywood, a quienes no puedes ver y que no tendrán éxito como tú, para darles alguna esperanza'”, ironiza.

Los motores dramáticos y los dilemas de Mia y Sebastian para Zizek están claros: Ellos “comienzan una relación y se mueven juntos, pero se separan por su deseo de triunfar: Mia quiere convertirse en actriz mientras que Sebastian quiere poseer un club donde pueda tocar auténtico jazz”.

“Cinco años más tarde, Mia es una actriz famosa y casada con otro hombre, con quien tiene una hija. Una noche, la pareja tropieza con un bar de jazz. Al notar el logotipo de Seb, ella se percata que Sebastian finalmente ha abierto su propio club. Sebastian ve a Mia, con aspecto inquieto y arrepentido entre la multitud, y empieza a tocar su tema amoroso. Esto provoca una prolongada secuencia de sueños en la que los dos imaginan lo que podría haber sido su relación si funcionara perfectamente. La canción termina y Mia sale con su marido. Antes de salir, comparte con Sebastián una última mirada y sonrisa, feliz por los sueños que han logrado”, añade.

Sin embargo, para Zizek el final es un punto clave en la historia de La La Land: “Curiosamente, cuanto más avanzamos en la película, menos números musicales hay en ella y más (melo)drama hasta que, al final, volvemos a un musical que explota como una fantasía“.

Sebastian (Ryan Gosling) y Mia (Emma Stone)

El filósofo considera que “La La Land reside en el realismo psicológico: la realidad se introduce en el mundo de los sueños musicales (como las últimas versiones de películas de superhéroes que ponen de manifiesto la complejidad psicológica del héroe, sus traumas y sus dudas internas)”.

“Pero es crucial observar cómo la historia por otra parte realista tiene que concluir con la fuga en la fantasía musical. Entonces, ¿qué pasa al final de la película?“, se cuestiona el esloveno y se apura en responder: “La primera y obvia lectura lacaniana de la película sería ver la trama como otra variación sobre el tema de ‘no hay relación sexual'”.

“Las carreras exitosas de los dos protagonistas que se desgarran son como el hielo que golpea al Titanic en la película de Cameron: Están aquí para salvar el sueño del amor (escenificado en la fantasía final), es decir, para ocultar la imposibilidad inmanente de su amor, el hecho de que, si permanecieran juntos, se convertirían en una amarga pareja decepcionada“, profundiza.

En ese sentido, sostiene que “en consecuencia, la última versión de la película habría sido la inversión de la situación final: Mia y Sebastián están juntos y disfrutan de un éxito profesional completo, pero sus vidas están vacías, por lo que van a un club y sueñan con una fantasía en la que viven felizmente juntos una vida modesta, ya que ambos renunciaron a sus carreras, e imaginan (en un sueño dentro de un sueño) hacer la elección opuesta y románticamente recordar la oportunidad perdida de su vida juntos”.

Sin embargo, Zizek descarta esta posibilidad y apuesta porque “no es que Mia y Sebastian simplemente decidan dar preferencia a sus carreras antes de su relación amorosa. Lo que hay que añadir es que ambos encuentran éxito en sus carreras y logran sus sueños a causa de la relación que tenían, de modo que su amor es una especie de mediador desaparecido: lejos de ser un obstáculo para su éxito, lo media”.

“Su amor no es cierto, su búsqueda de la carrera es sólo eso, no estamos ante un compromiso artístico completo. En resumen, la traición de Mia y Sebastián es más profunda que elegir una alternativa en detrimento del otro: Toda su vida ya es una traición a una existencia auténticamente comprometida. Esta es también la razón por la que la tensión entre las dos afirmaciones no es un trágico dilema existencial, sino una incertidumbre y una oscilación muy suave”, indica.

En esa línea, el filósofo despotrica contra quienes sostienen que La La Land es una cinta masculina, ya que “Mia es el punto central subjetivo de la película” y que esa es “la razón por la que, al final de la película, es la gran estrella y Sebastián, lejos de ser una celebridad, es el dueño de un club de jazz moderadamente exitoso (que vende pollo frito)”.

Para Zizek, “debemos rechazar los términos mismos de esta elección” ya que “en un auténtico dilema no se debe decidir entre causa y amor, entre la fidelidad a uno u otro evento. La auténtica relación entre causa y amor es más paradójica”.

En ese momento, ejemplifica con la Rapsodia del Rey Vidor, donde el hombre, para ganar el afecto de la mujer amada, debe demostrar que es capaz de sobrevivir sin ella. Allí emergen dos opciones: La profesión es lo importante y la mujer solo una diversión, o bien, la mujer lo es todo y estoy dispuesto a humillarme y “abandonar toda mi dignidad pública y profesional por ella”.

Allí, el intelectual es categórico: “Ambos son falsos, ya que conducen al hombre que es rechazado por la mujer. El mensaje del verdadero amor es así: incluso si tú eres todo para mí, puedo sobrevivir sin ti y estoy dispuesto a abandonarte por mi misión o profesión“.

“La paradoja subyacente es que el amor, precisamente como un absoluto, no debe ser postulado como una meta directa. Debe conservar el estatus de un subproducto, de algo que obtenemos como una gracia inmerecida. Tal vez no hay amor mayor que el de una pareja revolucionaria, donde cada uno de los dos amantes está dispuesto a abandonar al otro en cualquier momento si la revolución así lo exige“, sentencia.

Finalmente, Zizek fundamenta su punto y explica que “lo que sabemos acerca del amor entre los revolucionarios bolcheviques, es que se produjo allí algo único y surgió una nueva forma de pareja amorosa: una pareja viviendo en estado de emergencia permanente, totalmente dedicada a la causa revolucionaria, dispuesta a sacrificar toda realización sexual, personal e incluso estaban dispuestos a abandonarse y traicionarse si así lo exigía la revolución, pero simultáneamente dedicados entre sí, disfrutando de momentos raros y de extrema intensidad”.

“La pasión de los amantes era tolerada, aunque silenciosamente respetada, pero ignorada en el discurso público como algo que no interesaba a los demás. (Hay rastros de esto incluso en lo que sabemos del asunto de Lenin con Inessa Armand.) No hay ningún intento de Gleichschaltung (control totalitario del individuo), en el cumplimiento de la unidad entre la pasión íntima y la vida social. Se reconoce plenamente la disyunción radical entre pasión sexual y actividad social-revolucionaria. Las dos dimensiones son aceptadas como totalmente heterogéneas, cada una irreducible a la otra. No hay armonía entre los dos, pero es precisamente este reconocimiento de la brecha lo que hace que su relación no sea antagónica”, concluye.