Tras las intensas lluvias y los vientos huracanados desatados en Santiago durante los últimos días de esta reciente temporada de otoño, una ola de frío aún arrecia inclemente con temperaturas bajo cero, cuyo frente climático genera la urgencia de inocularle calidez y de proporcionarle suficiente vitamina D al cuerpo humano. Del mismo modo, con o sin frío, con o sin ríos de inundación en las calles colapsando por enésima vez el sistema de alcantarillado, pero con una fuerza inclaudicable desde la que procura alzarse, veo como se propaga otro Frente de portentosa y singular naturaleza, dentro de un movimiento expansivo y autónomo que se manifiesta en la urgencia y en el deseo emancipador de darle cobijo y dotar de buena salud a nuestro cuerpo social y político, tan dañado y vulnerado por las infamias perpetradas por los engendros neoliberales del capitalismo salvaje que ha echado raíces impunemente en esta parte del planeta… Me hallaba en tales cavilaciones, que por cierto intentaba dilucidar  y escribir en uno de mis cuadernos de notas, (mientras mis alumnos muy concentrados y entusiastas desarrollaban un ejercicio de escritura creativa), quizás con el inconsciente propósito de ensayar la introducción de algún texto -o al menos poder capturar la idea- cuyo contenido carecía hasta ese momento de sentido o rumbo aparente, cuando, de súbito, Antonia, una alumna de media de mi taller de escritura y cine –que se ha convertido en una prolífica escritora de micro relatos- me hace volver sobre el incierto devenir de la clase que imparto, con una pregunta que me plantea de manera enfática y con generosa curiosidad, luego de que hubiéramos disfrutado de la lectura y el posterior análisis de dos relatos fascinantes: uno, del libro “Cuentos de humor y de terror”, del escritor inglés Hector Hugh Munro, alias Saki, famoso por su dominio sin igual de ese humor tétrico que le confiere carta de trivialidad a lo horrible; y el otro, el cuento “El Carrito”, provisto de una lucidez kafkiana, del escritor argentino César Aira, a quien alguna vez le escuché decir que “los escritores realistas son costumbristas que no saben lo que es la verdadera realidad… donde la gente sí sale volando y suceden cosas muy raras, lo cual debiera entenderse como un fundamento mágico de lo cotidiano, sin necesidad de pensar en la domesticación del asombro”.

Ni modo, en fin. Pero volvamos sobre la pregunta que me formula mi alumna Antonia:

̶ ¿Profesor, según su punto de vista, ¿cuál sería una de las características principales de la literatura surrealista o del surrealismo?

Sin que en verdad me sorprendiera la pregunta, pues luego de haber leído aquellos dos relatos sentía que seguíamos suspendidos en una atmosfera donde latía lo extraño, o quizás estábamos inmersos en una sintonía surrealista, me empeño en responderle de la forma más clara y consistente. Pero de pronto me dejo llevar por digresiones teóricas en torno al asunto en cuestión (que hacían clara alusión a la potencia de la actividad simbólica que opera en las escenas de lo inconsciente…), hasta casi perderme en la dimensión de lo inexplicable mediante enrevesados pensamientos que atraían mi atención flotante hacia el sentimiento de lo fantástico o bien hacia el fenómeno surrealista que se apoderaba del espíritu de la clase. De inmediato, queriendo desandar el atajo tomado, a fin de dar con una explicación plausible, pensé que quizás sería una salida oportuna comentarle a mi alumna sobre la exposición gratuita de 24 obras (litografías de papel) del surrealista belga René Magritte que se lleva a cabo en el museo Ralli de Chile, en la comuna de Vitacura. Así, creyendo disponer de un buen comodín en mano, arremetí de nuevo en busca de una respuesta más satisfactoria, pero al poco andar, sin advertirlo, vuelvo a resultar errático, pues creyendo que ahora sí comenzaba a responder su pregunta una vez más me iba por las ramas, desviándome ostensiblemente del sensato camino que parece exigir la lógica de la explicación inteligible:

̶ De todos modos, chicos, les recomiendo que no estaría de más que visitaran esa exposición, aun cuando tengo la ligera sospecha que ha pasado casi inadvertida, concitando tal vez un escaso interés, sobre todo entre los diletantes y entendidos en estas materias estéticas. Ni hablar del transeúnte común y corriente proveniente de los sectores más populares y de la clase explotada expuesta a una jornada laboral con horas extenuantes, para muchos de los cuales este tipo de muestras artísticas simplemente no existen en sus registros cotidianos y en el mejor de los casos de no ser así, aún son percibidas como una especie de archivo silencioso que ha de revelarse en el umbral de una realidad paralela, que no les ha sido dado conocer ni comprender. Sin embargo, no habría porqué asombrarse de la invisibilidad que pesa sobre semejante exposición; pues creo que a fuerza de tanto naturalizar los sucesos extraños que le acontecen a menudo al corazón de este país, resulta poco excitante y hasta anacrónico para el chileno de a pie dejarse sorprender por dicha colección de obras surrealistas.

Volviendo sobre mis pasos, de golpe observo expresiones de confusión y ansiedad en los rostros de algunos alumn@s del taller, en particular de Antonia, quien, sin perder su atención y serenidad, permanece a la espera de una respuesta clara y esperanzadora de mi parte. Ante lo cual, desde luego, decido invocar de forma aleatoria una serie de escenas de todo orden que devienen casi costumbristas, escenas que solo acontecen en este país, escenas que resultan tan insufribles como negadas que emergen desde esa profundidad de campo de nuestro encuadre cotidiano, cuyo contenido latente discurre como un archivo de lo extraño, lo inexplicable, que tan pronto se manifiesta es secuestrado por la cárcel de lo trivial y por la uniformidad que entraña el lugar común, despojándolo de su condición originaria. Entonces, en virtud de la confianza y complicidad que sostiene la relación que tengo con mis queridos alumnos, procedo a explicarles sin más preámbulos, de la manera más ilustrativa y descarnada, sobre el hecho surrealista, sin perder el espesor reflexivo de las palabras:

̶  En medio de una avalancha de contingencias que no hacen más que evidenciar  la miseria de ciertos poderes fácticos y de operadores políticos que persisten en trazar y gobernar los destinos de este país (diezmado y violentado por la tiranía del capital y sus agentes económicos), asoma una multiplicidad de hechos insólitos de cuyas imágenes y noticias me voy enterando a través del  teatrillo rotativo de las redes sociales, que suelo consultar, debido a que desde hace tiempo he adoptado la sana costumbre de no ver televisión.

Surrealista es, cuando sin asco naturalizamos y olvidamos la brutal represión a la que a diario son sometidos los niños mapuches –junto a sus familias- en su propio territorio, a quienes se les maltrata, balea y tortura, para luego aplicarles la Ley Anti terrorista y así justificar la militarización y la cruel violencia ejercida en el Wallmapu por desalmados policías de fuerzas especiales.

Surrealista es, cuando  normalizamos y olvidarnos con suma facilidad las declaraciones que hacen personas como Loreto Iturriaga (por medio de la tribuna que le otorga un canal nacional de tv abierta) con un descaro e impudicia que no tiene nombre, negando -al tiempo que oculta- la irrefutable verdad de que su padre, Raúl Iturriaga Neuman (a quien trata de prisionero de guerra) sea culpable de crímenes y violaciones contra los derechos humanos,  de modo que considera injusto y malvado que el criminal cumpla condena en Punta Peuco, por lo cual decide solicitar apoyo a Donald Trump, un ser tan abyecto como su propio progenitor.

Es surrealista, cuando un ex presidente de este país, como Sebastián Piñera, vuelve a ser precandidato para postular a la presidencia de la república, luego de que es bien sabido ha cometido actos fraudulentos por excesiva acumulación de capital, por fideicomiso ciego, entre otras malas prácticas y actos delictivos que se le imputan. Con todo, seguimos normalizando sus patrañas e indecencias y dándole más tribuna que, como buen zorro que es, aprovecha para seguir legitimando su oculto patrimonio y más de sus tantas fechorías.

Por cierto, constituye un hecho surrealista de primer orden, haberle concedido la investidura de senador vitalicio a un dictador, ladrón y genocida como Augusto Pinochet, sin que haya sido jamás condenado, ni menos deportado de este país al que tanto dolor y sufrimiento hizo padecer.

Surrealista es, cuando los agentes de Augusto Pinochet, autores materiales del exterminio masivo, como Marcelo Moren Brito, Sergio Arellano Stark, Sergio Arredondo, Armando Fernández Lario, Pedro Espinoza, entre otros asesinos y sicópatas del Ejército de Chile, denominaron con sorna y absoluta crueldad “Caravana del Buen Humor” a su “Caravana de la Muerte”.

Es surrealista, concederle toda clase de tribuna a tipos como el endemoniado Pastor Soto, un enfermo social que con su obsceno moralismo no hace otra cosa que cultivar el odio, la ignorancia y la más feroz discriminación, principalmente en contra de los derechos de homosexuales, lesbianas y transgéneros. Tal vez no sería mala idea hacer el experimento de invitar a este energúmeno a carretear, de seguro que con dos piscolas en el cuerpo se le da vuelta el paraguas, saca su pandero pentecostal y con voz en cuello, a todo fervor y frenesí, interpreta “Todos me miran” de Gloria Trevi, hasta entrar en un peregrino trance mesiánico.

Es surrealista, hacer vista gorda, simulando que todo está controlado y en óptimas condiciones, mientras las campañas de real y efectiva prevención y de integración social brillan por su ausencia, cuando en verdad lo que sucede es que la cifra de infectados de VIH en Chile es abrumadora, aumentando día a día a pasos agigantados. Y nadie dice nada.

Es surrealista, cuando se hace usual y se normaliza aplicar todo el rigor de la ley y encarcelar a un simple comerciante ambulante por vender cd en la calle, mientras desfalcos gigantescos cometidos por empresarios delincuentes que ejercen la colusión y el chantaje indiscriminados, quedan impunes, y cuando no, las sanciones en su contra son irrisorias.

Por último, surrealista es vivir en un país donde gozando de total impunidad avalada por el estado y su corte suprema, carabineros y militares roban a destajo y encima poseen licencia para reprimir y torturar a estudiantes, a niños mapuches y a inmigrantes que reclaman y luchan por sus justos y dignos derechos, para luego hacer como que nada tan terrible sucede. Después de todo, queridos alumnos, hay que dejar que nuestras democráticas instituciones funcionen. Y así sucesivamente. Eso es el surrealismo de acá, espantoso y despreciable, que no le alcanza precisamente para ser obra de arte…

Eso es todo por hoy, queridos…

De pronto, Antonia, en un gesto condescendiente de haber comprendido lo que les acaba de exponer y a la vez con una leve expresión de asombro, asiente con la cabeza. En seguida, cuando el resto de los alumnos ya ha abandonado la sala, se vuelve para decirme, con mordaz ironía:

̶ Profe, en conclusión entonces, se podría decir que en Chile el surrealismo es un verdadero patrimonio, pero de lesa humanidad…

Bienvenidos al solsticio de invierno.


Cineasta y escritor