“Cuando le digan ‘no somos diversificados porque somos ricos en recursos naturales’, pues bájense de esa mula, eso no es verdad, ustedes son países de ingresos medios porque tienen recursos naturales y no van a convertirse en un país rico con recursos naturales, porque ningún país rico con esas características son tan poco diversificados como ustedes (…) A pesar de que llevan un siglo de minería o más, no han aprendido en un siglo a hacer minería; o sea ustedes me explicarán por qué, pero no saben y pagan por no saber y, por tanto, no se benefician como Australia de desarrollar minería en Chile. Chile no se beneficia de desarrollar minería ni en el Congo” (El Mostrador, 2012).

Con esas palabras, el profesor venezolano y director del Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, Ricardo Hausmann, sorprendía al auditorio de una de las cumbres empresariales chilenas que reúne a lo más granado de su elite económica, el Foro Anual de la Industria 2012, provocando destempladas reacciones entre los economistas del modelo. El diagnóstico fue tomado como una afrenta al “exitoso” modelo chileno. Sin embargo, Chile posee un proyecto de desarrollo “reprimarizado” y comprador de tecnología, lo que se evidencia en el papel central que todavía juega el cobre en la economía chilena, a pesar de las contradicciones presentes en la política cuprífera.

Tal vez lo que más haya desconcertado a los economistas chilenos de la exposición de Haussman es que las críticas provenían de un actor fuertemente identificado con la oposición al “chavismo” en Venezuela, modelo que se encontraría en las antípodas de Chile. Al final, en lo que se refiere a la falta de diversificación y dependencia primaria las distancias no serían tan grandes. Aunque, evidentemente el proceso de desnacionalización del cobre, entre otros elementos, diferencia a Chile de la ola “renacionalizadora” de los recursos estratégicos presentes en países del continente como la misma Venezuela. Pero, el parangón releva que una política soberana en relación a las riquezas nacionales de cada país no garantiza el tránsito de una economía adaptada pasivamente al capitalismo globalizado a una menos subordinada, aunque sí puede ser el marco de inicio de una nueva estrategia.

No cabe duda que los gobiernos progresistas latinoamericanos supusieron un cuestionamiento de las lógicas pro-mercado para pensar el desarrollo, inclinándose por políticas que resituaban el papel del Estado no sólo en la regulación de la vida económica, sino que también en la dirección de proyectos neo-desarrollistas mediante la nacionalización de recursos naturales estratégicos. El Estado volvió a ser conducto y conductor del desarrollo económico. Complementando esta opción con políticas redistributivas altamente populares, pero focalizadas (transferencias condicionadas) y posibilitadas por el alza de los precios de las commodities. ¿Estos elementos configuran una superación de las lógicas neoliberales en el sub-continente? La substitución de estos gobiernos por administraciones que optan por soluciones pro mercado sin demasiadas demoras parecer poner en duda una respuesta positiva a este cuestionamiento. Maristella Svampa ha señalado que este ciclo básicamente supuso cambiar el “consenso de Washington” por el “consenso de las commodities”, pero podríamos más bien decir que el ciclo de los gobiernos de izquierda mantuvo el “consenso de las commodities”, pues el periodo neoliberal latinoamericano se tradujo en una reprimarización de las economías locales y una buena dosis de des-industrialización (como en Chile) que los gobiernos progresistas no lograron o no pretendieron superar. Los altos precios de la soya, del cobre, de los hidrocarburos o del petróleo edulcoraron la mantención de la posición subordinada de nuestras economías y le quitaron visibilidad a la necesidad de discutir un cambio en la matriz productiva en la región.

Cualquier economía basada en sus riquezas naturales no renovables está condenada a la insustentabilidad a largo plazo de su modelo. Es este argumento el que permite cuestionar el carácter paradigmático del modelo chileno subrayado por Manuel Castells, entre otros, como una alternativa para los países periféricos. El sociólogo brasileño José Maurício Domingues, precisamente criticando al autor español, realiza el mismo reparo: “es necesario preguntar en qué medida el modelo chileno sirve para América Latina. Chile es un país pequeño, de población reducida, que encontró un nicho particular –y altamente subordinado- en la división internacional del trabajo, y cuyo resultado es, con todo, incierto”. Este autor considera que la descripción que hace Castells de Chile es la de una sociedad bastante atrasada y conservadora, cuya economía experimentó una reprimarización más sofisticada, pero reprimarización al fin y al cabo.

¿Por dónde comenzar para superar este modelo económico subordinado? Una pista posiblemente se encuentre en el mismo lugar que ha posibilitado una revisión del proyecto neoliberal chileno: la demanda por una educación pública gratuita. Si bien este anhelo ciudadano fue incorporado programática por la Nueva Mayoría, su concreción se ha vuelto problemática por la anunciada baja del precio del cobre, lo que haría inviable su financiamiento ante la reducción de las expectativas de recaudación fiscal. Sin embargo, es posible preguntarse ¿no es la caída del precio del metal rojo una clara señal de nuestra dependencia y vulnerabilidad económica y, por tanto, una alerta respecto de la necesidad de repensar nuestra matriz productiva y nuestro sistema educativo? Si consideramos que en el sistema de educación superior (técnico y profesional) y en el desarrollo de una política de Ciencia y Tecnología consistente están las posibles claves para la superación de nuestra posición subordinada en la división internacional de trabajo; entonces la caída del precio del cobre más que llevarnos a pensar que la educación es un “costo” prescindible, debería convencernos de que es, más bien, una “inversión” para que nuestro proyecto de país no dependa de los vaivenes de la Bolsa de metales de Londres. Desde esta lógica, el proceso de desaceleración no haría más inviable la implementación de la política, todo lo contrario: la hace más urgente.

Los países no están condenados a mantener necesariamente posiciones estructurales de desventaja en el escenario internacional. Los recursos naturales como ayer el salitre, hoy el cobre y mañana el litio pueden ser la clave para repensar una economía capaz de responder a los desafíos de diversificación y conocimiento de una sociedad como la actual. El inicio de una política soberana en relación a estos productos, debe ir acompañado de una perspectiva estratégica que tenga por fin superar el rentismo actual de nuestro modelo, lo que implica recuperar la dimensión política del desarrollo económico.

*Este artículo es un extracto del capítulo homónimo publicado en Fernando Carmona y Vesselina Vateva (eds.), Ensayos para un modelo de desarrollo sostenible: un cambio estructural. Santiago de Chile: ICAL – Fundación Rosa Luxemburgo – CLACSO. Link aquí


Dr. en Sociología y director del Magíster en Sociología de la Universidad Alberto Hurtado.